Un preso condenado a muerte en Utah hace 25 años va a ser, al fin, ejecutado. No lo será, sin embargo, mediante una inyección letal –como dispuso ese Estado tras el escandaloso fusilamiento de hace ahora tres lustros—sino a manos de un pelotón formado por cinco escopeteros  que disparará a quemarropa sobre él apuntando al corazón de papel que las asistencias le colgarán previamente en el pecho. El fusilable, Ronnie L. Gardner, acusado del asesinato de una mujer, tras pasar esa larga condena entre rejas, se “beneficia” ahora del privilegio de elegir el procedimiento letal, reservado por la previsora ley a los condenados en fecha anterior a la reforma que prohibió en aquel Estado la muerte a tiros. ¿Habrá providencia más cínica que ésa de dar a elegir el procedimiento ejecutor a los propios condenados, como si además de tratarse de un favor singularísimo, la macabra oferta conllevara cierta dosis de humanidad? No hay más que escuchar a este desgraciado para convencerse de algo de sobra demostrado en anteriores ocasiones, a saber, que la pena capital, sobrellevada durante años en el infame claustro del corredor de la muerte, desordena la mente del reo hasta inflamar su imaginación en términos deplorables. Quizá nada revela mejor la doble o múltiple moral social que aún sostiene en vigor, por mayoría absoluta, el abominable suplicio, que esta comedia sádica en la que, de algún modo, se consigue la implícita aceptación del inhumano castigo por parte de la víctima. Sólo el viejo ágape del reo –la famosa tortilla de yerbas servida en capilla—supera en vesania aquel gesto de generosidad fingida que, lejos de humanizar la barbarie, confirma ritualmente la inextinguible pervivencia del espíritu de venganza.

 

Ni vale contemplar de lejos el suplicio –Hugo decía en “Los miserables” que se puede ser indiferente en el tema ante de haber visto la guillotina pero no después—ni menos estereotipar esa estampa del reo contrito que acepta el tormento como justo castigo o fatalidad inevitable, porque hace mucho que la psicología insiste en que la aceptación calma o serena de la muerte no es tal mientras no se trate de un acto solitario. Séneca se libera a sí mismo más que cumplir la sentencia de Nerón, pero estos desdichados no son Séneca aunque representen sin saberlo una burda parodia de su ejemplo. Por lo demás, suelo recordar en este trance la tremenda sentencia de Remy de Gourmont en el sentido de que los partidarios de esa barbaridad están más cerca de los condenados que quienes los defienden. Temo que sea, en todo caso, esta trivialización del suplicio que supone el derecho de elección del condenado, la coartada más brutal imaginada por los verdugos.

6 Comentarios

  1. Como tantas veces se insiste aquí en la locura de la pena de muertela crueldad máxima de los hombres, el más puro ejemplo de venganza. Tras 25 años de cárcel y en la cárcel, ¿por qué fusilar a una persona? Realmente los argumentos de los partidarios son casi tan crueles como la pena misma.

  2. He vuisto esa escena en el cine. Suientan al reo en una sila, amarrado, con la flor roja en el corazón y, desde enfrente, por las troneras de una falsa pared, le disparan unos escopeteros. A quema ropa, en efecto. Es algo escalofriante, aunque ¿qué no lo es en estos trances? Los amricanos son muy prácticos y muy fríos para estas cosas. Supongo que igyal que en otros suplicios también en este asisten cómodamente sentados en sus sillones los testigos y deudos de la víctima del crimen que se castiga. Por Dios…

  3. La justicia nació como sustituto de la venganza. Podríamos llamarla venganza reglada, pero 25 años en el corredor de la muerte ya es peor que la ejecución sumarísima.

  4. Es una desgracia que la Humanidad siga aferrada a esa locura primitiva, pero lo mal es que hay entre los países que en ella están algunos líderes sin contestación posible. ¿Cómo le piden a Obama qye recrimine a los chinos sus tiros en la nuca mientras estas cosas sigan sucediendo en los EEUU?

  5. Hemos llegado a un punto sin retorno y terrible, en el que los deluitos son cada día más atroces y la ley más incapaz de reparar los daños. Desde esa perspectiva se entiende aunque no se comparta el crecimiento del apoyo a la pena máxima, una pena que no debió nunca estar en las manos de los hombres.

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