No encuentra sosiego mi amigo mexicano ante las noticias que le ven llegando desde su país. Sobre todo la del catastrófico incendio del casino de Monterrey en el que una banda delincuente, apenas un pelotón de “pelaos”, en vaya usted a saber qué ajuste de cuentas, acabaron abrasando vivas a cincuenta personas. Me enseña mi amigo –un aristócrata español de los que emigraron allá hace más de un siglo—una pintada contra su persona que es un inquietante aviso de los indigenistas, enredados aún con el toletole de los “gachupines”, y me relata incidentes y situaciones realmente disuasorias que ha vivido recientemente en un país en el que los narcos no son ya una simple fuerza peligrosa sino un Estado dentro del Estado, capaz de enfrentarse al Ejército nacional con el suyo propio armado hasta los dientes en ese mercado libre que funciona en Estados Unidos, su gran cliente en la lonja de las drogas. ¿Cómo es posible que un país con el enorme potencial de México, y en un momento tan propicio a la emergencia económica como el que vivimos, esté devorándose a sí mismo, incapaz de sacudirse esa plaga que, por supuesto, basa su fortaleza en la connivencia de unas instituciones corrompidas hasta el tuétano, erigida hoy de hecho, en un “segundo Poder” que hace y deshace por dentro y por fuera de la legalidad? Difícil pregunta, pero ahí está el resultado, las víctimas por centenares, el crecimiento colosal de las fortunas, la incapacidad real del Gobierno y la indefensión de unos ciudadanos entre los que los más holgados cavilan fantaseando con el exilio para escapar a la anomia y a la opresión. “¿Y cómo no dan ustedes con una mano enérgica que los meta en vereda y saque el país adelante”?, le acorralamos amistosos para que él nos conteste por boca del gobernador Figueroa, retratándonos la clase política con una frase que bien podríamos aplicar, desde luego, a la nuestra: “Ay, mis cuates, porque la caballada está flaca…”. Lo españoles nos hemos mirado unos a otros con cara de mexicanos.

Bueno, después de todo, lo mismo –presiones, amenazas, pintadas, secuestros y atentados—hemos padecido nosotros aquí todos estos años, total para que, al final, anden por ahí, con el tencontén del Gobierno y las bendiciones del TC, equiparado a los bárbaros con las víctimas. Al abuelo de mi amigo ya lo libró del paredón por los pelos el mismísimo presidente Madero, a su padre lo balacearon de niño unos insurgentes y ahora a él lo amenazan en nombre del náhuatl perdido sólo Dios sabe qué bandidos hodiernos. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, sentenció Pofirio Díaz. Mi amigo, porfirista de toda la vida, lo es ahora más que nunca.

10 Comentarios

  1. Buena reflexión para retomar el pulso, extraño caso del de México, triste experiencia la del amigo porfirista. Ese país está en el filo de la navaja: la foto del nilo decapitador, publicada el otro día, lo confirma. El fracaso del Ejército (las policías están descartadas por corruptas) pudiera ser definitivo. Un país que pued despegar al alza como México podría desmoronarse socialmente en poco tiempo. ¿No valdía la pena legalizar la droga para destruir ese poder en la sombra?

  2. Es verdadderamente trágico el m,omento de mi país, que celebro ver que preopupa a gente, pues tan distinguida. Su comentario es certero y todo lo demás que su amigo le contó es cierto y triste. Esperemos que un gran país sea superior a una gran crisis. Depués de todo, México ya las pasó duras tantas veces.

  3. Pena de Revolución Mexicana, vergüenza de su corrupción. Aquí no hemos tenido revolución pero si PRI. Veremos cómo acabamos, porque la corrupción empieza con el guante blanco pero suele terminar en la violencia.

  4. Una pena que no haya seguido el rumbo de Brasil, a pesar de todo lo que en este país ha sucedido también. México levantará cabea solamente el día en que consiga que los Estados Unidos dejen de comprale drogas a los narcos y de venderles armas. La frase de Porfirio Díaz con que jagm cierra la columna es perfecta.

  5. Yo me quedé en «México insurgenmte», lo de John Reed, y en la mítica película !Viva Zapata! pero esta columna me ha llamado la atención. Es una desgracia que grandes naciones se pierdan por su clase dirigente. Esperemos que la solución que enunia Trosko sea cierta y que se cumpla a tiempo porque en verdad las noticias que nos trae la prensa diaria sobre aquel país son terribles y desalentadoras aún para el más fuerte de los espíritus.

  6. Lo que ouedo añadir es que he estado en México y, si bien no sufrí el menor incidente, muchas voces de amigos se quejaban y nos prevenían de lo que está ocurriendo en el país. Lo del amigo del autor no me extraña porque ya supe de un nuevo indigenismo que habla otra vez de «gachupines» y «explotadores». Pero el gran problema son los narcos. Eso del «Estado dentro del Estado» me parece una definición perfecta.

  7. Sí, lo de México es paradigmático, una desastrosa pena que no cesa desde la Revolución y que ha hecho que le país, en efecto, se devore a sí mismo durante deceuios. Hay cierta nostalgia del PRI podrido y no poco criminal a estas alturas, que se percibe incluso en la prensa de aquel país extraordinario, pero parece obvio que ni PRI ni PAN serán capaces de darle la vuelta a esa situación crónica que el tráfico de armas y drogas ha desmesurado por completo.

  8. Yo creo que cargar sobre EEUU la cuestión es pasarse un poco, porque todos copnocemos bien lo que sido ese país corrompido de arriba abajo –recuerden a Cantinflas– durante un siglo. Hay allá quien dice que sólo habría evitado estas situaciones la permanencia de los españoles. Son la otra cara de esos que tratan de asustar al amigo de don ja con sus actuales amenazas.

  9. No sé si con legalizar la droga se arreglaría un desorden tan viejo, pero no cabe duda de que destruir ese mercado acabaría con su enorme mafia. Otra cosa es quién pertenece a ella, incluyendo a gente de las instituciones nacionales o a la propia DEA. Son demasiados millones en danza. En un país ya roturado para todo tipo de corrupciones, para qué hablar de au alcance. Interesante historia la del amigo amenazado a través de generaciones.

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