Un salvaje ha acabado con la vida de su mujer de un ladrillazo delante de sus hijos y luego se ha ido zamparse una pìzza. Otro (¿cuántos ya?) liquida a la suya ante sus dos hijitos, testigos aterrados de la proeza. Unos cuantos más ajustan sus cuentas con “sus” hembras y a continuación se suicidan, un gesto que, según parece, compensa en cierta medida a una opinión pública por completo desconcertada. ¿Qué está ocurriendo aquí y, todo hay que decirlo, también por ahí, incluyendo a los países más “civilizados” del continente? No lo sabemos bien, pero el hecho cierto de que la mayoría de parricidas no se suiciden inclina a aquella opinión hacia la crítica de la lenidad de unas leyes que, entre pitos y flautas, sancionan con blandura inconcebible a esos salvajes. Se habla de abrir un debate. Bueno, pero ¿qué es un debate, quién habrá de debatir y en nombre de quién, acaso no se debatió el asunto antes de elaborarse la actual ley de protección sino que si hizo a tontas y a locas? En cuanto a lo del debate, ojo, porque ya saben eso de que un camello es un caballo diseñado por un comité de expertos. Y por lo que hace a la ligereza de la sanción penal, habría que pensar que el argumento vale para ciertos casos pero no para otros, señaladamente para el de los suicidas. Que algo está ocurriendo en las sociedades actuales que antes no ocurría parece evidente, y que ese algo tiene mucho que ver con la nueva distribución de roles sociales, más todavía: el nuevo papel de la mujer chirría sobre el paradigma machista, que acepta su salario y su sacrificio pero no su inevitable cuota de libertad. Pero quizá no sea útil ningún modelo de una sola variable. El varón no encuentra cómoda la convivencia basada en la igualdad, tal vez, aunque, como va dicho, acepte sin cortarse un pelo la contribución  de la hembra al gasto familiar. Habrá que pensarlo con urgencia, en todo caso, porque vamos para la hecatombe (cien víctimas) y nadie sabe qué hacer

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Mientras un tipo diga en la tele que siete años (previsibles) de condena no son nada comparados con la muerte de la víctima, habrá que pensar que no vendría mal un endurecimiento drástico de las penas, un disuasor capaz de meterle en el coco al asesino que le espera la del tigre si da rienda suelta a sus instintos. Me he informado y creo que por ahí –en los siempre citados países nórdicos, por ejemplo, pero también en la ‘vieja Europa’—las condenas son rotundas, como para tentarse la ropa antes de levantar la quijada o el ladrillo. Quizá no fuera ésa una mala medida para empezar, en esta como en tantas materias, pero es obvio que necesitamos averiguar, además, sin demora qué está ocurriendo para que cada cuatro o cinco días una mujer sea asesinada por su cónyuge, cada vez con mayor alevosía, cada vez en circunstancias más aterradoras. Lo que está claro es que –con los medios realmente disponibles– esta Ley no sirve, que las medidas de alejamiento constituyen un pitorreo, que las previsiones de prisión son ridículas comparadas con el daño irreparable, y que las secuelas familiares derivadas de tanto crimen son ya inaceptables en una colectividad razonablemente organizada. Que un tío más o menos en sus cabales mate a su mujer de un ladrillazo y se largue a una pizzería a ponerse ciego, indica un grado de maldad que bien merece la previsión de una condena definitiva. Es verdad que también proliferan los infanticidios, las torturas a los bebés, la infamia pedófila y demás, pero la guerra contra la mujer no admite ya armisticio sino que aconseja una contraofensiva en toda regla. Como ocurrió con la (por cierto, también fracasada en buena medida) ley de Dependencia, urge la unanimidad política y social en torno a esta barbarie que ha llegado a asumirse con una preocupante resignación. Un parricidio tiene que dejar de ser una noticia más y frecuente del telediario o habrá muchos tíos en la pizzería con el ladrillo ensangrentado a mano.

7 Comentarios

  1. Ya dijo el ilustre lo de ‘despensa y escuela’. La primera se ha llenado no solo de jamón blanco, de langostinos de criadero y sustancias ‘non sanctae’, sino también de pantallas desvergonzadas que exponen como lo más natural airear el sexo libérrimo que debería pertenecer solo a la intimidad de las alcobas, de la violencia gratuita y desmesurada porque sí, porque así es la ley de la selva.

    Se han abandonado los criterios más elementales de la convivencia, se despanzurra a diario el honor del ‘otro’, se vitupera alegremente a la autoridad legítima, guste o no guste, se pisotea como una colilla la dignidad de los demás. Es, está claro, la selva.

    Y la escuela. ¡La escuela! Nuestros infantes han perdido la referencia del maestro modelo. Antes, un niño podía ver al padre borrachuzo, a la madre murmuradora, al pariente mentiroso, al vecino degenerado. Pero, si tenía suerte, daba con el maestro cabal, que intentaba ser ejemplo y modelo, aunque su lado oscuro lo dejara para la timba o el burdel. ‘Lo ha dicho don Jacinto’ o ‘doña Ludivina’. Y eso iba a misa. Los padres lo acataban, aunque renegaran a espaldas del inocente.

