Nadie duda del éxito de la experiencia china, es decir, del mantenimiento de un mercado ampliamente liberalizado y capitalista en el seno del régimen comunista clásico. Un milagro y una paradoja que, en todo caso, parece inevitable que en el plazo de dos años como máximo desbanque al Japón en el ránking internacional y consiga con su economía constituirse en segunda potencia del planeta, mordiéndole ya los talones a los EEUU. Sabemos poco sobre las circunstancias en que ese crecimiento desenfrenado (un 10 por ciento previsto para el año presente, en línea con los resultados anteriores y con los previsibles en un país que no ha sido afectado por la crisis) pero a las muchas denuncias sobre el estado en que viven vastas poblaciones semiocultas en el interior ha venido a juntase el efecto de las imprevistas huelgas de la primavera pasada cuyo objetivo principal era la derogación de la norma que mantenía congelado el salario mínimo desde hace dos años en cifras minúsculas. ¿Qué cifras? Pues para que se hagan una idea, ahí van algunas: desde el equivalente en yuans que suponen los estelares 129 dólares de media mensual que cobra un trabajador en Shanghai, a los 85 que perciben sus colegas de Quinghai, pasando por los 111 establecidos en Pekín, en los tres casos después de haberse elevado sustancialmente el dichoso salario mínimo. No sabemos si un crecimiento desbocado como el que lleva la economía de ese hormiguero acabará haciendo explotar bajo el inmenso caso la bomba de la inflación, pero hay datos que nos dejan sin aliento por más que esté uno hecho a carros y carretas, por ejemplo, el de que no esté prevista ninguna posible reducción del PIB, que la enseñanza tradicional esté supeditando la escritura ideográfica a los alfabetos occidentales o que en las librerías aparezcan con frecuencia creciente ediciones en mandarín en Hayes o Von Mises. Muchos hablan con inocencia del milagro chino, como si ese prodigio no fuera con todos nosotros.

 

La paradoja china (el éxito rotundo del comunismo capitalista) ha derribado los idearios propios y ajenos pero con la condición de eliminar de raíz cualquier aspiración humanista. Consiste básicamente en un sistema de explotación liberado de cualquier condicionamiento ético o límite legal, es decir, en lo que siempre fue el ideal inconcluso de la ferocidad occidental. Y el problema es que en sus planes está ya declaradamente exportar su “revolución involutiva”, actualizando a los teóricos de poniente y aprendiendo sus lenguas. En el China Daily veo saludar a estos retoques salariales como a un signo de participación equitativa. La fantasía de la explotación no tiene, evidentemente, límites.

3 Comentarios

  1. Los Chinos no tienen en absoluto la misma visión del hombre que nosotros. y eso va a acarrear tremendos disgustos. El peligro chino es bien real. Ellos se encargarán en ponernos todos de acuerdo explotándonos despiadadamente. y sino abservad como hacen en Africa.
    Un beso a todos.

  2. Estoy de acuerdo con Dª Marta en que la visión del hombre, y por consiguiente de la economía política, es muy distinta en Oriente de la que se ha desarrollado en Occidente desde el siglo VIII a.C. en adelante, dónde, por una serie de circunstancias imprevistas, surgió en la costa occidental turca y el centro-sur de la griega la posibilidad de desarrollar el individualismo sobre bases casi totalmente nuevas. La manía de estudiar sin embargo la cultura desde esta última perspectiva ha hecho incomprensible en general la posibilidad de estudiar el desarrollo de la economía en esa mayor parte del mundo donde el modelo de mercado libre que conocemos era relativamente escaso. Cuando se hace, sin embargo, se puede contemplar la evolución desde el estatismo al individualismo, sin llegar nunca a nuestros parámetros. Se tiende a ignorar, por ejemplo, que Darío I (el creador de ese gran imperio que luego conquistó en bloque Alejandro III Magno de Macedonia en el siglo IV a.C.) emitió moneda de curso legal casi al mismo tiempo en que comenzó a hacerlo Atenas. Y viceversa, se tiende también a ignorar que el Imperio Romano se fue egiptizando progresivamente, sobre todo desde que el sistema basado en la moneda metálica se hundió desde fines del siglo II d.n.e. Luego el reflujo se produjo, sobre todo a partir de la Baja Edad Media, expandiéndose el liberalismo de forma progresiva , hasta ahora que parece dar comienzo un nuevo siglo. Es la ventaja que tiene historiar (o sea, investigar) el pasado: sólo sabiendo de dónde se viene se puede vislumbrar hacia adónde se va. Y tal vez por eso, también, los dirigentes prefieran que el pueblo no historíe: puede resultarles peligroso. Prefieren vender un futuro sin pasado, que les resulta mucho más cómodo.

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