En el debate más desolador de esta lamentable legislatura, el presidente Sánchez ha formalizado el estatuto de su mendacidad consiguiendo lo que ningún antecesor suyo logró: la incredulidad de propios y extraños. “Nunca jamás consentiré en Cataluña un referéndum de autodeterminación”, comprometió tan seriamente como, con su ironía chulesca, le replicaría el Rufián de turno: “Bueno, el Presidente ha dicho que jamás habrá referéndum, pero también dijo que no habría insultos… Dennos tiempo”. A pesar de su indigencia dialéctica y moral, el bronquista logró afrentar a un presidente del Gobierno como nadie lo hiciera antes: la infidelidad del personaje habrá de ser asumida en adelante como un hecho probado y reprobado.

Como Pilatos y enrocado en su pretorio, Sánchez responde a la acusación de mentiroso preguntándose qué es la Verdad, es decir, reasumiendo el viejo dogma relativista que permite escapar de la ética apoyado en la gnoseología: como anunció Campoamor, “nada es verdad ni mentira,/ todo es según el cristal/ del color con que se mira”. Tras él, su portavoza ha hecho de la dialéctica un trile reduciendo el imperativo racional y moral a un mísero juego de palabras, de la misma manera que Tezanos ha logrado envilecer la sociología hasta convertirla en un oráculo de partido. Un presidente capaz de plagiar su tesis ha logrado, en último término, neutralizar hasta la mínima exigencia de rigor que pudiera impedirle prescindir por completo de la verdad y adaptar la realidad a su capricho o conveniencia. Está claro que no era Rajoy –como Sánchez proclamó– sino el propio Sánchez quien no es una persona decente.

En sus manos habrá de navegar España, sin embargo, puede que hasta que expire la legislatura, dado que la morralla política que lo sostiene en el poder necesita de su indigencia para sobrevivir, y hasta es posible que en esa aventura sufra España un descalabro histórico irreparable. ¿Dónde iban a encontrar golpistas, proetarras y antisistema una bicoca semejante a este babieca inmoral con cuya bajeza no hubiera contado ni el propio Maquiavelo? Por lo demás, ahora viene el verano y en él se diluirán las cuitas públicas bajo la sombrilla, supuesto que la pandemia lo permita. Y no descarten siquiera que el tramposo viaje en avión militar a algún paraíso del Patrimonio Nacional jubilosamente arropado por su pandilla amistosa. Mientras tanto, en el país de Rufián y Valtonic, de la “nueva gramática de género” y la neohistoria mediatizada, del comisario Villarejo y “Sálvame de Luxe”, comprobaremos que, como quería Julio Iglesias, lo más probable es comprobemos que “la vida sigue igual”. Modestos como nunca, sólo nos queda confiar en que “la Roja” gane la Eurocopa.

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