Una vez más, en esta ocasión con motivo de la participación en los Juegos Olímpicos de países considerados “islamistas sanguinarios”, dos mujeres han mostrado ante el Ayuntamiento de Londres sus cuerpos desnudos sobre cuya piel rezaban consignas protestatarias. Desde que la Humanidad perdió su cándida inocencia, el cuerpo, en especial el femenino, ha sido siempre un tabú insuperable que hasta el mismo siglo XIX no permitía con frecuencia su exhibición ni siquiera para facilitar el reconocimiento médico y, probablemente, por efecto-rebote de esa misma manía en todas las épocas, las tapadas han tendido a exhibir su cuerpo valiéndose de ese instrumento decisivo que es la moda. En nuestra crítica actualidad, sin embargo, la exhibición del cuerpo no tiene ya nada de “sagrado”, como en las Olimpiadas clásicas, ni de “natural” con en el estatuaria grecolatina o en la pintura posterior, sino que se ha convertido en un arma de lucha cívico-política en línea con la leyenda de Lady Godiva, ampliando la demostración tanto en directo como en diferido. En Hollywood Boulevard o en la Gran Vía, en la Plaza de Cataluña o en la Puerta del Sol, hemos presenciado esas demostraciones luego difundidas por todos los medios y en contra de las cuales la autoridad viene demostrando siempre una no poco ingenua intolerancia. Bomberos o futbolistas, parados y otros colectivos recurren con frecuencia a ese expediente que, insisto, no entiendo por qué inflama tanto a una autoridad cuya acción represiva es, muy posiblemente, el mayor estímulo para los exhibicionistas.
 
Lean la fenomenal “Historia del cuerpo” coordinada por Alain Corbin para descubrir cómo ha evolucionado la idea del cuerpo a través de los tiempos, o comprueben en el mismo Platón que la cultura antigua consideraba que la excelencia del cuerpo (“soma”) era inseparable de la distinción ética. Fueron las religiones, como agentes civilizadores, las que ocultaron el cuerpo a la vista instalándolo en el tabú, en algunos casos, hasta límites intolerables. Y acaso es la secularización galopante de la postmodernidad el fundamento de la actual tendencia al desnudo que se reclama como un derecho o se muestra como un arma. Una sobrina del cardenal Rouco posó desnuda en Interviú, según ella, para denunciar la “doble moral” de su tío, y Lola Flores hizo lo propio por falta de liquidez. Quizá el desnudo se desnaturalizado doblemente al convertirlo en un instrumento de la tensión social.

4 Comentarios

  1. Curiosa coincidencia: llevo unos días admirando la sencillez e inocencia de Dafnis y Cloe (traducido por J. Valera) y aparece nuestro anfitrion con esta certera entrada.
    Saludos cordiales.

  2. Lo de Longo es una idealización, lo del los JJOO, actualmente, un puro negocio. Fabuloso, según dicen. El cuerpo no ha sido nunca menos respetado que hoy a pesar del espejismo libertario.

  3. El desnudo es una reivindicación como réplica a las imposiciones. No hay que olvidar que el tabú del cuerpo, “sobre todo del femenino”, responde a una imposición patriarcalista. Otra cosa –y en esto estoy plenamente de acuerdo con jagm– es que la exhibición misma no hace sino “objetualizar” el cuerpo mismo. El desnudo era natural (sagrado en cierto sentido) hasta que dejó de serlo.

  4. No entiendo ese feminismo que enseña su cuerpo como si revelara un misterio y como si fuera un argumento. El exhibicionismo latente: ésa es la gran cuestión, por qué la mujer tiene esa inclunación na mostrar el cuerpo. ¿Quizá porque el varón lo prohibe?

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