Debemos ir haciéndonos el cuerpo a que, a medida que el tiempo pase, irán cayéndosenos a los pies mitos que toda la vida hemos tenido levantados en lo más alto. La historia avanza con paso firme descubriendo zonas oscuras, iluminando aquí y allá rincones en que verdades como puños permanecieron durante siglos ocultas en el mayor de los secretos. Pero de vez en cuando se permite también un giro brusco, un cambiazo sin réplica posible, que nos echa abajo el mito acreditado por la costumbre y acaso por nuestra propia predilección. Ahí tienen lo que acaba de ocurrir con Cleopatra, la presunta belleza seductora de los príncipes, la que se llevó por delante a César, logró trajinarse a Antonio hasta hacerle perder la olla y si no sedujo a Octavio, aparte de la lógica desconfianza del héroe, vayan ustedes a saber por qué causa fue. Cleopatra ha pasado, eso sí, como paradigma de la seducción y, en consecuencia, como imagen –enigmática pero cierta, sin duda– de la belleza y del “sex appel” más irresistibles, como hembra fatal ante la que entregaban la cuchara los amos del mundo para ponérselo a sus pies. Se cuenta que César le regaló 200.000 volúmenes para su biblioteca famosa y que la guerra con Octavio se produjo justo porque en Roma se orientaron los próceres sobre su propósito de crear junto a Antonio una sucursal del Imperio en Oriente. Es verdad que lo que de ella sabemos (Apiano o Plinio, el gran Suetonio o Dión Casio, incluso Josefo) es no poco discrepante y hasta sospechoso –por no hablar de misoginias y machismos en los memoriosos– como lo es que la imagen que nos ha llegado a la inmediata modernidad es la que Plutarco, sacándolo no sabemos muy bien de dónde, hizo llegar al genio de Shakespeare, que se lo tragó todo sin reparos arrastrado ya por su inconfundible pulsión prerromántica. Y que el resto lo ha hecho el cine, con la seducción de su tecnicolor y la magia de sus encuadres, sus pestañas postizas y el esplendor holliwoodense de una antigüedad prestigiosa y lupanaria que hizo soñar a varias generaciones de machos y también, por supuesto, a otras tantas de féminas ansiosas de vida y esperanza. Cleopatra –“gloria del padre”, incestuosa y pizpireta, meretriz y estratega en una pieza– es un mito incuestionable que lo mismo interesó a Bernard Shaw que a Zorrilla. El pobre Terenci tal vez se creyó todavía su reencarnación.
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Ah, pero ahora resulta que, si hemos de fiarnos, y a ver por qué no, de la imagen que presenta la diva (no faltó quien, en vida, la identificara con Afrodita) en un denario de plata acuñado precisamente en la ceca de Antonio, la “viuda de César”, como la llamaban sus enemigos romanos, la bacante de Antonio, la tentación de Octavio sería una buena mujer de frente hundida, nariz larga y puntiaguda, labios finos y mentón afilado, y no el bellezón imaginario que conserva el inconsciente colectivo, lo mismo que el bello Marco Antonio parece que debió ser, en realidad, un mostrenco de ojos hinchados, napia ganchuda y pescuezo todo menos grácil, pues de otro modo no se explica que en su propia ceca le dieran curso legal a la monedita encontrada ahora en la Sociedad de Anticuarios de Newcastle upon Tyne. Una avezada experta que anda por medio en el hallazgo ha sugerido, con femenina perspicacia, que ya era raro que tanto elogio como fue escrito sobre aquella mujer memorable no incluyera jamás una alusión a su belleza física, mientras que casi todos ellos hablan del atractivo y persuasión de su voz, lo cual compruebo que es verdad esta mañana templada de febrero en que la luz atenuada que filtran mis visillos me permiten leer, entre devoto y desconcertado, la leyenda de la monedita: “Cleopatrae Reginae regum filiorumque regum”, Cleo, reina de los reyes y de los hijos de los reyes. Ya no se puede uno fiar ni de Shakespeare. Ni por supuesto, del cine.

33 Comentarios

  1. No olvidemos un par de cosas. Que César, epiléptico y con el tarro algo desbaratado, era ‘el marido de todas las mujeres’ -debía tener buen rollito-, pero también ‘la mujer de todos los maridos’. Que hacía -debía hacer- a pelo y a pluma. Tal vez con las mujeres se limitaba a ser una buena amiga y con los hombres se ponía mirando a la Meca. Oigg, lo que he dicho. Páter, écheme un garabatillo, por fa.

