Cortázar en la memoria

Lo primero que llamaba la atención en aquel ídolo generacional era su estatura. Alto, delgado, elegante sin afectación. Más bien silencioso y, sin embargo, locuaz cuando se abría en confidencias igual en público que en privado. Lo conocimos entusiasmado en casa de Félix Grande, uno de sus amigos más constantes, con quien mantuvo la intensa e ilustrativa correspondencia que éste públicó luego en Cádiz, y estuvimos con él en compañía de Jaime Salinas primero y de José María Guelbenzu después, invitado él en ambas ocasiones por la editorial Alfaguara. Cercano y preciso siempre, traslucía su fervor por los viejos griego lo mismo que por Cervantes –a quien conocía minuciosamente– o por Poe, cuya obra misteriosa tradujo, a instancias de don Francisco Ayala, cuando todavía éste andaba por Puerto Rico y él circulaba soñador por un París que fue, sin duda, su hogar literario.

No fue fácil su vida a pesar de su éxito clamoroso, como no lo fue su itinerario sentimental –tres mujeres marcaron su obra tanto, probablemente, como su vida– pero él supo atravesarla con invariable pasión, como un cronopio inspirado que eligió el camino de lo fantástico frente al de la lógica y, por descontado, frente al de la ideología, maestro de una narrativa deslumbrante igual en la distancia corta que ante el desafío de una novela con cuya estructura hasta se permitía jugar ofreciendo al lector una imaginaria libertad ilimitada. Si “Todos los fuegos el fuego” o “62 modelo para armar”, si los cuentos fascinantes de “Final del juego” o “Las armas secreta” nos habían sumergido de golpe en una perspectiva literaria insospechada, el concierto de “Rayuela” , entre Wagner y Mozart, un pie en Joyce y otro en Borges, supondría para mi generación un hito decisivo, que tantas veces nos trajo y llevó desde la Rue Cherche Midi al Pont des Arts, o nos fascinó con el saxo de Lester Young o la trompeta de Louis Amstrong –“uno de mis dioses”, diría el escritor alguna vez- bulléndonos en la memoria, vagabundos y noctámbulos por Saint André des Arts, los vericuetos de Saint-Michel o –con mi llorado José Antonio Gabriel y Galán, jóvenes como éramos– ebrios de “vin rouge” y “pastis”, tras las huellas de la Maga, de Ossip, de Gregorovius, tiernos con Rocamadour, el hijo que él nunca tuvo…

Y su leyenda incómoda, su presunto y lejano elogio de la dictadura española, la tesis del sida final –cuando todo indica que él y ella, Carol Dunlop, murieron de leucemia y de aplasia-, el inútil cerco de los anticomunistas profesionales, las pullas al exiliado que siempre negó ser o al afrancesado que tampoco… Lo veo en Les deux Magots o en la Coupole, en la taberna de la Guindalera, recorriendo el Prado, escucho su erre gutural, recuerdo el capítulo 7 de “Rayuela”en la voz de José Luis Gómez, el ritmo pausado de su discurso. Fue un genio y decía que “no hay que buscarle sentido a lo fantástico: está ahí y eso es todo”. Miro su tumba en Montparnasse y lo comprendo.

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