No es la primera vez que nos ponemos a considerar el curioso fenómeno que supone al enriquecimiento vertiginoso de los más ricos en la coyuntura de la crisis. Lo hacemos en esta ocasión tras leer en el semanario “Challenges” el informe sobre el crecimiento de las grandes fortunas francesas durante el año pasado. Sostiene ese informe que el crecimiento calculado no ha sido tan alto desde que la revista publica la relación de las 500 grandes fortunas del país, concluyendo que una décima parte de la riqueza del país está actualmente en manos de una fracción cienmilésima de la población, un dato especialmente llamativo si se considera el peso de la crisis tanto en el mercado laboral como en la vida de las empresas y el hecho notable de que cincuenta y cinco de esos quinientos afortunados son milmillonarios, cifra que supone un diez por ciento superior al registrado en el ejercicio anterior. Un caso elocuente es el del primer clasificado en ese ránking, Xavier Niel, que habiendo entrado en él en 2003 con ochenta millones de euros ha visto multiplicada su fortuna durante la crisis nada menos que por setenta. La crisis no va con un vasto sector de los ricos a cuyos negocios no afecta la epidemia general sino todo lo contrario, y ése es un dato que debería hacer reflexionar sobre la naturaleza del fenómeno, más allá de la obviedad de que, en tiempos de ruina general, quienes disponen de dinero ven abrirse a su alrededor un fastuoso panorama de negocios en el que prosperar justamente a costa de los arruinados. La relación que ofrece “Challenges” es estupenda y permite ver al desnudo la paradoja del oportunismo capitalista de paso que descubre la sumisión de la economía de mercado al gran dinero. No es que la crisis no afecta a los muy ricos sino que constituye para ellos una oportunidad de oro.

Va a ser difícil mantener tras estos estragos la tesis para ingenuos con que el neoliberalismo ha logrado hasta ahora convencer a la mayoría de que la crisis no es sino el efecto perverso de una mala autogestión de la sociedad, cuyas capas medias e inferiores habrían vivido por encima de sus posibilidades hasta provocar la catástrofe. Lo que se vislumbra ya es más bien que incluso la crisis es una situación controlada y administrada por el gran capital que no sólo resulta ganancioso en tiempos de vacas gordas sino que se enriquece aún más con las flacas. Cuando una gana un duro, otro lo pierde. ¿Será cierto ese adagio que alguna vez oí en la Bolsa?

1 Comentario

  1. Decía mi abuelo, que conoció ambas repúblicas: “En cualquier mala feria, se hace rico un gitano”. Estos egiptanos(*) llegaban a un pueblo mísero con dos mulos pencos para carne por los que habían pagado veinte reales. Había feria: un aguaducho con un barrilillo de vino y unos zíngaros que hacían títeres. Si conseguían vender los mulos por cincuenta reales hacían negocio redondo y se ahorraban el viaje al matadero. En un pueblo rico nadie se los habría comprado.

    *.- Parece ser que en realidad procedían del Indostán.

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