    Otra. Que la doña Cleo podía ser una fea de esas que al ratejo de conversa se tiene a los hombres en el bote. Que si una sonrisita, que si un gesto picaruelo, un seno que se descubre sin querer, unos ojitos de comerse al contrario… La suerte de la fea, la bonita la desea. (Una servidora misma, que no es ningún bellezón, hacía asín con la puntita del pie y me salían siete hombres. O siete cucarachas, que ya ni me acuerdo). Aparte lo de que, como la mushasha tenía sus posibles, ya gozaría de los victoriosyluquinos de su época para que la pusieran fashion total.

  2. Ah, que no había repasado los últimos comments de anoche. Alguien me coloca en el pelotón abstemio para mañana. Cómo les diría que hoy es jornada de reflexión y en ello estoy.

    Cinco opciones: no votar, votar en blanco, votar nulo, votar NO y votar sí. Descartando la última, esta noche la almohada me dará el último empujoncillo.

  3. Creo, como Epi que la seducción femenina da mucho de sí “en vivo y en directo”: la voz, la mirada, los gestos, la forma de estar y de moverse, la inteligencia y “el fashion” con los atuendos y los mejunjes de la época.

    Hay mujeres que son más bien feas y tienen un gran atractivo y al revés. Un ejemplo: a mi maridito la Norma Duval jamás le ha gustado, hasta le ha parecido fea. Yo, la verdad que nunca lo he entendido en esto, pero…

    NO VOTES, Epi, NO VAYAS, que eso es lo que quieren: Mucha participación. Tengo noticias por ahí, que sólo lo hará un 36%, ¡ojala fuera así! Sería la primera vez que Andalucía se le notara algo de seriedad, fuera de los consejos del PSOE.
    La primera vez que lo hizo con el artículo de la Constitución 151, con Suárez, el PSOE a nivel nacional, –sin ganas, y viéndosele el plumero- se apuntó al carro a última hora, porque predijo la catástrofe ¡Qué listo fue, qué lástima! Aunque no sabemos lo que hubiera pasado con el resultado de aquel referéndum si el psoe hubiera optado por el 146.

  4. Pero ¿qué tiene que meditar, doña Epi, no ve que todo esto es un montaje de Chaves al que se han adherido sus «socios» eventuales forzados por sus lógicas? ?Votar sí a ciegas? Eso es impropio de usted, querida, y de culaquier ciudadano con sentido de la responsabilidad. Hay varios políticos que ya lo han dicho: voten y a casa, lo de pensar déjenoslo a nosotros. ¿No tienen bastante?

  5. Oigan, mi don Roge, mi querida y tierna doña Ateli, que ya el hecho de reflexionar tiene su mérito, no se me amontonen. Servidora es lo bastante mayor como para recordar en vivo y en directo el refrendo franquista del 66, mil novecientos quiero decir, no a. C.

    Veo un coche con altavoz graznando «Dí SI ¡¡a Franco!!». Jopelines, que éste de ahora mismitito quiere decir «Dí SI ar Chave». Como dos gotas de agua. Ni muelta, oiga.

    En aquel de antaño no recuerdo bien cosa que voté. Mi Alzheimer es muy selectivo y juega conmigo al ratón y a la ratona. Ah, sí, ya caigo. Servidora era yogurina y aún no cumplía los 21. Pero tenía ya las jechuras y las circunvoluciones muy en su sitio. Y otras cositas, también.

  6. Preciosa broma sobre doña Cleo, ilustrativa de cómo se forman y mantienen los mitos en la historia y en la mentalidad. Elñ hombre necesita creer que hay bellezas sublimes y héroes invencibles. Sólo el tiempos e encarga de demostrar la vanidad de estas ilusiones. Que no escapan a gente como GM. Gracias.

  7. Pues a mí me ga igual, lo que digan de CLeopatra: yo seguiré pensando que era una tía como hay pocas.Por gusto y tambien porque me conviene: recuerden que el Cesar se portó muy mal con la Galia y mis ancestros.Que se inclinara ante Cleopatra, es como un desquite, así que no me la voy imaginar fea, qué horror! En cambio además ahora sé que tenía mucho encanto, gracia, picante, cultura y sin duda mucho sex appeal.

  8. No creo que en Francia tenga fama de «bellisssima» porque siempre he oido la frase siguiente: «Le nez de Cleopâtre eût-il été plus court , la face du monde en eût été changée»: si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la faz del mundo habría cambiado.
    Divertida columna.

