No hay herencia buena, decían los anarquistas del XIX, aquellos bakuninistas que pretendían demoler el edificio social arrancándole ese cimiento. De que es un derecho, tanto del testador como del heredero, no cabe duda, pero no es menos cierto que el litigio universal, la pelea que rompe familias y tuerce voluntades, nos demuestra un día sí y otro también que, en la práctica, hay derechos que merecen palos. Los descendientes, que no herederos de Peggy Guggenheim se vieron las caras el miércoles pasado en París con los administradores de Fundación Solomon Guggenheim que administran el legado de aquella furia –más de trescientas obras, entre Mondrian, Dalí, Picasso, Matisse, Kandinski o el porpio Max Ernst, uno de sus maridos—por estimar que su gestión no respeta las condiciones de la donación hasta el punto de incorporar a la famosa colección otros legados como la Schulhof Colletion. Si uno va a Venecia no puede dejar de visitar aquel delicioso museo instalado en el Palazzo Venier dei Leoni, cada día, es verdad, más frecuentado –es la primera pinacoteca moderna de Italia—pero también menos fiel a la magia de aquel ambiente casi místico que parecía retener la esencia de la genial aventura de Peggy, enterrada bajo el césped de su jardín junto a las tumbas de sus perrillos. Me trae al fresco la disputa entre descendientes y manijeros, pero reconozco la injuria infligida visiblemente a la memoria de Peggy por unos de tantos vividores del arte como vivaquean en Venecia. Alguna vez vi sobre la tumba de la vieja ama unas flores votivas dispuestas por alguna mano piadosa; luego, hasta el jardín ha ido evanesciendo su aroma post-romántica, y ya parece que apenas se distinguen las tumbas bajo la grama crecida.

Al Guggenheim, que había sido escenario de la turbamulta vanguardista, se iba como en busca de un pasado que flotaba en el ambiente, las salas solitarias, la luz cegadora, el jardín tentador, hasta que llegó la barahúnda turística –me refiero a la masiva—para destruir el encanto. Y en ese sentido, al menos, me pongo de parte de los herederos que claman y reclaman el mantenimiento de una memoria imprescindible. Allí están los “Relojes líquidos” de Dalí, las joyas de Klee, el color de Miró, la silueta de Modigliani o el sueño abstracto de Rothko, el eco de las juergas bohemias, los disparates de Ernst y, lamiendo el cimiento, el agua milenaria, esa obra magna. La herencia es una cosa muy delicada. La atmósfera poética, también.

2 Comentarios

  1. Tú y tus “Venecias”, que vas a acabar como Morand… Más que tu interés por esa mujer a la que denominas “furia”, me ha hecho pensar el repaso que le das al derecho de herencia, otro viejo tema de nuestra juventud… ¡Qué poco cambiamos cambiando tanto!

  2. Peggy era un fenómeno de la Naturaleza, como decía mi madre, pero la herencia no ha hecho una excepción con ella. También yo recomiendo una visita a ese museo del Gran Canal a quien se deje caer por Venecia, a pesar de lo que dice don ja sobre su desnaturalización y deterioro.

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