En los EEUU cerca de un 5 por ciento de los ciudadanos está aquejado de lo que aquí en España llamamos el “síndrome de Diógenes” y los franceses precisan como “syllogomanie” (acaparamiento). Suele tratarse de gentes empobrecidas y de avanzada edad aunque esa regla admite innumerables excepciones según los especialistas. El problema ha cobrado relieve desde que en el año 2010 un matrimonio preso de esa obsesión fue descubierto, al cabo de los años, bajo la fenomenal escombrera acumulada por él mismo, y en la actualidad la preocupación se ha plasmado en la organización de grupos de intervención que funcionan ya por todo el país, siempre discretos en la medida en que intervenir en un domicilio resulta inevitablemente cercano a la violación de su intimidad. Viven en la miseria, no se lavan, no cocinan, malduermen bajo montones de basuras, pero firmes, se diría que determinados a no ceder en su empeño acumulador. ¡Las cosas! A mediados de los 60, Georges Perec publicó una inquietante obra, “Les choses”, que contemplaba esa misma obsesión aunque desde una perspectiva perfeccionista más próxima de la neurosis compulsiva que lleva al consumismo que de esta manía por guardar lo inservible, pero que, en el fondo, revelaba una misma pulsión por poseer, esa suerte de “libido habendi” que –me comenta el maestro A.R.de V.—Ovidio (Metam. L.I, v. 131) define como “amor sceleratus habendi”, es decir, “un amor ‘criminal’ de poseer” que la Humanidad descubre llegada a su mítica “Edad de Bronce”. Las cosas tientan al hombre, paradójicamente, a medida que va civilizándose y acaban por enloquecerlo cuando se pasa de maracas en un mundo dominado por el objeto. No sé quién tendría más que decir a este propósito, si Marx o Freud.

Hoy –véase, por ejemplo, el Manuel Diagnostique et statistique de troubles mentaux—la propia sociedad consumista y acaparadora considera enfermos a esos desdichados Diogénes diferenciados de los grandes consumidores exclusivamente por su pobreza. En casa de uno de los tres hombres más ricos del mundo, un amigo mío encontró encima de la chimenea dos primeras ediciones del Quijote sin que le constara que hubiera hojeado siquiera un capítulo. Diógenes el pobre se limita a enterrarse vivo entre papeles viejos, latas vacías, ropa sucia y cartones recogidos del contenedor, pero su “amor criminal” viene a ser, sin duda posible, el mismo que el de Craso.

10 Comentarios

  1. Cada sociedad fabrica sus enfermedades. Por ejemplo, los del siglo de oro andaban obsesionados por la honra y los actuales por los objetos…. Desde luego asesinar a la mujer “ça a plus de gueule” que morir ahogado por la basura acumulada y es mas expeditivo pero no sabria qué elegir…
    Besos a todos.

  2. Buena memoria y mejor conocimiento de los clásicos. la reflexión sobre el afán posesivo y el “cosismo”, tan sesentayochista, resulta en la columna finamente expuesta, además del adorno de esas citas impagables.

  3. Según la Federación de Asociaciones de familiares y enfrmos mentales, el número de personas con enfermedad mental grave en España es 250.000.

    Por otra parte, un estudio parcial a nivel autonómico del SdDiógenes destaca que puede llegar a 1:10.000 de la población, con lo que superaría el 15 por ciento de la cantidad anteriormente expresada.

    Que no se trata pues de un tema baladí, sino una consecuencia de cómo el aislamiento y desamparo de los ancianos –la media de edad está en los 75 años– sobre todo en las grandes ciudades, crean más que el “amor sceleratus habendi” de la tesis de la columna, una especie de mecanismo defensivo ante el miedo de no poder afrontar un futuro en precariedad, llevado más allá de sus límites.

    La propia Psiquiatría solo es capaz de etiquetarlo por aproximación, incluyéndolo con trastornos orgánicos cerebrales; trastornos psicóticos; trastornos de alimentación; sobre todo, trastorno obsesivo–compulsivo de la personalidad («incapacidad para tirar los objetos gastados o inútiles, aunque no tengan valor sentimental». DSM IV).

  4. Don Epi nos deleita con una documentada ampliación del tema, aunque yo no veo contradicción alguna entre su tesis y la de don ja, que implica la comprensión del desamparo y apunta prácticamente a lo mismo. A mí el latinismo me ha encantado, esa es la verdad, porque creo que apunta con dureza pero con justicia a nuestra desmesurada “libido habendi”.

  5. ¿Poseer hizo al Hombre? Eso hay quien lo ha dicho –como bien sabe jagm– y no es ni bueno ni malo, ni triste ni alegre, sino simplemente “natural”. La pasión de la urraca es cosa distinta, y cuando el hombre se vuelve “urraco”, mala cosa. La propiedad no es un robo sino un derecho. Otra cosa es el abuso de la propiedad ajena. Marx en este asunto fue más fino que Proudhom.

  6. Hay quien aprovecha cualquier resquicio para disentir. Tan humano es eso como el “amor criminal” de que hablaba el clásico. Disentir te hace (?) más fuerte, más creíble… ¡Con lo estupendo que resulta leer una columna interesante y culta, como la hoy, y sentir un simple placer!

  7. Soy profesora de clásicas, de latín concretamente, y me cuento entre muchos compañeros que agradecemos s José a. gómez Marín su frecuente recuerdo de una realidad: la de la actualidad de los clásicos y su interés para nosotros, los contemporáneos, cosa que no le ocurre no a los gobiernos socialistas ni a los populares, a juzgar por el trato degradante que progresivamente van dando a la enseñanza de esas lenguas. Hemos comentado muchas veces que la singularidad de esta columna tiene mucho que ver con el amplio sustrato cultural del autor, que conoce a griegos y latinos mejor que muchos enseñantes.

  8. No podía imaginarme que fueran tantos los “Diógenes”, por los que siento gran compasión. Yo mismo reconozco en mí cierta propensión a “guardar lo inútil” y sospecho que, el menos e n germen, ese trastorno del que habla con tanta precisión quien firma Epi. Enhorabuena también pos su enfoque culto y por su interpretación psíquica y social del fenómeno.

  9. Por alus.

    No era mi intención chafarle a nadie el placer de leer a mi don JA. Pretendía solo aclarar que no es una ‘libido habendi’, en cuanto los pobres diógenes no es precisamenete por libido por lo que urraquean, bravo mi don Pangloss.

    Y es posible, mi don Max que tenga usarced razón en que un servidor peque alguna que otra vez de presuntuoso. mea culpa.

    ¿Me permiten aquí un respetuoso recuerdo a don José Romero, el viejo cátedro de latín en Huelva? Me felicitó una vez por mi traducción. Amo el latín, mi doña Nerea y lamento tanto como su Gracia la poquísima visión de nuestros gobernantes educativos al despreciar a nuestra lengiua madre.

  10. No creo que nadie haya maliciado la interpretación de su comentario, don Epi querido, por mucho que usted se haya lucido legítimamente (para ilustrarnos con generosidad) como hace cada vez que tocamos la “materia médica”, como diría el doctor Laguna. Ahora bien, creo que don ja lleva razón cuando habla de la “libido habendi” que aguijonea a esos desdichados: es un afán de tener, sea cual fuere el motivo, la causa que lo produce. Que no es la mismo libido que la que anima a los galopines de nuestros ERES y Gürteles, por descontado, pero eso no escapa a don ja, creo yo. Oren por mí.

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