  9. Naturalmente don Griyo, pero antes lo había dicho Pascual, no el de la leche, sino el que pensaba.

  10. Irónico e independiente, veo que don ja no varía su línea ni ante el referéndum que les van a hacer mañana a sus paisanos regionales, que por lo que leo (vean los propios comentarios aquí y en Belmonte) debe de ser terrible.
    La nariz de Cleopatra es famosa, en efecto, pero nadie ha dicho que una nariz grande o alargada, POR SÍ SOLA, afeen a una mujer. Otra cosa es lo que don ja ha visto en ese denario y que él describe concisamente y con gracia. Sobre Antonio tampoco había oído yo cuestionar su físico, pero tenga en cuenta que la numismática, en lo que se refiere a rasgos básicos, constituye una fuente básica para el conocimiento de los personajes representados.

  11. Sobre lo que no parece que quepan dudas es sobre que la reina en cuestión era un pendón verbenero. Creo que es en Suetonio –el jefe sabrá– donde se habla de su estancia en Roma, viviendo aparte de César, intentando mantener su rango y fama, y se habla con distancia. Pero no hay más que tener en cuenta sus relaciones para comprender que debió ser un mito generacional entre aquellos patricios seguramente mucho menos ilustrados que ella.

  12. No me ha gustado, por anacrónico, el comentario homófobo de doña Epi sobre César, a quien Suetonio, ciertamente, pone a caer de un burro sin intención al decir lo que sus contemporáneos (es decir, sus enemigos) decían de él. El jefe explicó un día que era incluso metrosexual pues se la «acusaba» de eliminar el vello de las piernas con una nuez ardiente. Pero así era la sociedad romana, como sabemos por tantos autores como la han estudiado a fondo, que no sólo en Grecia se cocían esas ambiguas habas.

  13. Vean las ventajas de la castidad bien entendida, amados blogueros, y en qué poco quedan las famas en cuanto el tiempo las arrasa y nivela. Personalmente prefiero la leyenda de la reina de Saba, exótica y delicada, capaz de inspirar un poema como el Cantar…, ego me absolvo, o la realidad de Nefertiti, que ahí sí que no hay trampa ni cartón.
    Jefe, ¡qué día le aguarda mañana! Porque yo no me creo su distanciamiento y me imagino que seguirá muy de cerca ese acontecimiento que, para bien o para mal, se producirá mañana en su región. Que haya suerte, qué digo, que la Providencia disponga lo mejor para los andaluces… y andaluzas.

  14. No puede uno fiarse de la belleza nunca, ni siquiera de la presente. Me gustaría ver a la Preisler recién levantada… Claro que siempre habrá un abismo entre una Preisler y una Belén Esteban, lo que nos dice mucho sobre la condición clasista de la belleza misma. No me diga que no le he puesto el tema en bandeja, don anfi, con lo que a usted le gusta esa marxistología de los condicionamientos sociales de casi todo…

  15. Me gusta descubrir estos engaños históricos. Instruye mucho sobre la realidad de lo pasado, no porque el tamaño de una nariz o de una papada tenga importancia, sino porque aclara que igual que se puede manejar la imagen de una diva o de un héroes se puede construir la leyenda política. Y es importante porque tendemos a quedarnos con esas imágenes superficiales olvidando las de fondo. No sé si se me nota mucho que estoy pensando en mi propia leyenda patria, en la que también sería bueno descubrir monedas viejas que nos revelen la realidad de muchas fealdades que se nos han vendido como bellezas.

  16. El señor historiador no entiende cuando se habla con desenfado.¿O es que siempre hay que ir serio por a vida?

  17. Creo que ja podría haber concretado que el propio Plutarco, fuente desde luego de Shakespeare, tenía sus graves sospechas sobre el tema de la belleza de la dama, pues dice si no recuerdo mal que esa belleza debía de ser algo «interior» (disculpen, no tengo a mano el texto). Me ha gustado mucho el desparpajo con que la columna califica de «prerromántico» a Shakespeare, por cierto, dado que hay mucho «clasificador» por ahí y algiuno puede tratar de darle un tirón de orejas al columnista. Si eso ocurriera no tengo la menor duda de que éste sabría que contetar porque lo que ha escrito no lo ha escrito al bune tuntún sino sabiendo lo que significa, y yo comparto.

  18. Por si alguien siente curiosidad, lo de la nariz lo diec Pascal en sus «Pensées» pero ha habido más de uno que ha echado su cuarto a espadas sobre ese tema tan banal.

  19. Es posible, más que posible, que estosm mitos sean una necesidad de la historia y no sólo una licencia de los que la escriben o la transmiten, pero también es una gran lección descubrir la falacia, demostrar que se puede dar culto de siglos a mentiras colosales. En este sentido, una vez más, veo bajo la anécdota de la columna de hoy otra interesante sugerencia para la reflexión.
    Me admira la capacidad de jagm para alegrarnos la vida y sobre todo sus narices para no sucumbir y acabar escribiendo del juicio dichoso, del que no va a sacarse en claro sino cuatro cabos sueltos.

