De Bérgamo nos llegó la imagen definitiva de la calamidad: un convoy de camiones militares cargados de féretros ayudando a las desbordadas funerarias de la región. Otra imagen de producción propia dio cuenta de un grupo militar descubriendo conmovido en un asilo a ancianos compartiendo cubículo con cadáveres abandonados.  Luego hemos ido conociendo la gravedad de una situación crítica en la que el Gobierno no ha sido capaz ni de controlar el contagio ni de censar las defunciones en un país que ha atravesado la galerna desgobernado y a la deriva cuando no al pairo. En Madrid ha sido menester convertir en morgue el Palacio de Hielo –gélida metáfora del cataclismo social que ha supuesto la pandemia— para acoger los despojos humanos.

Si la actitud humana ante la muerte ha evolucionado, como bien sabemos, a través de los siglos, con ocasión de la plaga actual ha dado un salto en el vacío moral que ha fulminado el rito mortuorio hasta despojar al ser humano, por decirlo en frase de un conocido historiador, “del protagonismo de su propia muerte”. Porque no se ha tratado ya de la ocultación del deceso, de esa “muerte prohibida” tan propia de nuestro tiempo de la que habla Philippe Ariès: pasó la hora solemne de la moribundia, la emoción del duelo e incluso la última liturgia del sepelio, en este mundo en que no se muere ya “humanamente” en casa sino en el álgido anonimato del hospital, abismado en el desconsuelo de la soledad. La muerte ha dejado de ser el viejo y filosófico “mal metafísico” –la tragedia más humana– y reducida al rito frígido que cabe en un vulgar certificado. “Dame la mano y te llevaré lejos”, decía un verso estremecedor (creo que) de Paul Éluard, que contenía, como un elixir lírico, la honda emoción de la despedida familiar, hoy negada a tanto a deudos como a agonizantes. Por algo el estudioso llamó a esa muerte hospitalaria y secreta, la “muerte sucia”.

Dicen que mucho ha de cambiar la vida tras esta experiencia límite pero, de momento, lo que ha cambiado  ha sido la propia muerte. Nunca habíamos conocido tan rotunda neutralización del fin de la vida –hoy reducido a un mero apunte estadístico– ni el individuo fue despojado de dignidad de modo tan drástico. Es más, ni siquiera sabemos cuántos muertos nos deja esta tragedia mientras los desolados íntimos carecen del derecho a esa última protesta de sociabilidad que es el rito funerario, consuelo propio y postrero homenaje al ser querido. La muerte no es ya más que un dato. El hombre –y nunca mejor aplicada la minúscula— ha entrado en un tiempo nuevo sin percatarse siquiera, arrastrado por el vendaval de los males como una broza residual despojada al fin de su antiguo abolengo divino.

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