La noticia de que, en el año que acaba de transcurrir, se ha ahogado un inmigrante al día tratando de alcanzar nuestra costa, apenas ha merecido un titular en medio del jolgorio navideño. Estos mismos días, los servicios de Salvamento Marítimo no han cesado de acudir en ayuda de pateras en peligro cuando no en busca de supervivientes, sin que tan mala nueva apenas se haya dejado oír como un eco entre el barullo. Nos hemos acostumbrado como sociedad a contemplar desde lejos, casi impasibles, esa tragedia organizada por las mafias no sin el disimulado visto bueno de la autoridad marroquí y ante la que España no logró nunca de la Unión Europea el obligado e imprescindible apoyo. Un ahogado al día supone un balance inhumano que clama contra semejante fracaso político.

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