Cortinas de humo

Recordaba el otro día en estas páginas Pedro Cuartango la brillante tesis de Guy Debord sobre “La sociedad del espectáculo”, este modelo social de estricta obediencia mediática que trae y lleva al ciudadano donde quiere, en no pocas ocasiones tras raros señuelos o incluso obediente tras la flauta de Hamelin. Y lo hacía a propósito del inmenso movimiento organizado en torno al crimen inconcebible que ha costado la vida de un niño inocente, un suceso tan pavoroso como incuestionablemente noticiable pero del que también se ha hecho un uso desmedido cuando no impropio. No es cuestión de volver sobre la porfía de si los medios deben difundir o disimular las graves las atrocidades que prodiga nuestra convivencia, dado que el interés público reclama con toda legitimidad esa información, pero sí lo es acaso de llamar la atención sobre la capacidad, en verdad alienante, de este modelo de vida llamado con tanto acierto “sociedad medial”. Demasiados casos recientes prueban hasta qué punto estas publicidades –tan legítimas en principio, insisto— pueden contribuir a limitar la actualidad extendiendo sus emotivas cortinas de humo sobre otras realidades en otros sentidos tan urgentes.

¿Nos hemos percatado de que la conmovedora y triste suerte del niño almeriense y la tragedia de su familia han borrado por completo del mapa atencional de España entera el resto de la actualidad nacional y extranjera? Ha habido telediarios –y ediciones, por supuesto— enteramente consagradas a esa crónica del horror, con el olvido pleno del drama catalán o hechos tan relevantes como los acaecidos estos días en China o Estados Unidos, por no hablar del repetido “thriller” de esos novelescos asesinatos de los rivales de Putin que la “premier” Theresa May considera casi evidentes y que Ignacio Camacho ve, con razón, como extraídos del universo de John Le Carré. Apenas si esa fijación ha dejado espacio para informar de la desconcertante sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que condena a España por sancionar a los vándalos irrendentos que quemaron en público la imagen del Jefe del Estado, y hasta para eclipsar la desaparición simultánea de las tres mujeres asturianas, menos “atractivas” para la opinión pública, por lo visto, que la infame tragedia del niño: hasta el morbo es graduable en esta sociedad del espectáculo que ha convertido la televisión en un vertedero y a punto está de convertirla –como a los demás medios— en el escaparate de una casquería.

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