Le recordaba el otro día en la radio la vieja idea de Ernst Mandel de que ni los grupos sociales ni los individuos suelen percibir con claridad ni las razones ni los efectos de las calamidades que traen las crisis. Y a ese propósito, un lector me recuerda que el mismo fenómeno podría aplicársele al hecho trascendental –no del todo ajeno a la crisis misma—de que los actuales avances tecnológicos no sean advertidos en todo su alcance por un personal que va por la vida como deslumbrado por saturación, ya que la velocidad de esas novedades dificultan el reconocimiento de sus efectos. Acabo de leer, por ejemplo, que Steve Jobs, ese magnate visionario, traía entre manos el proyecto de crear el reloj-teléfono, un invento que de haberse logrado no cabe duda de que habría provocado un nuevo tornado no sólo en el mercado sino en la propia mentalidad de esta multitud abismada ya en ese limbo expansivo de la tecnología. No se es consciente, en efecto, de esta revolución vertiginosa que nos ha llevado, en tan poco tiempo, desde el embrión informático o el pesado teléfono “celular” a una situación en la que esos ingenios han evolucionado exponencialmente hasta convertirse en auténticas prótesis del usuario, agravando en enorme medida la inconsciente dependencia del individuo respecto de los continuos logros técnicos. Incluso comienza a funcionar por ahí una rama de la psicología médica dedicada a velar por la recuperación de las adicciones tecnológicas que conducen sin remedio a la paradoja del aislamiento de la persona precisamente a causa de su excesiva conexión externa. Las grandes revoluciones técnicas, al contrario de las políticas, se apoderan inadvertidamente del ciudadano.

Los amenes del siglo XX y este inicio del XIX serán vistos cuando lo permita la perspectiva como la etapa fundante de otra modernidad, tal vez de alcance hoy imprevisible, sin que el sujeto social se dé cuenta cabal de ello. La globalización real, por ejemplo, será vista en su día como una suerte de nuevo Neolítico, como un hecho complejo pero singular que sirve de marca entre dos eras sustancialmente distintas, idea que sugiera que también que la propia especie, el hombre mismo, exigirá una nueva antropología. Y todo sin ruido, de puntillas, como el bíblico ladrón que se acerca en la noche. Los cambios de era fueron siempre una sorpresa, pero quizá ninguna más cautelosa que ésta que nos está cambiando la vida sin dejarse ver.

3 Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo. Cada vez que salió un invento grande primero hubo sus detractores, luego la gente se ablanzó sobre él y lo utilizó en exceso y de manera descontrolada. Sin embardo es algo extraordinario. Cuando veo a mis hijos y a mis sobrinos como utilizan la red es que me maravilla.
    Lo ínico es que ya no pueden vivir sin ella. Pero nosostros ¿podráamos vivir sin libros?
    Yo desde luego no.
    Besoso a todos.

  2. Desde luego no tenemos conciencia cabal de estos «saltos» tecnológicos que, en su conjunto, están rediseñando la convivencia, con las consecuencias que ello implicará. Claro es que todo progreso tiene su anverso indeseable o al menos incómodo, pero me parece que ja apunta al ritmo vertiginoso que lleva el descubrimiento científico-técnico en esta etaoa, pongamos, los últimos quince años. Y seguramente esto no es más que el principio, lo que le da más sentido si cabe a la tesis de la columna.

  3. Lleva razón en que elñ progreso disparado suela pasar desapercibido, al menos en sus últimas consecuencias. Vivimos en una revuelta del camino de la Historia, de eso no es posible dudar a estas alturas, aunque no sepamos qué meta nos aguarda. Interesante, don ja, buena reflexión.

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