Dicen que las encuestas en Italia arrojan una mayoría abrumadora de convencidos de las relaciones mafiosas del anciano Androetti, sobre su implicación en el triste caso del asesinato de Aldo Moro, sobre el significado elocuente del beso ritual en la mejilla del ‘capo’ Totó Riína, y sin embargo, ahí lo tienen, poniendo boca abajo el Senado de la nación a sus ochenta y siete años y tras escapar por los pelos de varios procesos sicilianos, verificando con su resurrección política la evidencia de su propio aforismo: “El poder desgasta sólo a quien no lo posee”. Uno de los fracasos más elocuentes de la traicomedia democrática es la vuelta al poder de los delincuentes, convictos o presuntos. Volvió Papandreu tras llevarse el manso del Banco de Creta (20 millones de dólares, según decían entonces los yanquis y quienes no eran los yanquis) y hasta ganó por goleada unas elecciones. Lo intentó Carlos Andrés Pérez, el amigo de González y patrón de la Internacional, tras ser expulsado del poder por malversador. A punto está de retornar también Alan García, que en el 92 se libró por tablas saliendo de naja para Colombia tras ser pillado metido hasta las trancas en la ciénaga. Y en el poder sigue Chirac, como Berlusconi, uno y otro acogidos a sagrado bajo la púrpura, y ambos expuestos a que les caiga encima el responso en cuanto bajen del presbiterio, lo mismo que el ex-premier Juppé, todavía atrapados en la cadena que el ‘Canard enchaîné’ les echó encima, total por la rebajita que le hicieron en el apartamento parisino al hijo de papá, hace ya unos quince años. Con las maletas hechas pero con guardia de vista aguarda en Chile Fujimori, “el Chino”, después de su forzado exilio en Japón, y tras haberse llevado hasta las llaves de la caja y patronear la tiranía durante años. Da la sensación de que los crímenes de los mandatarios rompieran la tela de araña que es la memoria pública y que una rara prescripción amparara a esos altos delincuentes tan pronto reconciliados con el mismo personal que se desgañita exigiendo mano de hierro con la delincuencia menuda. Ése es uno de los fracasos morales más inexplicables de los sistemas libres. Pero el espectáculo empieza a ser inquietante incluso para quienes se inclinan ante esa impunidad. Antier mismo reclamaba Ibarra al fiscal del Estado que gaste con Vera la misma blandura que con los proetarras. Ya ven que aquí se ha vuelto normal hasta defender a un secuestrador que cumple pena por robar fondos públicos.

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Una intolerable lenidad distorsiona el criterio público ante el crimen del poderoso. Se le perdona con facilidad al saqueador del Estado lo que de modo feroz se reclama que sea castigado en el delincuente peatonal. La gente no ignora quién es Andreotti o cuánto arrambló Alan García pero está tan dispuesta a echar pelillos a la mar y devolverles la tiara como a exigir que se sancione al pringao que mete la mano en el cepillo o se deja encandilar por una mordida de poca monta. ¿No cuestiona este hecho la legitimidad democrática, incluso su razón, hasta hacer que cruja en su entraña algo irreparable? Admitir que desde Perón a Arafat , desde Mobutu a Sukarno y desde Filesa a Banca Catalana, los mismos que libremente elegimos para que gestionen nuestra legalidad son delincuentes magníficos, constituye una suerte de perversión que los manuales no contemplan y los pueblos, reconvertidos en electorados por la ética subliminal de las propagandas, no consideran –a la vista está– causa bastante para su rechazo. Vuelven una y otra vez, hayan hecho lo que fuere, hayan defraudado, mentido incluso matado: todo indica que la cosa no tiene remedio. Toda Atenas sabía, muy probablemente, que Pericles no era precisamente un bendito y, sin embargo, ya ven qué buen nombre le ha quedado. Los Pérez, los García, los Fujimori, los Papandreu, tantos otros merecerían que esta Atenas complaciente se volviera de pronto una Esparta cabal. Puro cauterio: la democracia, tal como va, o arde o se pudre.

140 Comentarios

  1. Buena tunda dá hoy el maestro a diestra y a casi siniestra. Pero aquí muy cerca sigue lo del atraco a Rumasa, el 3%, Casinos, Apartamentos en Bohí, el gaferío de la Expo, las comisiones del AVE, el Emporio monopolista de la ONCE, el monopolio de la distribución farmacéutica, estafa Grupo KIO y hasta si me apuran, la herencia del Duque de Hernani.

    Con el producto de las fechorías se pueden hacer autopistas entre todas las capitales de provincia del Estado.

  2. Sin contar lo de la Cruz Roja, el GAL, Filesa y la simulación de beneficios en la Caixa, que llevo a la cárcel a los implicados no aforados mientras Jordi Pujol salió absuelto por el TS y forrado de millones.

    En esto, los americanos del norte son más finos:

    El desgraciado accidente de Chappaquiddick, que costó la vida a la secretaria Mary Jo Kopechne, truncó la carrera de Ted Kennedy hacia la presidencia.

    Las mismas cintas que Nixon había mandado grabar, incluso algunas que habían sido borradas cinco veces, fueron prueba suficiente para echarlo de la presidencia.

    Una pequeña evasión de impuestos costo la presidencia a Spiro Agnew.

    Una polución fosilizada en el vestido azul de una becaria valió para echar a Clinton.

  3. Lo de Clinton no es cierto, señor Griyo, pues él había agotado sus dos mandatos y, al menos según Gallup, habría vuelto a ganar de haber sido legal su candidatura. Pero lleva razón en todo lo demás, aunque se la haya olvidado la impunidad del “Señor X” que Garzón ponía en la cúspide mafiosa del GAL.

  4. Nadie es perfecto Sr. Observador.
    Pero Hablando del Sr. X, que por cierto fue exculpado por un juez que había sido nombrado por el propio Sr. X, me viene a la memoria el famoso informe Crillon sobre el que pregunté a un alto funcionario del entonces CESID, amigo personal, que me aseguro haber leído el “inexistente” original.

  5. Cualquiere sabe que el Informe Crillón existió, quién lo mandó hacer, con qué dinero se pagó, a quién se chantajeó con él y demás, sr. Griyo. No me extraña que su amigo lo leyera porque diomuchas vueltas.

  6. Aquí sí que sabemos de vueltas y revueltas. Incluso hemos inventado un género: la ausencia/presencia. Perón y Evita (ya muerta) “vivían” en Madrid pero estaban aquí bien presentes, tanto que el General acabó volviendo ya con la sustituta (y su sustituto, es decir, El Brujo, que él no estaba ya para muchos trotes). Aquí no es que vuelvan es que no se van nunca. Ser argentino en las tres últimas generaciones es ser más o menos peronista. Pero tantos años viviendo en Madrid y otras Españas me permiten decir que allá ocurre algo parecido. ¿Me equivoco?

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