Demasiada gente vive en este mundo de la intermediación, cada día más. En las dictaduras, claro, pero también en las democracias, cada vez más atenidas al sofístico principio de que lo que es legal es legal y a otra cosa. Acabamos de asistir al festival organizado con razón en torno a la Administración  gürteliana de Valencia que adjudicaba contratos burlando la ley mediante su fraccionamiento, es decir, lo mismo que se viene haciendo en todas las Administraciones desde que el mundo es mundo, y para qué hablar de la polémica a propósito del cohecho impropio (nótese la zumba del legislador), esto es de los habituales regalos que son como la lluvia fina que ablanda mansamente el terruño de los poderosos. Pero ya me dirán a qué viene tanto ruido por unas prácticas que todo el mundo sabe que existen y funcionan en pleno régimen de libertad quizá porque, de hecho, han sido siempre propias de las relaciones desiguales. El enredo que amenaza esta temporada a un personaje tan grave como Balladur por haber rebañado su parte, como quien no quería la cosa, en la venta de tres submarinos a Pakistán –reedición de la venta de fragatas que, en su día, costó el cargo al presidente Dumas—no tiene, probablemente, de particular más que el mero hecho de haber sido descubierto, pues a nadie se le oculta ya que apenas hay negocio público que no conlleve su mordida privada. Y en fin, la escena de la duquesa de York vendiéndole a un falso corruptor, por una enorme suma, el acceso directo a su marido, el príncipe Andrés –representante especial de su país en materia de inversiones extranjeras–, sólo desde el fariseísmo puede presentarse como un escándalo de nueva planta, porque rara será la persona informada que pueda sorprenderse, a estas alturas, al toparse con un acto que, como ése, constituye hoy algo normal en nuestro sistema de relaciones. Esa ex-princesa será una inmoral y una desvergonzada pero ni más ni más ni menos que cualquiera de los innúmeros ganapanes que trapichean al socaire del Poder.

 

¿No nos parece normal acaso que un grupo de empresarios le regale un  yate fenomenal al jefe del Estado, que a quien preside un gobierno (nacional o autonómico) le pague el veraneo un marchante o que un ex-presidente gestione intereses urbanísticos? La influencia, hablemos o no de tráfico, constituye hoy un auténtico “sector de actividad” económica, y yo le he oído argumentar con vehemencia a ciertos empresarios que gracias a ello funciona la denostada máquina de la función pública, lo que cierra con siete llaves el círculo ético. Sarah Ferguson será una tiesa trincona pero no es mejor ni peor que los trincones a los que Westminster ha tenido que quitarles por las bravas la visa oro.

9 Comentarios

  1. Entiendo y suscribo la broma sobre la Ferguson. He escuchado a jagm su tesis de que la corrupción irá con seguridad cada vez a peor, y yo también estoy cada vez más de acuerdo con esa tesis. Lo del secor de actividad está muy bien visto. El tráfico de influencia nunca fue tomado aquí en serio, empezando por el Gobierno.

  2. Panda de golfos, altos y bajos, electos o enchufados, sangres rojas o azules. Todos son unos golfos o se convireten en tales en cuanto tocan poder. La Ferguson no es más ni menos golfa que los filesios y gürtelios. Lleva razón gm.

  3. Amigo don ja, ¿por qué denunciar sólo a la Ferguson si su marido tiene, por definición, la misma culpa, en caso de que se demuestre que lo aireado es cierto? Si la Ferguson, como Santa Diana en tiempos vivieron de sus hombres reales, el duque de Windsor cive de la Reina toda su vida.

  4. Respeto a los srs. que quieren hacer del Casino un consultorio, pero creo que la columna de hoy se dirige a un hecho concreto: la universalización del tráfico de influencia hasta convertirse en un mecanismo corriente y admitido del Sistema. El asunto de la ex británica es espectacular, no hay duda, pero ya sabemos aquí lo nuestro de grandes influencias, desde que Juan Guerra se instaló en el despacho del Vicepresidente del Gobierno para cobrar sus comisiones o el ministro que vendía como quería los solares de Renfe al alcade de pueblo al que vimos en televisión contando el fajo que le entregaba un constructor. Ladu Ferguson es una trincona tiesa, como se dice aquí, pero no una raya ne el agua, convengámoslo.

  5. He visto la grabación por tv y es un escándalo. La corrupción es imparable: me temo que la tesis de jagm de que seguirá creciendo en lugar de decrecer, va a resultar confirmada. ¿No tendrán mejores medios esas familias potentadas que recurrir a conductas tan bochornosas? Tal vez lo que ocurra es que ha dejado de ser bochornosa la corrupción.

  6. lo que es legal es legal.
    No lo entiendo yo así. La realidad que estamos viviendo es que lo que no es ilegal es legal.
    Esto abunda en el viejo axioma, digo axioma, de que quien hizo la ley hizo la trampa. Pues ahora no hay ley que se promulgue que no tenga trampas para cazar elefantes.

  7. Lo que está aquí expuesto es efectivamente lamentable, pero por otro lado tengo oido que no hay ventainternacional importante sin mordida: o pagas o le dan el contrato a otro, sean fragatas , submarinos o aceitunas. Porque si el Dumas cobró mas aun cobró el de en frente.
    No lo tomen mal: no es que piense un segundo que el Dumas fuera un pobrecito, pongo por caso, lo que quiero decir es quesi quieres el contrato tienes que hacer lo que pide el cliente.
    Lo que habría que castigar es cuando desde casa se exige la mordida.
    Besos a todos.

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