No parece discutible que la masonería, al menos en España, está actualmente en auge. Se multiplican los avisos, no siempre fiables, sobre la militancia masónica de personajes conocidos, en especial de políticos de la Izquierda. Sin duda su imagen se ha liberado casi por completo e incluso, alguna vez, diríamos que de manera exhibitoria, lo que no deja de ser explicable como reacción frente a pasadas persecuciones. No hace mucho un obispo argentino –jesuita y conocido en Buenos Aires como especialmente próximo al papa Francisco–, el ordinario de Lomas de Zamora, felicitó a la Logia Giuseppe Mazzini animándola a continuar su histórica tarea, y hace nada y menos el Gran Maestre de la Gran Logia de España ha abroncado al obispo de Córdoba por imponer, según él, a los hermanos cordobeses de la Cruz Blanca renunciar al acuerdo de colaboración caritativa firmado con la Logia Maimónides, una decisión que, siempre a juicio del protestante, no revelaría sino una condición integrista y contraria a la tolerancia, ese ideal, en última instancia, volteriano.

¡Si Franco levantara la cabeza allá en su nueva sede de Mingorrubio! De otro jesuita, Ferrer Benemeli, máximo historiador y experto en la materia, procede la nunca confirmada leyenda de que aquél, siendo aún teniente coronel, solicitó en dos ocasiones su ingreso en la Fraternidad, siendo rechazado por sus colegas militares –incluidos el general Cabanellas y su propio hermano Ramón– para los cuales el aspirante “no era hombre recto ni de buenas costumbres”. La ferocidad de la represión franquista se explicaría por este fracaso tan celosamente ocultado y sería, por otra parte, la razón del entusiasmo neoizquierdista registrado en las últimas décadas.

¿Tiene sentido por parte de la Iglesia rechazar la ayuda caritativa del mítico enemigo –que lo fue, desde luego, durante siglos—, apoyada en el proverbial antagonismo, ya real ya imaginario, entre ambas instituciones? Doctores tiene la Iglesia para decidirlo pero parece obvio que la ocurrencia de esa colaboración altruista –que bien pudiera haber sido planteada desde la laicidad— rechina inevitablemente tras tan largo tiempo de enfrentamiento ideológico y manifiesta hostilidad mutuos.

Al obispo cordobés corresponde justificar su actitud y asumir las consecuencias, pero no es preciso profesar en las alturas de la sociología de la religión para comprender que semejante acercamiento resulta desconcertante en pleno auge del proceso de secularización que viven nuestras sociedades tradicionalmente cristianas. Ante la necesidad, nunca resulta fácil condicionar la aceptación de la ayuda ajena pero tampoco lo es ignorar el violento contraste ideológico que revelaría la iniciativa de los masones cordobeses al alinearse junto a la Iglesia. Las imágenes históricas tienen un peso del que no resulta fácil librarse ni con la mejor voluntad.

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