Medio mundo anda levantado contra Occidente a causa de la provocación antiislamista del vitriólico “Charlie Hebdo”. En Occidente, a su vez, una gran bronca discute con motivo de un par de tetas principescas expuesta a la morbosidad universal por la industria alcahueta de los paparazzi. En el primer caso, vemos como resucita el viejo antiamericanismo, y no sólo en terreno del Tercer Mundo, ensordeciéndonos a todos con sus tambores de guerra –por si algo le faltaba a esta crítica coyuntura—hasta el punto de conseguir el blindaje de varios países, un movimiento que se retroalimenta de manera que, a más banderas quemadas y asaltos de embajadas, más “marines” y menos posibilidades de que alguna vez el islamismo deje de ser el “Dr. No” de esta absurda película. En el caso de las tetas de la princesa, también cruje el tinglado de las democracias estremecidas por el ruido de la bronca sobre los límites de la libertad de información y el derecho a la privacidad que en esos regímenes de libertades a todos nos asiste. Son dos conflictos diferentes, por supuesto, pero los dos coinciden en la gratuidad de la provocación y en el abuso del derecho. “Si no quieres que te roben el desnudo, no te desnudes”, argumentó en una ocasión nada menos que Norman Mailer y ello es cierto hasta cierto punto, pero nunca olvidaré la consternación de una famosa que debió vivir todo un verano escondida en su casa mientras los huelebraguetas aguardaban con sus teleobjetivos encaramados en los árboles de la vecindad.

¿No es anterior y superior el derecho a la intimidad que el que pueda asistir a la industria de la alcahuetería? En cuanto al celo y la ira islamista, sobran argumentos. Hoy por hoy la amenaza patente es el medievalismo islamista. Una sola instantánea del apocalipsis de las Torres Gemelas deja claro de dónde viene la amenaza y quiénes son los amenazados. No tiene sentido la provocación de esos caricaturistas, es verdad. Tanto como que nada ha ocurrido en las cien ocasiones en que las “performances” han ofendido a los cristianos exponiendo imágenes blasfemas sin que en esta susceptible selva se hay movido una hoja. Y en cuanto a lo de la intimidad en almoneda –a pesar de Mailer—hay que reconocer que nadie tiene más derecho a negociar con ella que el fotografiado a arrancarle la cámara al espía. Dos tetas y unas caricaturas mantienen al mundo en vilo. Con la que está cayendo, esa realidad resulta, cuando menos, grotesca.

8 Comentarios

  1. Este mundo está loco y enfrentado a una posible contienda suicida entre dos grandes concepciones del mundo que podría devolvernos a la Edad Media. Coincido con su exigencia de portecció a la intimidad pero he de decirle que a la frase de Mailer que cita usted no le falta un punto de razón.

  2. Divertido pero tremendo eso de juntar la crisis con lis islamistas con la provocada por las tetas de la princesa. Con el mundo agarrado por una mano al alero, parece mentira que nos entretengan con estas cosas.

  3. Ufff. Cuando leí lo de las ‘lolas’ pensé primero en la de aquí. Hay quien lleva la cuenta de las hazañas quirúrgicas de la muchacha. Ayer o antier vi una secuencia suya antes de y lo comprendí todo: el Borboncito la veía de frente en el electrodoméstico cuando se encaprichó. Luego al comprobar el perfil de ‘meiga’, la nariz de rapaz y la barbilla apuntando al celeste, la única solución que encontraron fue al tío del cuchillo y la silicona. Y ya puestos…

  4. Por una vez me molesta la columna porque encuentro el “rapprochement” desafortunado: no veo que tienen que ver lo uno con lo otro. Es insufrible que te persigan con teleobjetivo y que vivas acosado por unos babosos.
    Lo otro es propaganda: mientras el malo es occidente, en casa los mandamases hacen lo que quieren.
    Besos a todos.

  5. Doña Epi, no me sea usted cruel….y despiadada.¿ O es que la señora no le parece bonita?
    Besos, doña

  6. Lean más despacio, relean, porque observo en los comentarios de hoy –a ojo de buen cubero jubilado de la enseñanza universitaria– que las críticas van por un lado y la columna por otro, a mi modesto parecer, más sustantivo. Entiendo que don ja lo que pretende es expresar su disgusto ante dos fenómenos bien distintos pero que ilustran muy bien la realidad actual.

  7. Lo jocoso me pierde, querido doctor.
    La señora, mi apreciada doña Marthe, antes era una chica ‘monilla’. Ahora es solo una recauchutada más de tantas. Mi aversión, cierta, lo confieso, le llega más por la vía del tálamo. Si su suegro -sabido lo que ya sabe todo el mundo, que la bibliografía de internet echa humo- ha perdido, ante mí al menos, hasta el último penique de dignidad, el pavisoso de su marido no lo ha perdido. Es que nunca lo tuvo.

  8. Me inclino hoy a redundar el consejo del Dr. Pangloss: relean la columna y hablemos de su tema y no de otras mares y otros peces. Me parece poco atento con el autor quedarnos haciendo bromas por el extrarradio de su propuesta. No se molesten, por favor, porque lo digo desde la humildad que creo tener acreditada entre los casineros más habituales.

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