No puede pillarnos ya por sorpresa la petición de un grupo de padres que pretenda retirar los tradicionales crucifijos de las escuelas como en su día se retiraron los cartelones machadianos de la historia sagrada. Ni siquiera que la Guardia Civil reclame la expulsión de la patrona del cuartel, como si la Pilarica fuera el gran problema que, en estos tiempos del cólera, tienen planteado nuestros cuerpos de seguridad. Eso sí, ver a un canónigo cordobés apeando el crucifijo de una capilla de la Mezquita-Catedral para que no estorbe en un acto cívico-político es ya harina de otro costal, y peor si cabe en caso de que alegue en defensa propia, que se basa en un acuerdo del cabildo que pone en pie de igualdad al Presbiterio con el Mihrab. Conviene hacer estas críticas desde la neutralidad que implica la independencia, pero hay que aceptar el cabreo de los cristianos por esta rendición incondicional que se abre paso día a día. Los (nos) están poniendo mirando para La Meca no sólo los radicales del islamismo en boga sino unos canónigos a los que nos les llega la casulla al cuerpo. 

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