Lo que ha ocurrido en la oficina del Defensor del Pueblo a la hora de renovar a los adjuntos que cada partido propone confirma la gravedad de la inercia que mantiene a la autonomía prácticamente en punto muerto. Ha tenido que ser el propio Defensor quien se atara los machos para exigir que aquellas fuerzas decidieran de una vez designar sus candidatos, cuya designación, por cierto, corresponde todavía, por debajo de una costumbre que ha ido asumiéndose hasta convertirla en norma, al Defensor mismo y no a aquellas. Y lo que dejaría estupefacta a la mayoría es el hecho de que este retraso se ha debido a la incapacidad de los partidos para superar el tremendo problema que supone, imaginen, conseguir una renovación “paritaria”, cuestión que ha llegado al ridículo extremo de que cada partido ha presentado dos candidatos, macho y hembra, para que el Defensor eligiera a su gusto. En estas cosas diminutas se ve paradójicamente amplificada la anquilosis de un “régimen autonómico” que no se menea ya más que por cuatro pamplinas.

1 Comentario

  1. La curiosa y divertida hazaña que nos narra nuestro esforzado Anfitrión acerca del emperador de los gabachos y su comparescencia ante los escribanos y los operadores de esas lentes diabólicas que dibujan para siempre hasta el mínimo gesto de sus acciones y facciones, encontrándose saturado de los efluvios del licor de Baco, no deja de ser una demostración más de que el vino tiene grandes virtudes: retratan el interior oculto de las personas y no habiéndose tomado en ayunas ni en exceso aguado, puesto que son las partes raras del agua las que penetran en las entrañas y las pudren, coadyuvan al conocimiento de los sujetos que lo liban con abundancia y largueza, pues rinde más fácil la elocuencia y libera el pensamiento de las corazas que los preceptos excesivos lo hacen ocultar al ojo ajeno.

    (Válame el destino que, como gozquecillo joven, juguetea con los bienes que en mayor aprecio albergo en mi mollera. Quien alma tiene de tres potencias disfruta: la voluntad, la memoria y el entendimiento. Pero a fuer de llevar tantos siglos haciendo uso dellas, parésceme como si en ocasiones alguna no me perteneciera ya. Mi voluntad nunca fue mucha, mi entendimiento, escaso pero el suficiente para eludir a la justicia en los muchos desafueros que cometí y mi memoria, ay, hace aguas por los muchos siglos que ya cuento y alberga mal los recuerdos, como mal se obtiene agua de un pozo si pretendemos sacarla con una canasta.

    Y todas tres me fallan cuando intento de nuevo emplear la fabla hodierna que ayer, por acierto de alguna ventaja que a descifrar no alcanzo, fui capaz de pergeñar en estas líneas. ¿O fue que el duro cabezal sobre el que reposé esta noche, una piedra no muy lisa al pie de una carrasca, hizo que mis meninges perdieran un don que se mostró tan fugaz? ¿No sería por ventura que al sugerirme mi don Filósofo que usara mi perorata de tantos años, una fuerza que no atino a colegir me haya impulsado a olvidar la jerga destos tiempos que hoy chamullan tanto gañanes como altos letrados?)

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