La democracia española –que esta vez parece que va a durar medio siglo al menos– padece, sin embargo, una enfermedad congénita: su secuestro a manos de los partidos políticos. Esas organizaciones, auténticamente “profesionalizadas”, la han utilizado para apoderarse del aparato del Estado al que controlan y, con lamentable frecuencia, saquean. El bien partidista se ha convertido en objetivo y razón exclusivos de nuestra vida pública, en la que hablar del bien superior que supone el interés colectivo resulta ya no sólo inútil sino extravagante. Y no hablo sólo de los grandes partidos más o menos históricos, sino también de los flamantes que, en menos que canta un gallo, han sabido adaptarse a ese trampantojo de los viejos. Acabamos de comprobarlo en la insultante moción de censura en la que antier un político frustrado que jamás ganó unas elecciones sino que arrastró a su partido a cotas inimaginables de descrédito, conseguiría arrebatar la Presidencia del Gobierno a otro que había ganado repetidamente las elecciones, incluso por mayoría absoluta. ¿Absurdo, indignante? Temo que no haya adjetivo a la bajura de ese despreciable cambalache.

No se trata en absoluto de defender al perdedor. Rajoy ha hecho y dejado de hacer lo suficiente para explicar el atentado y eso, en política, se paga. Pero, al margen del espectáculo corralero que acaba de abochornarnos, a ver qué me dicen del ganador y de esa singularísima treta suya de pactar, con tal de encaramarse al Poder, con la peor caterva que hayamos conocido tras la Dictadura: los golpistas del separatismo catalán y del soberanismo vasco, los “leninistas amables” del populismo podemita y los herederos de ETA. trágica ocurrencia de apoyar la llamada revolución de Asturias. Discúlpenme el exabrupto, pero creo que un partido como el PSOE, responsable tanto de grandes aciertos como de atropellos fatales, no había cometido un error semejante desde que sus abuelos tuvieron la trágica ocurrencia de implicarse en la llamada revolución de Asturias.

Y bien, ¿y ahora qué va a pasar? ¡Pues nadie lo sabe! Ni Sánchez podría llegar  a más, ni la institución a menos, cierto, pero no hemos de caer en la tentación de culpar de ello a los partidos –¡ni siquiera a las “partidas”!— pues los responsables últimos son los votantes que los legitiman. ¿No dice el adagio que sarna con gusto no pica? Ojalá que los próximos meses resulten suficientes para desengañar a la oscura corriente populista que ha logrado llevar al extremo la degeneración de nuestro sistema de libertades. Con Otegui, Puigdemont y Monedero vigilando tras las cortinas, este Gobierno sobrevenido puede que tenga los días contados. En todo caso, el estropicio lo vamos a pagar a escote los españoles y no es ningún disparate pensar que lo acabará cobrando la comparsa de Ciudadanos.

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