Más allá de los comentarios de rigor, cualquiera de las odiseas futboleras de la semana ha sido mucho más aireada en los medios y en la opinión pública que el caso insólito de un presidente del Gobierno que acaba de renunciar a su legítimo y suculento retiro (70.000 euros anuales, puesto en el Consejo de Estado, despacho y secretaría perpetuos…) para reincorporarse sin complejos al Registro Civil cuya plaza ganó en propiedad en plena juventud. Es verdad que sobran noticiones cuando a un yerno del Rey, al ex-presidente de una autonomía o al hijo de un “Molt Honorable” les cierran por fuera las puertas de sus respectivas celdas, por no hablar del peso mediático de las pifias de De Gea, del mal momento de Neymar o de la odisea del “Aquarius”, pero aun así, en un país en el que ya se aprietan los áureos pensionados procedentes del Poder, la buena nueva de que hay un hombre público que entró en la Política con la vida resuelta y resueltamente sale de ella rechazando el pingüe aguinaldo, sería lógico, en mi opinión, que hubiera merecido una atención más solícita.
Tardaremos en entender que acaso la enfermedad congénita de esta democracia acosada no sea otra que el amateurismo de sus biempagados protagonistas, en su inmensa mayoría criaturas de partido sin mejor bagaje, a los que alegremente se les confía en la administración de lo Público responsabilidades que ni por asomo les serían encomendadas en la empresa privada. ¡Todo un Presidente acudiendo a trabajar cada mañana a su oficina pública en lugar de solearse en el balneario sufragado a escote por los sufridos contribuyentes! Seguramente acabamos de desperdiciar una ocasión memorable de dignidad profesional y política que debería contrastar más si cabe en medio del oscuro panorama que los españoles contemplamos hoy con un estoicismo digno de mejor causa.
¿Se imaginan una nueva política en la que sus manijeros tuvieran cubiertas las espaldas hasta el punto de poder renunciar al chollo del retiro que los políticos se conceden a sí mismos? Por no señalar no les propongo que repasen la lista de nuestros políticos “pasivos”, en su inmensa mayoría paniaguados sin mayor título que el carné ni mejor mérito que la protección de un padrino. Muy distinta sería, sin duda, esa democracia con unos políticos que vieran en su actividad un servicio en lugar de una profesión y que, ya puestos, llegaran a ella con la lección aprendida en lugar de estrenarse como pasantes de lujo, pero eso sería, hoy por hoy, hablar de la mar. Ahí tienen, en todo caso, la paradoja de uno que se va sacudiéndose dignamente el imponente chollo tras perder el poder acusado de haber trincado unos presuntos y míseros sobresueldos…

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