Hay en este momento en Venecia dos polémicas furibundas. Ha provocado una la ocurrencia del síndico Cacciari de organizar en la Plaza de San Marcos un concierto de David Gilmour para lo cual, y a pesar de las tímidas manchas de “acqua alta” que, entre palomas y japoneses, asoman aquí y allá por el pavimento, ha habido que montar un tiberio de focos y bafles que han dejado hecho unos zorros al “mas bello salón del mundo”. El otro debate gira en torno al pretendido hallazgo de algún sabio de que los restos del apóstol Marco, cuyo león evangélico nos contempla hace siglos desde su alta columna, y que se supone que yacen en el grandioso templo, no serían tales sino los de Alejandro Magno que los aventureros venecianos habrían afanado, por error,  en Alejandría cuando el viaje famoso. Ni que decir tiene que a las primeras de cambio, se han disparado todas las alarmas y cargado con bala todos los trabucos mitográficos, confundidos hasta el sofoco los unos con un notición que echa por tierra la leyenda áurea, encantados los otros con la posibilidad de dar por fin con la huesa de aquel doncel que se creyó completamente en serio que era hijo de Amón Ra. Poco me ha aclarado la contemplación en la Galería de la Academia de aquel robo tal como lo imaginó Tintoretto, pero del treno del kioskero y de la temperatura de las proclamas cívicas deduzco que si el sabio no da marcha atrás aquí vamos a ver pronto nuevas inquisiciones. No se puede echar por tierra toda una historia legendaria como quien de un papirotazo derriba un monigote insignificante y menos sustraerle a una nación la médula mítica de la que ha vivido siglo tras siglo. El culto a los muertos está en el origen de todas las religiones, como sabemos, pero en la actualidad da qué pensar el hecho de que se esté convirtiendo en una auténtica moda.
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Hace bien poco han sido los huesos de Colón conservados en Sevilla los investigados para determinar su autenticidad y nadie puede garantizar que cualquier día no nos levantemos con la nueva de la indagatoria del patrón Santiago que tan poco crédito le merecía al maestro don Américo Castro en el precioso librillo que le dedicó. Aquí mismo, en Venecia, alguien me dice que habría que proceder sin demora a probar por medio del carbono 14 la distancia que separa a un presunto habitante del siglo I de alguien que, como Alejandro, vivió a varias centurias de distancia. Pero también me dicen muy cuerdamente que entrar en ese juego sería poner en danza demasiadas certezas y colocar en el alero las más graves tradiciones. No creo que en Sevilla, por ejemplo, se hubiera hundido el mundo si llega a descubrirse que los restos colombinos del mausoleo de su catedral fueran, en realidad, apócrifos, pero mucho me temo que una ciudad que ha desafiado la ley de la gravedad y resistido impertérrita durante siglos el embate de las aguas no soportara el cambio del primer evangelista por el del emperador. La vida de los hombres se nutre de sustancia mítica en grado muy superior al que solemos imaginar, lo que quiere decir que la historia, y con ella la propia vida, se vendría abajo sin remedio de arrebatársele sus andaderas mitográficas. Venecia, mismamente, podrá sobrevivir a David Gilmour como sobrevivió tantas veces a la peste, pero dudo que resistiera esa orfandad mítica que supone la pérdida del patrón por el que juraban los dogos y al que se encomendaban las suripantas del Aretino. Tiene mucho peligro manipular la muerte, escarbar en el tiempo sin saber qué puede uno encontrarse a la vuelta de la esquina. Castro mismo hubo de resignarse a que las evidencias de su trabajo, que eran no poco contundentes, pasaran inadvertidas camino de ninguna parte. Le he echado una ojeada al león marciano y me ha parecido como si la grotesca ferocidad heráldica se tiñera, a su modo, de una inefable ironía.

3 Comentarios

  1. No creo que eso importe demasiado en estos tiempos. La gente no descontrola su identidad y sus tradiciones por saber que no es el tal el que creían enterrado en una ciudad donde su cultura y sus inmigrantes turísticos rondan a su alrededor.

    Todo el mundo sabe que la venida del apóstol Santiago a las tierras hispanas es pura leyenda, realizada desde el poder en la época de las cruzadas para sacar dinero y prestigio, y siguen haciendo el camino de Santiago cada vez más peregrinos. Porque no es el que esté allí enterrado lo que les alientan a hacerlo, es un reto personal.

    Igual en Italia, ¿tú crees que se derrumbará el deleite de la imaginación paradisíaca de Venecia porque se sepa que en su catedral no está el apóstol San Marcos, sino Alejandro, el gran Magno? Aunque estuviera Periquito el de los Palotes, no cambiaría en nada el amor de los italianos por su ciudad ni la avalancha de turistas.
    Las personas mantienen sus mitos donde deben estar, en la historia de su Patria y nada más. No creo, ni por un momento, que se arruina una sociedad, culturalmente bien construida, por el cambio de un cadáver.

    ¡Si no se desmorona ni por el paso de un Aznar o un Zapatero!…

    Los humanos somos fuertes en los lazos culturales. Lo malo son las guerras, esas sí que destrozan todo lo que tocan.

  2. “…colocar en el alero las más graves tradiciones.” Gracias a la tradición, o eso dicen, se mantiene Juanito el Fratricida y toda la orla, cada vez mayor, que jama del presupuesto. La misma tradición que hace que los alcaldes sociatas presidan procesiones religiosas o se diga misa en los actos castrenses.

    Tal vez una de las metas de nuestra impía época sea derribar tanto mito de que vive tanto cuentista. A ver.

  3. 00:27
    ¡Qué más da!

    Sabemos que la Sábana Santa no pasó la prueba del carbono 14. Y qué.
    Sabemos que la Dama de Elche fue una broma de un desconocido.
    Sabemos que los restos de Colón yacen en tres o cuatro sitios.
    Sabemos que si se reunieran todas las reliquias de la Vera Cruz se podría construir con ellas toda una carabela de tamaño natural.

    Viajando por Cantabria me enteré que Beato de Liébana dedujo, no sé por qué fuentes, que la sepultura de Santiago estaría en Galicia y también me enteré poco después que el mismo Beato de Liébana era quien la había descubierto. Curioso ¿No?

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