Entre las muchas voces de alarma que se han dejado oír denunciando el impacto de la crisis económica sobre la vida laboral y, más concretamente, sobre su relación con el incremento de suicidios entre la población trabajadora, ningún caso como el que desde hace tres años y medio se registra en las plantillas de la multinacional France Télécom, cuyo balance arroja ya 82 suicidios consumados desde 2007, es decir, casi treinta por año desde que el seísmo financiero se dejó sentir. Esta misma semana, la propia compañía, ha reconocido, por boca de su director general, la condición de accidente de trabajo a la última de esas tragedias, a saber, la provocada el 14 de Julio –fiesta nacional, no hará falta resaltar el simbolismo—por un trabajador que se preocupó de dejar claramente consignadas las tristes razones de su decisión, entre las que incluía unas agobiantes condiciones de trabajo. Este caso notorio ha abierto un capítulo importante en psicosociología del trabajo, demostrando, entre otras cosas, que de las dos categorías de trabajadores de la empresa, los funcionarios y los contratados, ha sido en  los primeros, tradicionalmente considerados como sujetos a mejor trato y condiciones más benévolas, en los que la crisis ha producido mayores quebrantos y, en consecuencia, un mayor número de fatales decisiones, tras la entrada en vigor de las medidas críticas adoptadas. Donde no ha habido suicidio alguno ha sido, ni que decir tiene, en el estamento dirigente, en la banda ejecutiva de condiciones muelle y contratos blindados. Contrariamente a lo que sería lógico, pues, la crisis afecta más los que menos tienen que perder y menos a los que tienen más. Hay un precepto evangélico que, mal entendido, resuena inevitablemente en la conciencia como un trallazo: al que tiene, se le dará hasta la abundancia, y al que no tiene se le quitará hasta lo que no tiene. Quizá lo que está ocurriendo en la actual crisis ayude a comprender su enigmático sentido.

 

Por supuesto, las autoridades sanitarias (y políticas) eluden con exquisito cuidado cualquier dato o referencia al impacto de la crisis sobre la salud. No se dice, aunque es comprobable con facilidad, que tanto el consumo de drogas como el de ansiolíticos y psicótropos en general viene aumentando entre los trabajadores en paralelo al triunfo implacable del liberalismo del Mercado, y ni siquiera una epidemia de suicidios tan espectacular ha logrado implicar al Poder más allá de algún que otro gesto ocasional. Poco vale la vida de un hombre y nada si él mismo la pone en almoneda. Sin duda sería interesante ver cuántas France Télécom hay repartidas y ocultas por el planisferio capitalista.

8 Comentarios

  1. Cuando pase la crisis nadie hará la cuenta de los que se quedaron en el camino. Toda crisis es superable…, ¡por supuesto! La diferencia estriba en que mientras para uno la crisis no es más que un incómodo episodio de su fortuna, para la mayorñia es una catástrofe mayor o menor, y para algonos –ya se ve que no son tan pocos– significa la muerte. Eso es lo que el capitalismo de mercado no dice. Ni sus voceros políticos, claro está.

  2. Comentamos el episodio. Y aún hay que soportar a esos tontos que dicen que la crisis se exagera porqque sólo hay que ver lo llenos que están los bares y los hoteles… No quieren ver, o simplemente no ven cosas como ésta, una epidemia de suicidios ¡entre trabajadores con trabajo asegurado!. Ni quieren acordarse de los millones de parados, de las familias angustiadas, del drama de los jóvenes y de los mayores de 40 años. La crisis se ve cómodamente desde el salón, cuando se puede.

  3. Esta es una historia para no dormir y en cualuiqer caso resulta de lo más extrañoi y, sis e me permite decirlo, inetersante. ¿Puede el stress lastimar tan hondo a las personas? No me cabe duda de que sí, a la vista de los datos, porque de otro modo nop se entendería esta “epidemia” en una sola y gran empresa. Para pensar y cavilar en el sistema de explotación.

  4. Sin ánimo de comparar, ya saben lo que está pasnado con los enseñantes, cuyas depresiones son cuidadosamente ocultadas por las autoridades, que no quieren ni oír hablar de una enfermedad laboral causada sin ninguna duda por las deficiencias reglamentarias. No comparamos pero tampoco debemos olvidar, porque en el fondo son problemas que proceden de un mismo tronco: la explotación y la subestimación del profesional.

  5. (Desde lejos)
    Es un placer conversar con el Caisno desde lejos, muy lejos. Y sobre un tema como el de hoy, tan enigmático, tan sangrante, solo quiero añadir que la crisis va a servir de coartada a mucha gente, a mucho desaprensivo, capaz de jugar con la vida de los trabajadores si lo creen necesario para lograr sus fines. Un temna triste, que retrata con un color fuerte lo que está ocurriendo en blanco y negro en muchos lugares.

  6. Es lástima que no se asome por el Casino tanta gente amiga (¿qué será de doña Epi?), aunque supongo que no dejerá de asomarse a la página. Lo de hoy merece mucho la pena porque es, eso precisamente, un asunto penoso que deja muy a la vista –como ya se ha dicho aquí– la dureza del tinglado explotador. No ya esos ochenta y tantos sino un soplo trabajador que se hubiera suicidado ya sería como para tentarse la ropa. Aunque es verdad que el asunto ha llegado hasta el Gobierno, cero como jago que no ha tenido el tratamiento que requería su gravedad.

  7. Como por consenso mediático no se publican estadísticas sobre los suicidios para evitar la emulación, nadie habla de los producidos entre los más perjudicados que son los de los parados y familiares desesperados.

  8. El suicidio es la única pregunta relevante que se puede hacer un ser humano a lo largo de toda su vida. Enfrentarse al abismo del no ser y dar el paso siguiente. Qué sabe nadie…

    (Mis saludos, querido don Pangly. Dé por segura mi visita diaria. Otra cosa es tener fuerzas para golpear cien teclas).

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