Era previsible el fracaso casi rotundo de la cumbre madrileña del cambio climático. Sobre todo para cualquiera que conozca siquiera por encima los intríngulis del supremo arcano que encierra el medio ambiente. Nöel Salomon explicaba en La Sorbona hace años los misterios del cambio que revelaban las “Relaciones topográficas” que ordenó hacer Felipe II, más ricas en datos sobre precipitaciones que sobre temperaturas pero, en todo caso, precoces testimonios paleoclimatológicos. Luego hemos ido conociendo muchos y relevantes esfuerzos profesionales sobre la realidad ambiental del planeta, en especial desde que se alzó la alarma ante el presente y porfiado “cambio climático”, tan lamentablemente interferido por la algarabía política. No era de esperar, desde luego, que del encuentro madrileño saliera alguna gran solución a poco que uno se hubiera repuesto de la inquietante imagen de la niña sueca y recuperado de las pamplinas de Alejandro Sanz o de los insultos de Bardem.

Es curioso que en este debate, que dura ya años, apenas hayamos oído mencionar a los estudiosos de lo que Gonzalo Anes llamaba “climatología retrospectiva”. Si se hubiera atendido a sus conclusiones no miraríamos esta coyuntura crítica como una novedad, pues bien conocidas y hasta datadas están las múltiples oscilaciones meteorológicas históricamente conocidas. La propia Junta andaluza afirmó en un documentado estudio que los cambios climáticos sufridos por la región –como por el planeta– han sido “numerosos y profundos” avisando de que la novedad  actual estriba en que sus orígenes son artificiales (emisiones de gases nocivos y demás), una razón que los expertos conocían al menos desde que propusieron sustituir la denominación de “holoceno” por la de “antropoceno” para calificar con propiedad el periodo actual que soporta los daños provocados por la especie humana.

Ni escépticos ni alarmistas, sería razonable recordar  que, a lo largo de los dos millones de años de nuestro Cuaternario, esos vuelcos climáticos han sido graves y numerosos, que esa nuestra era vivió largas glaciaciones y cortos periodos interglaciales, y que en nuestros litorales el nivel del mar llegó a encontrarse alguna vez a 120 metros por debajo del que conocemos hoy. ¿Cómo olvidarse de la llamada “pequeña edad de hielo” registrada incluso en la mediterránea Andalucía y que recuerda la imagen pictórica de un Támesis helado y festivo o la repetida noticia del Ebro convertido en un inmenso carámbano?

Fue precisamente un culto e inquieto gobernador civil de Granada, José María Fontana Tarrats, gran escritor, quien abrió brecha en aquellos descuidados estudios logrando, allá por 1976, un interesante informe –citado por la mayoría de los estudiosos de prestigio (Mariano Barriendos, Fernández Álvarez, García Codrón y otros)– que, junto con los que confeccionó sobre Cataluña, Galicia, Mallorca y Murcia o las Mesetas, permanecen inéditos, y en los que esos expertos (García Merodio, por ejemplo) ven una obra pionera de la climatología histórica. Quizá nos falta instrucción y nos sobra folclore en la tan justificada como vertiginosa alarma que vivimos. Pero lo que más nos falta, a qué engañarnos, es voluntad política. El golpe de efecto de la niña sueca y los titiriteros no ha sido sino una pantalla de humo para cubrir la ausencia o el distanciamiento de EEUU y China, aparte de India y, por cierto, también de Francia y Alemania, ternes en su egoísmo. Es urgente actuar, por supuesto, pero tal vez no estaría de más –con Al Gore o sin él– informarse antes seriamente de lo que ya se sabe.

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