Escucho de nuevo rumores de plagio, denuncias que enredan entre textos y partituras sin excluir los mismísimos discursos de los próceres, y como siempre que estas polvaredas vuelven a levantarse, veo clara la insustancialidad de un debatillo enraizado, en última instancia, en esa taxia dominante que es el  sentimiento de propiedad. Recordé aquí no hace tanto la tesis de Giradoux de que, a salvo las creaciones primordiales, no hay una sola literatura en el mundo que se haya librado del plagio y, cómo no, aquella famosa ocurrencia de D’Ors de que lo que, en este oficio azacán, no es tradición, es plagio. Yo siempre me rijo en este negocio por el rígido código de Voltaire, que no salvaba ni siquiera a su admirable “Diccionario” de la condición depredadora que toda obra de esa naturaleza tiene. Recuerden el precioso juguete que Borges escribió (“Otras inquisiciones”) a propósito de Coleridge –aquel escalador, que lo era– donde recordaba la opinión de Shelley de que toda la poesía escrita a través de los tiempos por manos tan distintas no era sino un único e inacabable poema. Él mismo, Borges, fue un sutilísimo plagiario de nuestro barroco, como hace años propuse con grave escándalo en las páginas de ‘Triunfo’, lo que nada tiene que ver, ni que decir tiene, con el plagio garbancero ni con las broncas rapiñas del filibusterismo habitual. Escribimos sobre lo escrito, vertimos ingenuamente nuestras palabras sobre el palimpsesto viejo de la cultura común, que no sólo es la única verdadera sino la única posible. Ya me dirán cómo escapar a la tentación o al sibilino tirón del texto precedente.
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Cada vez que he visto salir por ahí un paracaidista denunciando el plagio de “El Código da Vinci”, he pensado que sólo la general ignorancia de la literatura inglesa proverbial en Europa explica que nadie haya reparado, que yo sepa, en que la clave policíaca de otro éxito de multitudes, “El nombre de la rosa” (a saber, el veneno en las páginas del libro) procede más que probablemente del ingenio de John Webster, el olvidado contemporáneo de Shakespeare y de Cervantes, que ya la utilizó en una de sus tragedias. El plagiario cuenta con estas inopias o, al menos, parte del supuesto de que la ignorancia ajena no tiene por que ser inferior a la propia –¡a ver quién se acuerda hoy de John Webster, por ejemplo!– lo que, al menos en teoría, le permite entrar a saco en el monte de orégano. Hace poco insinuaba con irónica malevolencia un visitante de mi bloguillo que cierta expresión poco frecuente que se me pasó por la pluma debía de proceder del baúl sin fondo de Internet, que es donde la criatura había rebuscado para orientarse: a tal punto ha llegado la conciencia de impunidad de los corsarios. Por mi parte me reafirmo en que la Cultura no es sino un “continuum”, algo que viaja en el tiempo (y en el espacio) sin solución de continuidad, una corriente –decía yo– a la que cada nuevo autor se incorpora a su turno, para ser saqueado, en su momento, por el pillaje futuro. La autora de ‘Harry Potter’ debió retrasar la quinta entrega de su odisea ante la denuncia de plagio que le plantó una colega así como Cervantes tendría que tragarse en su tiempo el sapo de Avellaneda que, por cierto, ya quisiera. ¿No se le ocurrió hace poco a un novelista hispanoamericano plagiar –¡medio siglo después!– la “Nada” de Carmen Laforet? De estas inquisiciones borgianas no se han librado, citados sean a bote pronto, ni Balzac ni Elliot, ni Montaigne ni Saramago sin que, como es lógico y natural, ninguno de ellos haya sufrido en el brasero ni siquiera soportado el potro. He conocido a un orate empeñado en demostrar la correspondencia plagiaria, casi lineal según él, entre la inolvidable jornada de dublinesa de Joyce y el viaje homérico. Es posible que, camino de Ítaca, ni amarrados al palo mayor, quienes cabotamos por estas bajuras podamos escapar al canto de las sirenas.

5 Comentarios

  1. (Ah, no, no, mi don Anfi. De bloguillo, nada. Don Blog. Entre nosotros podremos llamarlo casinillo, rincón de tertulia y cosas así. Pero Pombo no reunía que se sepa a un ‘cura de pueblo’ sabio y prudente -y tutto aggiornato-, a un Magnífico, a ortógrafos y gramáticos de renombre, a editores y a un semiclaustro tan ilustrado, aunque se cuele alguna zascandila como la arribafirmante).

    ¿Cómo era aquello de leer mil libros, olvidarlos y a ese poso imborrable llamarlo cultura? ¿Cómo impedir que a una le brote una adjetivación azoriniana que leyó impúber y que tiene asimilada como propia?

    Otra cosa es el mamoneo de copiar y pegar que usaban antes los que se tomaban la molestia de haber leído y luego cambiar nombres propios y algún detalle facilón, con cierto esfuerzo dactilográfico. Hoy se fusila con este invento prodigioso del múrido óptico que acota y con el botón derecho hace maravillas. Y si cuela, cuela, que sí que cuela con tanta ignorancia como hay esparcida por la faz del espacio universal.

    Auténticos ignaros cuelgan su titulillo de bachilleres junto al escudo heráldico familiar de pega, torpes licenciados -tras la mili de pasear apuntes y libros por el Alma Mater- se ufanan de un currículo de todo a cien y hasta doctorandos del rincón del vago hacen su trile cibernético y si cuela, cuela, que sí que cuela.

    Totalmente de acuerdo con Xenius. ¿Quién asegura que algún giro, algún tropo enmascarado, cierta expresión que yo haya usado en los quince o veinte renglones que anteceden, no es sino un plagio más o menos consciente de algo que se quedó enganchado en una de mis cada vez más escasas neuronas funcionantes?

  2. 21’25 h
    Por si sirve de algo, diré que durante el día he tratado varias veces de acceder al blog sin conseguirlo. ¿Le ha ocurrido igual a la parrpquia? Lástima porque el tema es graciosoy da juego de sobra. Mañanaserá otro día.

  3. 22:09
    Estoy con doña 17TCO159, naturalmente el 17TCO159 que transcribo procede del ya antiguo copy/paste, hoy copiar y pegar, igual que el 613NEE49 de ayer.

    Es obvio todo lo dicho por ja y también por nuestra, hoy 17TCO159, porque ningún ser humano, por genial que sea, es capaz de inventar toda su cultura. Por ejemplo si Newton, Darwin y Einstein hubieran coincidido en la misma cueva en el paleolítico inferior, seguramente no habrían sido capaces de inventar la rueda ni mucho menos la escritura.

  4. Hoy jueves, es decir a destiempo pero a mi me da lo mismo y, además, mejor tarde que nunca.
    Magnífico e interesantísimo artículo!

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