Pocos motivos tan elocuentes a la hora de retratar nuestra situación como esa imagen de los cuatro mil rayos que, según el telediario, nos caen encima en un solo día. Claro que no menos expresivo resulta el travelling de las invasiones marroquíes o la incontenible deriva política e institucional que vivimos sin resuello arrastrados por este río que nos lleva. De este Gobierno no cabe esperar más que mentiras y despropósitos, discurriendo como va por el filo de la navaja que es necesariamente la improvisación, cuando no sacudiéndonos con frialdad desde su solipsismo. La última ocurrencia, lo de indultar a los sediciosos, se venía venir hace tiempo pero los hechos parecen pretender superarse a sí mismos cada día que pasa.

¿O cabe decir otra cosa en un país enfrentado a la grave crisis fronteriza en medio de una pandemia que no acaba de ceder, un país secuestrado (tienta decir que inexplicablemente, pero eso no sería electoralmente propio) por un “régimen” sostenido por sediciosos y paraterroristas y, en consecuencia, por completo ajeno a cualquier gestión que no concierna a su mantenimiento en el poder? Hechos ya a la extravagancia, casi no reparamos en la gravedad que supone el espectáculo de una política catalana negociada por un delincuente en prisión y otro forajido, pero aún sin salir de ese estupor nos cae encima por sorpresa la intención del Gobierno de abrir la cárcel a su principal jerifalte para permitirle participar en la llamada “mesa de negociación” con los sediciosos. La inquietud ante la sospecha de que tanto mal puede, en cualquier caso, empeorar, confirma la evidencia de que hay algo peor que un mal gobierno: el desgobierno.

El problema es que Sánchez no se irá sino que habrá que echarlo. Ésa es la prueba difícil a que la democracia somete a sus clientes tanto o más que la tiranía a los suyos. Y ciertamente para esa eventualidad no hay duda de que nos falta materia gris por arriba y testosterona en la base, una vez aceptada una vida pública degradada hasta el punto que sugiere la propia foto del atestado consejo de ministros. Habrá indulto finalmente, ya lo verán, para los delincuentes catalanes –a pesar del Tribunal Supremo y del clamor popular– como ha habido mano blanda y hasta guante de seda para apoquinar su apoyo a los terroristas vascos, sencillamente porque unos y otros son el prerrequisito vital de ese detritus demagógico que es el sanchismo. Sánchez no cede ante Junqueras y Puigdemont, sino que los obedece. Y como es natural, tampoco es cosa de pedirle peras al olmo.

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