En EEUU está cambiando considerablemente la opinión frente al escándalo de la pena de muerte. Se trata de un debate que desparece y reaparece según las circunstancias, pero que en 1972 sufrió ya una inflexión notable tras la declaración de inconstitucionalidad dictada por el Tribunal Supremo, revocada por él mismo cuatro años más tarde. Hoy el movimiento parece avanzar a paso rápido como lo prueba que, si bien las encuestas registran todavía un 64 por ciento de partidarios de aplicar el suplicio en caso de homicidio, cuando se ofrece la opción de elegir entre la pena capital y la cadena perpetua, la opinión se divide prácticamente por dos, aparte de que se admite ya que se está produciendo una caída del apoyo a nivel nacional. En los comicios de noviembre, una iniciativa ciudadana será votada en referéndum en California, en marzo pasado Illinois se convirtió en un nuevo estado abolicionista y se anuncia que, en breve, haga lo propio el de Connecticut. Los analistas sostienen como una evidencia que esa opinión está relacionada con la ideología política, de manera que serían mayoritariamente abolicionistas los estado proclives a los demócratas –como Vermont, Massachussetts o Rhode Island—y partidarios de mantenerla los de inclinación republicana, sobre todo en el Oeste y en el Sur. En estos momentos encabeza el movimiento una antigua responsable de la prisión de San Quintín, convencida de que esa inhumana sanción no proporciona seguridad a la sociedad, por lo que es partidaria de sustituir la horca, la silla eléctrica o la siniestra inyección letal por la reclusión sin posibilidad de libertad condicional. Desde 1976, año en que se restableció la pena, se han ejecutado en EEUU nada menos que 1.280 personas, y en este momento, sólo en California, aguardan en el “corredor de la muerte” otros 725 condenados. Y como siempre hay quien ve la tragedia desde el ángulo económico, no ha faltado quien calcule en 200 millones de euros el ahorro que la abolición permitiría a este Estado, en el que la cámara de gas ha estado en funciones hasta no hace demasiado tiempo.

Releo las páginas del marqués de Beccaria, su idea de que la pena de muerte proporciona a los hombres comunes un lamentable ejemplo de ferocidad, su previsión (confirmada luego por tantos sociólogos) de su escaso impacto en la estadística criminal, su lamento de que la “prodigalidad de los suplicios” jamás han conseguido hacer mejores a los hombres. Y recuerdo el alegato de Chateaubriand calificando esa pena de crimen legal o el de Hugo que aseguraba no ver en su aplicación más que un signo de barbarie. Todos acabaremos comprendiendo al fin que si la cárcel es un remedio, la horca una venganza.

1 Comentario

  1. Le agradeco su perseverancia al hablar de este terrible tema. Conbforta comporbar que hay alguien por ahí que comparte con nosotros la angustia por penas como esa.

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