  20. A usted, sr. gomez marin, parece que nada la satisface, que nada lo contenta, qué lástima tan grande. Hasta con Cleopatra la toma usted, buen hombre, con tal d ellevar la contraria. Sé que me expongo a las iras de sus amigos pero ahí le dejo el recadito.

  21. Una vez ja y un servidor hablamos del tema –de Pascal y Port-Royal, del jansenismo de Pierre Nicole– y salió el tema de la nariz, no se si lo recordará nuestro amigo, que entonces me ilustró sobre otra figura femenina memorable, la de la famosa aristócrata que protegió a los jansenistas y cuya muerte provocó poco menos que la huida de los pascalianos. No se hagan ilusiones: este tío apunta siempre en serio y tira con bala, incluso cuando –quizá entonces más que nunca– habla en broma o trata temas aparentemente anecdóticos o banales. Por lo demás, lo que él diga de los historiadores romanos va a misa, puedo asegurárselo a ustedes, porque más de una vez he recurrido a él con dudas sobre Tácito, éste o aquel, y me ha sacado de dudas sin levantarse siquiera del sillón. Sé que no le gustan estos comentarios, pero si acabo de leer a un caballero tan impertinente como don Bertoldo (y he debido hacerme violencia para no apearle el tratamiento) me parece que estoy justificado.

  22. Lo único que me suena hoy es lo de Asterix que ha scado don Griyo, un tío fenómeno. Pero lo de la Cleopatra se lo voy a largar como si fuera cosa mía a la de Historia, que va a flipar seguro cuando me enrolle.

  23. Divertida e interesante, culta como siempre. Hay mucho debajo de la broma, como ya se dijo anteriormente. ¡Y encima hoy no aparece el Abate Marchena por aquí! Debemos estar viviendo, más que un día de reflexión andaluza, uno de esos que Plutarco llamaba «dias faustos».

  24. Bueno, querido, debo recordarle que algunas feitas ya tuvo en su repertorio, si la memoria no me traiciona, y conste que me excluyo. Ha sido duro con la bella Cleo, a la que yo imaginé siempre como Liz Taylor, ni qué decir tengo, igual que a Antonio lo pienso como Richard Burton. Muá.

  25. Apúntese un diez por el, remate. «Ya no se puede uno fiar ni de Shakespeare. Ni por supuesto, del cine». Que usted lo vote (o deje de votarlo) bien, querido amigo y no le haga caso a ese imbécil de Bertoldo.

  26. Bertoldo, Sociata, Marco Trebonio… ¿No será el mismo? Lo sea o no, van a lo mismo y nunca comprenderé ese afán –¡¡¡anónimo, encima!!!– de mostrarse desagradable con quien está en su rincón sin llamar a nadie. Tiene usted una legión de potenciales enemigos, don gm, que no le perdonan el uso de la sindéresis, que se salga del carril y vaya por libre. Como alguien tiene que agradecérselo, ahí va mi mano.

  27. Leo en Belmonte comentarios que cuestionan el referéndum de mañana domingo. Una razón más para valorar el sentido del humor y la distancia con que miras la mediocridad ambiente. Lo que me llega hasta aquí de ese referéndum es lamentable; el texto que me enviaste, un horror y no sólo sintáctico o léxico, como me decías, sino también en su contenido evidentemente «embutido» como un chorizo más. Sigue con tus «anécdotas» y deja que crean que lo son.

  28. Hoy Cleo se hubiera hecho un arreglito de esos del «listin» o del «boto», y podrían haberla dejado como a la duquesa de Alba, la pobre, que parece que la han embalsamado viva. Los afeites de entonces –sobre lo que sabemos bastante– eran mucho menos agresivos porque el hombre aún no se había demenciado hacia el prometeísmo. Mi Sra. y yo llevano nuestra digna decadencia con orgullosa resignación y apoyada en la memoria del esplendor.

  29. No deja títere con cabeza, Hijo Predilecto, es usted un monstruo y sabe más que Briján, que por cierto, ¿podría explicrnos un día quién era ese Briján?
    Ni que decir tiene que mañana me iré a la playa tempranito para no coger atascos y no volveré hasta que hayan pasado los mismos. ¿Tengo yo la culpa de verme en la abstención?

  30. 21:44
    Le aseguro, don Auténtico, que Trebonio no tiene nada que ver con los dos mentecatos con los que lo compara.
    Lo sé porque la polémica que tuve con él durante casi toda su presencia en el blog me hacía leerlo con la máxima atención. Trebonio tampoco era un ignorante.

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