No cabe duda de que las elecciones del 2-D han abierto a Andalucía una perspectiva tan ancha como compleja. No es lo mismo alternar el Poder que liquidar un “régimen”, como no lo es rodar cómodamente sobre el biciclo del bipartidismo que estrenar una experiencia política en la que resultará imprescindible mantener entre muchos el equilibrio público. En todo caso, salir abruptamente de un callejón tan trillado reduplica la necesidad de elegir con cuidado donde poner el pie. Nadie, al fin, podrá pretender desde ahora retener en solitario las llaves del cortijo y eso no cabe duda de que ha de resultar positivo en una vida pública empequeñecida por el hábito de la hegemonía. Habrá que acostumbrarse, pues, a un modelo de relación, seguro que más próspero pero también más delicado.

Cuarenta años mal contados de autonomía tras otros cuarenta de dictadura, ese “régimen” han hecho de Andalucía un sujeto político especialísimo que tendrá que aprender a conllevarse con una noción de la vida pública por completo distinta. La “voluntad absoluta” habrá desaparecido en ese ámbito y ello quiere decir que resultará imprescindible ejercitar una voluntad de consenso, hasta el momento inusual, superadora de nuestra ya vieja concepción feudal del Poder y plano posibilitante de un sistema de convivencia basado en la “auctoritas” más que en la mera “potestas”.
Otra vez, eso sí, con una clase política en buena medida novata –también lo era la que inauguró la autonomía, por supuesto–, lo que exigirá extremar la prudencia eliminando, en la medida de lo posible, la tentación radical. No será fácil diseñar por fin un modelo socioeconómico realista, ni gestionar una Administración hecha a la medida del partido saliente, como no lo será desmontar un tinglado clientelista que, como es lógico, tratará por todos los medios de perpetuarse. Pero no lo será, sobre todo, mientras el nuevo Poder –por encima y por debajo de sus forzosos condicionamientos— no consiga ofrecer una imagen tan sólida como equilibrada que alivie el grave y explicable pesimismo colectivo que mantiene hoy distanciados a los andaluces de su dirigencia política. Recuperar la confianza, antes que nada, evitar toda idea de revancha, intentar el auténtico milagro que sería sanear un cuerpo social tan largamente maltratado. La nueva política tiene que ser, por necesidad, bastante más que un relevo. Quienquiera que obtenga el duro privilegio de intentarlo tiene esta vez en el pasado un espejo más que elocuente.

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