Sigo en la prensa americana –abismada estos días en el vórtice provocado por la muerte de Michael Jackson—el proceso de ‘Bernie’ Madoff, el mago de las finanzas que logró perpetrar la mayor estafa de la historia del dinero y acarrearnos con ella la crisis económica que padece el mundo entero. La pobre viuda no tiene quien la quiera, por lo visto, hasta le extremo de que le niegan el pan y la sal incluso en la peluquería, los hijos se ven rechazados por su entorno, ya ven qué desgracia, y el pobre viejito –que no lo es tanto, pues anda estrenando los 70—aguarda confeso ante un tribunal una condena que, en ningún caso, se espera inferior a los 150 años. Ni la astucia de evitar un juicio por jurado al declararse culpable de todos los cargos podrá evitarle, pues, la severidad de una sanción que ha de resultar leve, se mire como se mire, teniendo en  cuenta la enormidad de su delito y las vastas consecuencias derivadas de él, pero ahí están las voces reclamando indulgencia para el estafador y suavidades a la hora de aplicar una condena que no dejará de ser siempre ridícula si se considera el daño causado. Hasta el juez del caso ha autorizado a Madoff a prescindir durante la vista de su traje penitenciario, para lucir en su lugar un atuendo acorde con la condición social del gran delincuente que pesa sobre la opinión a pesar de los pesares. La misma opinión que suele manifestarse implacable con los pringadillos ligeros de manos, se allana ante al imagen “respetable” del viejo zorro que logró embaucar a los ricos del mundo arruinando de paso, directa o indirectamente, a tantos millones de personas enteramente ajenas a sus exclusivos manejos. El capitalismo sin rostro reclama, una vez más, el anonimato y, en su defecto, una lenidad que, ciertamente, no merece esa delincuencia mayúscula. Si Madoff muriera en prisión, como lamenta por adelantado su defensor, no supondría más que lo lógico en un sistema que calcula las penas en función de los delitos.

 

Nadie discutiría, en principio, que los grandes delitos merecen grandes penas, y sin embargo, ese principio obvio quiebra con estrépito cuando se difracta en el prisma equívoco de la opinión, del que sale dividido entre un rigorismo y una benevolencia difíciles de conciliar. En USA se vive estos días esa tensión que, por un lado, considera la dureza que supone una condena perpetua en la práctica, y por otro no olvida los miles de presos perpetuos que han consumido sus vidas entre rejas por delitos incomparablemente inferiores. He visto estos días, por ejemplo, cien imágenes de la pobre (¿) viuda Madoff atravesando su desierto particular, pero no he visto nunca la de tantas otras como han debido compartir olvidadas las penas de sus maridos. La Justicia americana tiene ante sí una prueba tanto más decisiva cuanto más elemental resulta la causa que se le somete, pero la opinión pública, sin duda, también.

12 Comentarios

  1. ¿Y no se ha hecho del viejo Bernie un chivo expiatorio, una cabeza de turco de todo un sistema cómplice y aprovechado, donde eran, son, muchos los que se han retirado a sus cuarteles de invierno a disfrutar de sus bonus, soleándose en los greens de California y esperando que la langosta deje de patalear en la cazuela?

    De todas formas estoy de acuerdo con lo que alguien le dijo al desgaire: ‘hasta que tu celda se convierta en ataúd…’ Nada de perpetua, que eso es muy carca, pero eso sí, a usted le han caído 150 tacos de almanaque y va a pagar hasta el último de ellos. ¿Que se le enfría antes el velo del paladar y hay que darle tierra? Pues se lleva usted a la tumba una hermosa deuda que nadie va a satisfacer en su lugar.

    Qué gran ejemplo para tanto hombre de paz con veinte o treinta asesinados en la mochila. Nada de perpetua, ahora bien si le han caido mil27 añitos de trullo, usted empieza a pagarlos hasta donde le llegue la cuerda. Lo dicho, de la celda al féretro.

  2. A la primera, el gran Mohandas, espíritu penetrante, ha levantado la bandera de la dudsa: ¿Será Madoff una víctima propiciatoria, un buco de los muchos erstafadores que han intrevenido en el gran bluff? Pues no, buen amigo. Madoff no es un estafador más sino EL ESTAFADOR que ha hecho desaparecer miles de millones de dólares ajenos. Su mujer retitó un montón de ellos de la c/c el día antes o el día después, no rcuerdo bien, de destaparse el pastel. No vengamos con virguerías morales: estos especuladores capaces de desatar una crisis (y en buena medida, Madoff es un factor decisivo en la que atravesamos), deben pagar cara su fechoría. No olvidemos que la pena tiene entre sus funciones la de ejemplarizar. Eso, me parece, es lo que ha sostenido la manod el juez a la hora de firmar la sentencia.

