Escucho a una experta por la radio. Cuenta que cuando explicaba a unos niños que la Luna gira alrededor de la Tierra y que ésta lo hace alrededor del Sol, uno de ellos le lanzó el dardo de la inocencia: “Y entonces, Seño, el Sol alrededor de quién gira”. Confiesa que no sin incomodidad les ha explicado que el Sol, como todas las estrellas de nuestra galaxia, giran en una milenaria danza astral, alrededor de un gigantesco agujero negro que va engulléndola poco a poco –es un decir—sin que nadie tenga idea ni repajolera idea de qué es lo que sucede tras su “horizonte de sucesos”. Los niños tienen una robusta curiosidad comparados con los adolescentes y, por supuesto, con los jóvenes recién barbados, quienes, por lo visto, pierden ese interés por el enigma que secretamente arrastra la imaginación infantil. ¿Por qué el hombre nace curioso y, salvo raras excepciones, pierde luego la curiosidad, sustituida acaso por un pragmatismo que tal vez ya no le abandone nunca? No lo sabemos, pero así es y mucho me temo que irá a peor a medida que destruyamos la inocencia feliz e inquisitiva a base de esos milagros electrónicos que la santa infancia aprende a manejar mejor que nadie por el simple pero científico procedimiento de “prueba y error”. Según los expertos, la zanja que separa las primeras etapas de la vida es ya casi insalvable pero también es seguro que irá ensanchándose con el tiempo.
Sospecho que la futura pedagogía deberá introducirse en esos trebejos electrónicos si quiere aprovechar el vertiginoso progreso tecnológico que, sin darnos cuenta apenas, nos lleva en volandas. Nada explica mejor la entidad y vida de una célula, pongo por caso, que un diseño visual adecuado, en el que el neófito “vea” lo que tiene que “entender”, pues ya Heisenberg demostró en su día que nuestro cerebro requiere –tal que en la caverna platónica– “ver para entender” aunque sea por sombras: sólo somos capaces de comprender lo que es visualizable, lo que la imaginación sea capaz de proyectar en la pantalla primitiva de nuestro cine interior. ¿Pero por qué perdemos tan pronto la curiosidad, origen del conocimiento, si dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo? Tengo entendido que no se sabe y, pensándolo bien, a ver qué más da mientras la tentación lúdica se obceque en el pasatiempo en lugar de mostrar tanto motivo apasionante como hay dentro y fuera de nosotros. Quizá habría que prolongar la inocencia en vez de cambiar el plan de estudios.

4 Comentarios

  1. Es verdad, los más pequeños son más curiosos. ¿Por qué será? Pienso que el Sistema ése de que habla don jagm sabe como manipular incluso entre las neuronas.

  2. Un fenómeno interesante que me temo que se agrave con la invasión de juguetes electrónicos, teléfonos y demás. No hay duda de que este fenómeno provocará un empobrecimiento de la imaginación y es posible que también condicione la inteligencia si no se introducen medidas para su aprovechamiento.

  3. Esa cuestión se conoce hace mucho tiempo, aunque no dudo de que actualmente se ha desbordado la oferta de «entretenimiento» infantil y adolescente, mermando muy en serio la curiosidad que con razón lamenta el autor de la columna. Lo malo es que cuando la curiosidad decrece, decrece también la capacidad de aprendizaje en general, lo que equivale a pronosticar que nos dirigimos hacia tiempos aún más preocupantes desde el punto de vista de la enseñanza y de la cultura.

  4. Las nuevas tecnologías en su versión entretenimiento infinito y a demanda van dejando tras ellas un paisaje desolador. No es un fenómeno nuevo y a la isla de los juegos de Pinocho me remito, no más. Y si no recuerdo mal, la chiquillería que visitaba el espacio de siempre jugar que imaginó Collodi acababa convertida en burricie.

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