Ha sido garantizar el ministro Solbes que los ahorros de los españoles no corren ni mucho menos el peligro de verse abocados un “corralito” como el argentino, y prender el pánico entre las masas. Me cuenta un amigo bancario que en su empresa ha sido preciso habilitar una especie de unidad de información para atender a los clientes e impositores que al banco acuden en tropel para plantearle sus dudas en medio de esta grave crisis de confianza que parece ser que es el talón de Aquiles de la vorágine que nos azota pero para conjurar la cual nadie tiene remedio. Todo el mundo opina en estos momentos sobre la situación económica y los arcanos de la economía –esa ciencia con tan probada incapacidad de predicción—pero la sensación general es que la gran masa de los opinantes improvisa respuestas y, en cualquier caso, que en absoluto existe una línea de horizonte capaz de tranquilizar a la opinión soliviantada por las incesantes noticias de catástrofes financieras. Naturalmente los bancarios tampoco saben gran cosa de economía de crisis, circunstancia que convierte en mucho más grave la cuestión cuando el cliente llega con la pregunta de si la inversión en bonos del Estado –lo de las “croquetas”, ya saben—es más segura que ninguna otra, o bien acuden con el último hallazgo de la leyenda urbanita: el recurso a la hipoteca en yenes aprovechando que los créditos son mucho más barato en Japón pero sin tener en cuenta que esa revalorización del yen frente al euro, seguramente convertiría la aventura en el cuento de la buena pipa. Hay quien desesperadamente anda reinando en la idea de fortificar su caja fuerte o quien opina que la posibilidad menos mala, ocurra lo que ocurra, debe de ser invertir los ahorros en títulos del Estado alemán, hoy por hoy menos sospechosos de verse en un síncope que los del resto de nuestro entorno, pero no parece que haya otra actitud discreta en el momento presente que aguardar, vigilantes pero pacientes, con una vela puesta Dios y otra al diablo. Los pobres bancarios van de cráneo esta temporada.

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Hay águilas que mantienen su confianza basada en el concepto razonable de que ningún sistema es tan idiota como para hundirse a sí mismo, como lo prueba la general defección relativa de los ultraliberales frente a un Estado intervencionista que constituye la última esperanza, incluso la suya. Lo que se nos cuenta de Sansón no es más que un mito que nos alecciona contra la insensatez, probablemente con la intención de que nadie se deje arrastrar por la pulsión autodestructiva que, como es natural, no es solución para nadie. Pero ahí está el problema de la confianza, la quiebra del sentimiento de seguridad que el Estado debe inspirar al individuo, el desplome del crédito que el ciudadano concede inconscientemente al Estado mientras las cosas van bien y el viento sopla favorable. Una crisis es el resultado de una estafa bien tramada y eso es algo que, si no a las primeras de cambio, desde luego sí a las segundas o a las terceras, las víctimas acaban percibiendo con variable  pero suficiente nitidez. Después de todo, el sistema de mercado no es más que una inmensa red de relaciones garantizadas entre sí, y ésa es la razón por la que en el momento en que esos avales empiecen a mostrarse como papel mojado, se alabee o incuso quiebre el espinazo del gran tiburón. Hemos pasado en demasiado poco tiempo de la ilusión del ciberbanco a la nostalgia del calcetín y, finalmente, la verdad es que las demoledoras imágenes de las caceroladas argentinas están demasiados recientes como para pedirle al personal que conserve la calma y confíe en ese ángel de la guarda que empieza a proyectar sobre su propio descrédito la figura del ángel exterminador. Se recuperará la confianza, seguramente, y volveremos a las andadas, ya lo verán, nuevamente narcotizados por la ilusión financiera. Ojalá. No se olvide el hecho portentoso de que los tiburones no pueden dormir.

2 Comentarios

  1. Lo que me parece inverosimil es que esta crisis se explica por una falta repentina de confianza generalizada y que se resolverá sin que nada haya cambiad, en lo esencial. El dinero seguirá siendo más rentable que el trabajo y aumentará más que la riqueza producida, de forma que, antes o después, volveremos a lo mismo.
    Besos a todos.
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    A ver si protesta, don José António que estas demoras son una falta de seriedad. Sin contar que cada vez estamos todos angustiadósimos temiendo que le pase algo a usted.

  2. ARTICULO MUY BIEN LIGADO AL DE SU QUERIDO COLEGA DON ANTONIO. MAGNIFICA EXPRESION DE CULTURA DE CRISIS EN AMBOS ARTICULOS. ENHORABUENA. UN SALUDO DON JOSE ANTONIO

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