No sabemos bien (ni mal) lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Birmania. El antiguo régimen militar que hace poco masacraba a los monjes protestatarios ha cerrado ahora las puertas para aislarse del mundo. Se ha hablado de 24.000 muertos, luego de 43.000, finalmente (por ahora) un comisionado sugiere que la cifra  de víctimas  puede elevarse hasta las cien mil, aunque su dispersión por el territorio afectado, en buena parte bajo las aguas todavía, convierte en imposible no sólo su rescate sino su mera cuantificación. Nada se sabe con certeza, fuera de que la Junta Militar pidió ayuda internacional para luego negarse a recibirla, hasta el punto, ridículo, de designar un ministro especial para estudiar las solicitudes de visado de las ONGs internacionales. En Tailandia y otros parajes próximos aguarda la ayuda enviada en aviones y helicópteros, pero las noticias del interior que logran romper el círculo de hierro de la censura hablan de hambruna y desamparo por doquier. No se puede decir que Occidente (USA, Gran Bretaña, Francia, la UE)  haya permanecido pasivo en esta ocasión sino todo lo contrario, pero es más que probable que el régimen dictatorial vea en esa avalancha de ayuda un riesgo para su aislamiento y en el contacto con una presencia masiva de extranjeros un estímulo para la subversión, en especial una eventual intervención de los oficiales jóvenes educados bajo el férreo cliché de la maldad de nuestro mundo. La situación puede ser extrema en poco tiempo a causa de la misma presencia de la muerte y de la indefensión total de la población, pero los dictadores se enrocan en su feudo por completo ajenos a la tragedia del pueblo. No habrá cosecha de arroz, además, lo que supone condenar al hambre a la práctica totalidad de la población aparte de las de los pueblos vecinos importadores de ese alimento, aunque lo más urgente puede que sea evitar el desencadenamiento de epidemias exterminadoras. Un puñado de sátrapas poniendo a prueba un pueblo que los expertos temen que pueda desaparecer como tal si las previsiones son justas y no se ponen a tiempo remedios adecuados. Una vez más. ¿Tiene el llamado “orden internacional” derecho a la ingerencia dadas las circunstancias? Una vez más hemos de formularnos esta decisiva pregunta.

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Probablemente no. O sí, no lo sé, entre otras cosas porque la paráfrasis de Klausewitz sobre la guerra y los militares también puede aplicarse en este asunto para sugerir que la justicia internacional es algo demasiado importante para dejarla en manos de los leguleyos por no hablar de los políticos. No habrá intervención, en todo caso, así muera el país entero, por la razón elemental de que Birmania sería una carga más que un negocio: nadie invade un país productor de arroz (casi la mitad de su PIB) con una población similar a la de Francia, en el que el régimen utiliza la violación en su estrategia del miedo y comete matanzas masivas de verificación prácticamente imposible. Birmania no es Irak y, en consecuencia, liberar a su pueblo de una dictadura mortífera no se plantea siquiera, aunque Francia haya sugerido a la ONU que imponga como sea menester el paso obligado de la ayuda. Da igual. Las catástrofes se olvidan pronto (¿alguien se pregunta hoy por la región asolada por el anterior tsunami?) y pronto, en unas semanas, la noticia caerá de titulares mientras en la ciénaga se pudren las víctimas a las que ni siquiera se contó, y el pueblo reemprende renqueante su camino de ninguna parte a ninguna parte bajo la férula de los mismos tiranos o, quién sabe si, tal vez,  de otro nuevos. Birmania no existe, en fin de cuentas, y la buena conciencia de las potencias libres se colma fácilmente sólo con amagar un gesto de ayuda. La intervención no es nunca gratis y los birmanos no tiene con qué pagarla.

3 Comentarios

  1. ¿Tiene el llamado “orden internacional” derecho a la ingerencia dadas las circunstancias? Creo que se llaman preguntas retóricas. Además el Anfitrión ya ha dado la respuesta en el título d e la columna. ¿Tiene la ley fuerza para imponer una transfusión al testiguito de Jehová cuyos padres se niegan a ello?

    Evidentemente el arroz no es petróleo. Pero el hambre, la muerte, la peste ya están instalados. Si la guerra puede combatir y vencer a los anteriores, creo que es obligatoria.

    No va a haber excesiva ganancia para los que intervengan, que alguna habrá. Pero la obligación de intervenir, ni la dudo.

  2. firmo con las dos manos el artículo de nuestro amfitrión, y el comentario de doña Isthar. Yo mpe opuse a la intervención en Irak, pero no me opondría a esta, y es que entiendo que las circunstancias no eran las mismas. Ni la situación de los dos pueblos en su mayoría.

  3. 21:44
    “Birmania sería una carga más que un negocio”
    Una vez más ja pone el dedo en la llaga. A las potencias democráticas, por mucho que digan, no les importan los pueblos ni las personas sino únicamente el negocio y la riqueza.

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