Hasta la Armada ha debido intervenir en la búsqueda de los restos de Marta del Castillo, la joven vilmente asesinada en Sevilla por cuatro aventajados aprendices de golfos lo suficientemente listos como para hacer desaparecer el “corpus delicti”, esencial para la calificación penal del crimen. ¿Alguien entiende cómo es posible que uno de esos malandrines haya variado ocho veces su versión de los hechos y que tanto los “ropones” como los “maderos” le hayan hecho caso? ¿Cuántos millones nos llevan costados a los contribuyentes esos trabajos inducidos con mala fe por los delincuentes? ¿De verdad no es posible castigar severamente a los falsarios? Cuatro golfos jugando con la autoridad es un cuadro imposible de entender para el ciudadano medio.

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