    Ahora la escuela es desde muy pequeños, un carrusel de maestros que pasan por el aula dando inglés o música, a la maestra de religion o de gimnasia se aprende a chulearla porque es más débil, lo mismo que los padres se burlan del secretario porque ‘es maricón perdío, que vive con el novio’. Por las aulas difíciles el maestro pasa mirando el reloj y deseando que pase el tiempo y poder salir con vida para contarlo. Lo de la docencia, el interés, la profesionalidad son palabras obsoletas.

    Todo esto no se arregla con debates, ni con leyes. Hay un mundo que se está yendo al mismísimo carajo y no se ve que esté naciendo nada que le sustituya con un mínimo de dignidad.

    Luego si viene el moro o el chino, o el mismísimo Belcebú al frente de una patrulla de zombis, nos pasarán a cuchillo y entre lamentos alguna mente lúcida dirá mientras dura su agonía: ‘si esto se estaba viendo venir…’

    Nos ha jodío Noé con los chubascos.

  2. Creo que va siendo hora de que empecemos a darnos cuenta que eso de la cultura permisiva no es más que un cuento que nos debilita. Que la cultura es represión y sólo represión de nuestros instintos primarios (venéreos o no); una represión llevada del nivel consciente al subconsciente, para hacer más tolerable su dominio (cuando uno cree que tiene que hacer algo lo hace con decisión, sin preguntarse de dónde procede la orden, que ha sido interiorizada). Que la cultura no es sólo la manifestación positiva de sus síntomas, como es una abundante información o un refinamiento de costumbres, que es como suele aparecer en la sección de “Cultura” de los periódicos. En la vida humana todo lo que no es animalidad pura es cultura, y cuesta conseguirla. Pensar que los niños la pueden adquirir en la familia o en la escuela de forma sencilla, por ósmosis casi, es de una ingenuidad pasmosa. En el plano de la libertad conseguida con la cultura, reprimiendo los instintos primarios para conseguir mejores niveles de calidad de vida (está comprobado que la naturaleza ‘entiende’ que el ser humano está amortizado hacia los 30 años, que es cuando comienza el cuerpo a envejecer) de forma que se rompa el ciclo natural nacimiento-muerte (o sea, de la vida) a favor de los individuos y en contra de la especie, la acción positiva siempre se impone a la inacción. Otra cosa es que ello sea bueno para la especie, pero el pensamiento cultural masculino, agresivo, es así. Y el que venga después que arree.

  3. yo creo mucho con en la educacion, y en el ejemplo dado. La ideología es culpable de muchos errores de la sociedad. Recuerdo eso de «está prohibido prohibir» y me troncho. Tenemos muchos «mea culpa» que hacer.
    Besos a todos.

  4. Toda cultura es represión. Esa cultura para que quedara en los genes necesitaría millones de años para «fijarla».

    De ahí la gran «quimera», -2ª acepción del RAE-, de civilizar a los seres humanos.

    Ortega decía, -creo que en «Historia como sistema»-, que «el hombre se diferencia del tigre, en que cada vez que nace un tigre nace un primer tigre».
    Lo que no decía ese famoso filósofo es ¿qué porcentaje de seres humanos cumplen dicho axioma.

    Creo que se pueden contar con los dedos de una mano.

  5. Tradición y cambio, ése es el gran dilema por solucionar. Y a esto no contribuyen ni los que llevan imponiendo desde hace algunas décadas su progre “culturalitis” coyuntural que confunde igualdad con igualitarismo, ni los que se aferran a su estructuralitis encorsetoide que no comprenderan nunca que la mujer en los tiempos que corren ya no va a dar marcha atrás a pesar de la mala leche o los subidones de testosterona del energúmeno que le ha tocado en su viaje.
    Pues sí Dª Marta estoy con Vd., menos ideología y más entendedera es lo que hace falta. Mis respetos.

  6. Hoy releo lo que sigue:

    Sobre el concepto de historia. Walter Benjamín.

    Tesis XIX:

    “Los escasos cinco milenios del homo sapiens —dice uno de los biólogos más recientes— representan, en relación con la historia de la vida orgánica sobre la tierra, unos dos segundos al final de una jornada de veinticuatro horas. Llevada a esta escala, la historia de la humanidad civilizada ocuparía la quinta parte del último segundo de la última hora.” El “tiempo del ahora”, que como modelo del tiempo mesiánico resume en una prodigiosa abreviatura la historia entera de la humanidad, coincide exactamente con esa figura que representa la historia de la humanidad dentro del universo.

  7. «¿Acaso no nos roza, a nosotros también,
    una ráfaga del aire que envolvía a los de antes?
    ¿Acaso en las voces a las prestamos
    oído no resuena el eco de otras voces
    que dejaron de sonar?».

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