Parece que en las recientes elecciones generales el nacionalismo conservador catalán, como en su día Almanzor, ha perdido el tambor. El relevo lo ha tomado el separatismo de izquierdas, ese tan radical y de tan inquietantes antecedentes que es ERC, una formación dirigida desde una celda y portavoceada, valga el solecismo, por un ruidoso e insustancial diputado de elocuente apellido. Se fue, pues, en buena hora, el latente separatismo burgués obra en lo esencial de un cabecilla como Pujol que ha roto en vulgar corrupto al que, presumiblemente, sólo la edad lo ha de librar del trullo por el que ya han pasado –hay que decir que de manera muy benevolente— varios miembros de su clan familiar.

No hace tanto que Pujol pasó por alguna tribuna sevillana en la que, interpelado por la crítica, restó importancia a su conocida fobia antiandaluza, curiosa actitud en un mangante –desposeído ya oficialmente de su título de “honorable”— que fue de los primeros en reconocer la importancia radical que nuestros emigrantes supusieron para su región. No me extraña, por eso mismo, que hoy circule por las redes sociales el eco de las antiguas miserias que ese “prohombre” tiene acreditadas e incluso publicadas y reeditadas en algún libro de infausta memoria, en el que declaraba sin ambages lo que, en realidad, pensaba de los andaluces ese máximo beneficiario del sudor de nuestros paisanos.

¿Qué suponía un andaluz para el depredador catalán, socio hasta antier lo mismo del PSOE que del PP?  Pues que “el andaluz es un hombre anárquico”, “un hombre destruido, poco hecho, un hombre que hace cientos de años pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual” (sic). ¿Qué les parece, sobre todo sabiendo que ese disparate xenófobo se reeditaba todavía ¡en 1976!?

Hoy podemos hacernos mejor una idea del desagradecido desprecio que los separatistas (los camuflados más, si cabe, que los explícitos) han sentido siempre, por debajo de las buenas palabras, por unos “españoles pobres” sin los cuales la prosperidad catalana hubiera resultado inverosímil, por esos mismos explotados que con su “mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, con su falta de mentalidad” (sic otra vez) enriquecieron con su sudor a los herederos de Prat de la Riba y otras lumbreras el “catalanismo oportunista”. Ese ridículo complejo de superioridad sobre el resto de los españoles es el morbo ideológico que, desde sus orígenes, complica el problema catalán, hoy apoyado en el lazarillo socialdemócrata. Pujol, con el indispensable apoyo de nuestros actuales “constitucionalistas”, ha sido siempre el ambiguo cabecilla de la tragedia que hoy nos aflige. Lo triste es que su fortuna esté a buen recaudo y su impunidad garantizada por su edad avanzada.

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