  3. Si les soy sincera esta es una de las muchas ocasiones en que no sé como posicionarme.
    Primer: es un delito de dinero, no de sangre. No me sorprende que para los anglosajones ese tipo de delito cueste casi mas caro que la vida de un hombre.Recordad al viejo Capone.
    Segundo: esa gente que arruino, por lo visto, era gente con posibles, que esperaban medrar mas y mejor que la gente ordinaria.No sé a ustedes, pero a mi me recuerda un poco el timo de la estampita….
    Tercero: Me da pena de los viejecitos pero no siento poco compasion por este, no sé porqué sera…
    Besos a todos.

  4. No dilapide su compasión, querida madame Sicard, que ese hombre no sólo afanaba lo ajeno sino que, con ello, ha producido innumerables males a millares de familias. Sólo por el impacto que tuvo sobre la crisis ya merecería una sanción severa, por más que el castigo nada arregle a los damnificados. ¡Cómo va a sentir pena por este “viejecito”! ¿Se hja parado a pensar la vida que aguarda a su familia con el dinero oculto aparte de la que él se ha dado ya?

  5. Ya ve Mohandas como a muchos la figura del chivo expiatorio para justificar la jungla del capitalismo salvaje es algo de lo más socorrido; al fin y al cabo lo ha sido en todas las culturas desde el principio de los tiempos.
    Me ha gustado del comment de hoy el apunte sobre la esposa del figura, claro ejemplo de cómo en esta ralea, si él prefiere el fetiche del dinero la mujer prefiere coleccionar al amo del fetiche, o mejor, al hombre como fetiche de fetiches (bueno salvo la actual “Avaricia” de Von Stroheim). La pooobre!!.
    Ya veremos lo que sale de este nuevo barbecho quemado, seguramente más cardos borriqueros. Por lo pronto me conformaría con que en nuestra “loca” piel de toro el asesino torturador de las jóvenes policías de Barcelona pagara la tercera parte que Mardoff. Así llueva para arriba.

  6. Nada tiene que ver la piedad con la ejemplaridad, y menos con el rigor de la ley. En la actualidad hay mucha gente desmoralizada ante la poquedad de las penas y la envergadura de los delitos (siempre se recuerda el caso de De Juana), y eso es menester corregirlo porque en esa inquietante percepción radica la desconfianza del ciudadano respecto de la Justicia.

  7. Muy de acuerdo con su Señoría en todo. El caso de este hombre ambocioso debería hacernos pensar en los peligros de este tobogán que es ya la vida. La compaisón debe ser administrada con buen criterio y parece indiscutible que lo que ha hecho a este Madoff merecedor de un castigo tan grandes ha sido su desmedida ambición. Por lo demás, como ya se ha dicho, ¿dónde está el dinero? El arrepentimniento, para ser verdadero, debería haber ido acompañado del resarcimiento de los damnificados, y no ha habido nada de eso. Como en tantos otros casos, por supuesto, incluyendo algunos españoles…

  8. No sé por qué le damos tantas vuetas al manubrio: ese gigantesco ladrón debe soportar una sanción grande. No se trata de venganza (como se ha visto en algunos explicables casos de perjudicados por su estafa) sino de aplicación justa de la Ley. Parece mentira que no se parta del hecho de que el dinero que ha desaparecido es una cantidad difícilmente imaginable, y que nadie se lo ha podido gastar: luego alguien lo tiene. ¿Vamos a pretender que encima se vaya de rositas a pasar sus últimos años en el yate secreto?

  9. Clarísimo padre Cura que usted es de la escuela de Ripalda. Pues claro que sin restitución no hay remisión de la culpa.

    Sin embargo lo irrazonable se convierte en costumbre. Los trincones -si son de dinero público ya ni fiori– se embolsan la viruta al por mayor, penan unos años en plan señorito y se permiten una dorada vejez así como asegurar el buen vivir de la prole como acertadamente apunta nuestro Ecónomo de guardia.

    Lo malo es que demasiados no creemos que en otra vida vayan a pagar sus culpas. Mondo cane!.

  10. el pobre cabeza de turco como siempre sometidos a los poderes que permisivamente le apoyaron y encubrieron hasta el día de hoy en el que lo han dejado en bragas y con lo puesto.

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