Por una crónica de Lola Fernández aparecidas en nuestro suplemento nos hemos enterado de que los vigilantes clérigos de la revolución iraní han plantado cara a “la invasión cultural de Occidente” comenzando por presentar en público un catálogo, para uso de peluqueros, en el que se exhiben los modelos acordes con las exigencias del régimen. Ya tienen ahí, una vez más, la vieja batalla simbólica del cabello, esa seña de fuerza y prosperidad sobre la que recaen indistintamente las interpretaciones más opuestas pero en la que, en definitiva, no ha habido sistema coercitivo que no haya vislumbrado un desafío. Los sacerdotes egipcios rapaban sus cabezas pero los nazareos bíblicos de que se habla ya en Números (Ns. 6,5), lo mismo que los nobles medievales, debían abstenerse de la tonsura porque en el pelo radicaba no sólo la fuerza sino el principio de consagración que subyace en las historias de Sansón y, ya como un eco lejano o tal vez autónomo, en el episodio gótico  de Wamba. El fundamentalismo israelí ha hecho populares lo mismo en Polonia que en USA los rizos de sus radicales ultra pero no conviene olvidar que nunca hubo mayor obsesión por el cabello peinado que en pleno auge de la secularización “ilustrada”, la era en que los magnates y los grandes sabios inmanentistas posaban con pelucas empolvadas como quizá no se habían repetido desde los sumerios. Los actuales persas ven un signo de la decadencia occidental en todo peinado que “no respete las leyes del Islam”, probablemente sin  sospechar siquiera que actúan movidos por un dinamismo psíquico mucho más antiguo que la ley del Profeta. Es una larga historia la del pelo (masculino y femenino) en la que ninguna civilización deja de imponer sus fantasías ideológicas. El cabello es un don y una amenaza, en emblema y un riesgo, que reclaman su control por parte de todo sistema de dominación.

 

Es curiosa la pervivencia de este atavismo capilar, manifiesto en la obsesión por el peinado visible hoy como hace miles de años en la sociedad humana y tan frecuentemente traducido en normativas exigentes y contradictorias. Hace medio siglo la juventud eligió la melena para publicar su rebeldía mientras que hoy la manifiesta lo mismo con el rapado deportivo que con los primores de la cresta hirsuta, enhiesta por la gomina. En Irán deberán en adelante atenerse a un catálogo ministerial que autoriza tupés y limita patillas en el marco de una operación apotropaica dispuesta como una muralla frente a la barbarie civilizada. La exigencia de sumisión del individuo no se conforma con la adhesión moral sino que impone también la estética con tal de evitar el influjo “decadente” de la temida civilización.

8 Comentarios

  1. Identidad, divino tesoro. Diferentes cortes o arreglos del pelo (por no hablar de un particular color, real o teñido) refuerzan la identidad de la persona (nuestra careta) frente a la identidad colectiva que persiguen ciertas organizaciones.

    Recuerdo que, en tiempo de mili, llegamos a perder las referencias visuales para reconocer a nuestros amigos una vez que nos hubieron cortado el pelo a todos. Misma indumentaria y ausencia de pelo, ¿quién se atreve a ser protagonista?

    Saludos

  2. La reflexión es interesante, así como el comentario de don Rafa: la intromisión en la imagen del individuo,sometiéndola a normas, incluso anulándola bajo un velo, es su anulación parcial cuando menos. Un ejemplo muy bien elegido a tener en cuenta por los teóricos de la “alianza” famosa que se traen entre manos entre Erdogan (¡siempre habla un cojo!) y Zptro.

  3. Creo que acaban de “amnistiar” a una m ujer que iba a ser lapidada por adulterio en ese mismo país. Lo leí el otro día y pensé en lo absurdo que es plantearse como estrategia básica alirase con gente que piensa y actúa de esa manera desatentada. En fin de cuentas, que le digan a la gente como cortarse el pelo es para estos “civilizados” lo de menos.

  4. En tiempos del General, la Guardia Civil mandaba al barbero a quien le parecía, en el mejor de los casos sin “sanciones” añadidas. Por no hablar de los rapados de los primeros tiempos, eso tan fascistón, a los que acompañaba de la ingesta forzada del aceite de ricino. Todas las opresiones del individuo coinciden en el fondo: en su desprecio por la persona, en su sentimiento de superioridad moral, en su dogmatismo.

  5. Aquí servidor, que se pela en lo de Antonio el Mono y pida el pelao que pida le van a pelar igual: algo así como a lo Marcelino, parar horror de mi costilla, hace tiempo que dejó de asombrarse con este retroceso ideológico pero sobre todo mental que han tenido ciertas cábilas mahometanas. Tampoco me espanta don Fidel Resucitado, que mientras le dan una patada en el culo a los que han decidido sacar de la cárcel y estirpar del país, del pobre país, se dedica a lisonjear al señor presidente iraní. Vaya tela con la Alianza de Civilizaciones que se traen entre manos estos dos prendas, el aló presidente, el del chalequito de lana y, cómo no, el Innombrable, que menos mal que no fue a Johannesburgo para ver la final, que si no, entran las dos de Robben. Como me llamo Bernardo Cosme Damián. Un abrazo per tutti.

  6. En medio de la auforia mundialista, esta refñexión fría, extraordinariamente elocuente. El individuo de que se ha hablado no cuenta en esos países/rebaño. El derecho no vale un pito ante el mandato fundamentalista. Ahorcan, lapidan, amenzan con “borrar del mapa” a Israel…, y se les ofrece una “alianza”. No es contra ellos contra quien debe dirigirse la crítica sino sobre los de la oferta.

  7. La forma refleja el fondo, de esa aseveración se valen todas las culturas para imponer un “look”. La falta de “reglas”, de imposiciones tambien es una regla. El permisivismo endumentario y “peluquero” actual tambien tiene sentido.
    Besos a todos.

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