No hay quien pare ya la boga del desnudo colectivo como reclamo benéfico o reivindicativo. Amas de casa, bomberos, policías locales, ferroviarios o feministas han decidido que la exhibición insólita del cuerpo desnudo (de la sólita no hay ni que hablar) puede conseguir, bien la atención sobre algún problema grave, bien la simple colecta para sufragar los gastos del grupo exhibicionista. Al contrario del mundo clásico, en el que los desnudos eran tan naturales como los vestidos, nuestra civilización ha desarrollado el tabú del cuerpo hasta tal extremo que exhibirlo se ha convertido en un instrumento dialéctico o en un buen recurso recaudador. ¿Por qué cree una dotación de bomberos que mostrar sus traseros a la autoridad constituye un instrumento rentable para sus reivindicaciones; por qué la severa ama de casa está convencida de que la exhibición de sus interioridades, no necesariamente admirables, ha de convencer al prójimo para comprar su imagen en un calendario; es que acaso prejuzgan “voyeurs” o sátiros secretos a sus convecinos? Yo no lo entiendo, sobre todo desde que he tenido la experiencia de que entre nudistas, toda rijosidad declina, lo que tal vez sugiera que son la reserva o el secreto lo que dispara la concupiscencia del prójimo. Un ama de casa inadvertida se convierte en oscuro objeto del deseo retratada semidesnuda en un calendario, con expresa autorización del cónyuge que, en otras circunstancias, hubiera desenterrado el hacha de guerra. Hemos hecho del desnudo un “activo” y en ese ejercicio de destape general hemos dilapidado, sin percatarnos siquiera, el capital oculto bajo nuestras ropas.

No es fácil decidir si este procedimiento –pienso sobre todo en colectivos habitualmente más conservadores—implicará una decidida desalienación o una doble moral, pero la recuperación misma del desnudo plantea la cuestión de si la pudicia habitual no será más que una máscara añeja bajo la que late vehemente una cierta pulsión exhibicionista. Sólo el pecado –en nuestra tradición occidental—cuetionó en términos morales la exhibición del cuerpo que los paganos, en cambio, aceptaban con toda normalidad. Los atletas olímpicos competían desnudos, las modelos posaban en cueros vivos, hasta que una estrecha conjetura moral, procedente del cristianismo, nubló el panorama. Hoy el cuerpo se ha convertido en un inexplicable reclamo de un derecho que no poseíamos desde los tiempos idílicos del edén terrenal.

4 Comentarios

  1. Siempre me intrigó el impulso de las mujeres sobre todo al exhibicionismo. A la menor ocasión, exhiben el cuerpo, lo que parece indicar un instinto quizá determinado por el hecho de saberse «cuerpos» deseados. No creo que mi opinión sea machista, y en todo caso ya ven que los machotes también se exhiben en cuanto les dan pie.

  2. Estamos ante la «reificación» (¿recuerdan, cvolegas generacionales?) del cuerpo, ante su definitiva conversión en mercancía y, encima, creen los muy ilusos que están ropiendo moldes con la antigüedad y empujando al progreso.
    El comentario de don Marcos, difícil de entender, al menos para un servidor.

  3. No olvidemos el morbillo de que esos destapes son un señuelo de gente conocida para gente conocida. A las mamás de una asociación de Loquesea les da mucho juego -mucho mojarreo- ver a Fulanita o Zutanita con el glandulamen al aire. Esos desnudos son ligths y se trata de adivinar lo que se intuye, además de cotorrear sobre lo que se ve.

    Si el sr. Tomás es seguidor del bruto Bardem debería hacérselo mirar.

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