En medio de este baile de millones que se pierden, se roban o se reparten, la actualidad de la crisis revela ahora la situación de los niños en medio de esa ingobernable galerna. En un informe de Unicef sobre “La infancia en España. El impacto de la crisis en los niños” acabamos de enterarnos que, salvo Rumanía y Bulgaria, somos el país que tiene en estos momentos más niños pobres como consecuencia del fracaso de las economías familiares. Nada menos que un 13’7 por ciento de los niños españoles es “muy pobre”, resultado muy lógico en un país en el que existen más de 700.000 familias sin ningún empleo entre sus miembros adultos y en el que los hogares que deben sobrevivir con un solo sueldo está muy por encima de la media europea y deben soportar, por si fuera poco, el peso de los “recortes” en materia de ayuda social. El Defensor del Pueblo de Andalucía, por su parte, acaba de detectar en su informe anual que, entre esos niños que son considerablemente más pobres desde hace unos años, prolifera más que apunta un nuevo tipo de niño maltratador que arranca psíquicamente de su incapacidad de asumir la bajada del nivel de vida impuesto por la crisis y, en consecuencia, de renunciar a ciertos lujos hoy imposibles de mantener. La pobreza infantil, sobre la que ya escribieron nuestros críticos del siglo XVII, no es hoy –en realidad no lo ha sido nunca– un fenómeno exótico, una realidad lamentable pero lejana, que simbolizaban de manera tosca aquellas huchas labradas como cabezas infantiles de otras razas tan propias de la antigua celebración del Domund en la que los niños satisfechos escenificaban por un día la liturgia de la solidaridad, y ni siquiera falta en nuestro propio suelo ese arquetipo del niño-esclavo que solemos imaginar ajeno a nuestro Primer Mundo. Sostiene Unicef que el nivel de la pobreza ha descendido unos mil euros y que los necesitados lo son cada día más, sobreviviendo como okupas de su propia miseria. Quienes ignoran esta realidad desde la trastienda de la crisis no tiene perdón.

La maravilla del caso es que nuestros niños pobres, a diferencia de esos infelices forzados a trabajar en minas, a prostituirse o a sobrevivir rapiñando en el basural, no se ven, sino que vivaquean en la penumbra de una sociedad que sigue siendo opulenta a pesar del cataclismo que soporta, raterillos murillescos que actúan de pícaros bien cerca de nosotros pero sin dejar rastro para que no se desvirtúe la culpa del adulto. Alguna vez le leí a Péguy que el mundo será juzgado por los niños, por el espíritu de la infancia. A este paso no le van a faltar cargos con que abrumarnos.

4 Comentarios

  1. Gran tragedia la de los niños pobres, cada día más pobres, y gran desgracia que Cáritas se vea forzada por el pago del IBI que quieren imponer a la Iglesia, a cerrar sus comedores y aminorar su asistencia.

  2. La frase del autor “raterillos murillescos que actúan de pícaros bien cerca de nosotros pero sin dejar rastro para que no se desvirtúe la culpa del adulto” da, a mi entender, claves a quien busque respuestas a la pobreza.

    Traída por los pelos, pero me recuerda la estrofa final del poema El Niño Yuntero:

    “Que salga del corazón
    de los hombres jornaleros,
    que antes de ser hombres son
    y han sido niños yunteros.”

    Sdos.

  3. Viejos y niños, víctimas del Sistema. ¿Quién habló del “paraíso infantil”? Debía estar pensando en algún infantito.

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