Ya sabíamos que, según la hoy vicepresidenta del Gobierno, el dinero público no es de nadie, pero ahora vamos sabiendo también quién puede gastárselo gratuitamente y quién no. Puede, por ejemplo, un Presidente que vuela en avión militar y ordena abrir un aeropuerto cerrado, al parecer, para darle gusto a su señora empeñada en asistir a un concierto pop. No puede, un alcalde agobiado por la invasión inmigrante que ve cómo se satura su término con cientos y cientos de criaturas que llegan jugándose la vida con una mano atrás y otra delante. Podríamos poner otros muchos ejemplos si no temiéramos resultar abrumadores a nuestra vez. La imagen de aquel abuso manifiesto debe bastar, en todo caso, para evidenciar la continuidad y quizá la inevitabilidad de los males de esta patria saqueada por tirios y troyanos.

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