El triunfo de Obama  y, en especial, la imagen de la presencia del nuevo matrimonio presidencial en la Casa Blanca ha desatado una euforia sobre el fin del racismo que, a mi modo de ver, tiene no poco de ingenua. Ahí está la estólida grosería de Berlusconi aludiéndolo como el “bronceado” pero, sobre todo, ahí está el dato de que casi el 90 por ciento del electorado negro ha votado a Obama revelando la otra cara de una luna racista quién sabe si en cuarto creciente, junto a la elocuencia del masivo voto latino, no cabe duda de que inspirado en la misma razón reactiva. El racismo, como la xenofobia, son un mal vergonzante que rechazan padecer todos los países pero que no está hoy más ausente en casi ninguno de ellos que lo pudiera estar ayer. En Francia acabamos de ver a la comunidad negra, representada por su consejo de asociaciones, llegar hasta el propio Elíseo para proclamar que, a diferencia de los EEUU, en este país no se dan ni de lejos las condiciones mínimas para una apoteosis semejante, y pedir de paso la aplicación de una política de ‘discriminación positiva’ tendente a potenciar esa presencia política y social de la que hoy carecen los ciudadanos de color. En todo caso, el problema de la discriminación racial o xenófoba debe buscarse en estratos más hondos y escondidos de la conciencia pública, en el nivel de la convivencia efectiva, allí donde la inevitable competición que es la vida convierte al “diferente” en un rival menos legitimado a juicio de la mayoría. No hace mucho hemos visto en Italia legislar la expulsión de rumanos mientras que en España, tristes incidentes han permitido contemplar auténticos  ‘pogromos’ lo mismo de españoles contra gitanos que de éstos contra rumanos, enfrentamientos que poco tienen de extraños en un país como el nuestro que, desgraciadamente, permite la discriminación entre sus propios ‘regionales’. La “diferencia” está siempre latente bajo la ‘corrección’ ideológica entre otras razones porque constituye el objeto de una animadversión inmemorial. A Septimio Severo lo llamaban “el Negro” no porque lo fuera sino por su procedencia africana, lo mismo que ocurriera con Halfdan de Noruega o con algún rey irlandés. El simbolismo es un buen cauce para la irracionalidad.

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Es en este sentido en el que la elección de Obama puede considerarse decisiva, y hasta va abriéndose camino la hipótesis de que la “política de identidad” que ha servido en las democracias para perpetuar del modelo desigual podría perder sentido en los EEUU para reencontrarlo en los países europeos que hoy se sienten acosados por migraciones imparables, como viene tratando de establecer un observador yanqui tan fino como W.B. Michaels. Y en este sentido veo que se recuerda con frecuencia al olvidado W.E.B. Du Bois que, entre siglos, defendía que el racismo no era más que un conflicto de clases, o en sus propias palabras, que “no era propio hablar de blancos y negros sino de ricos y pobres”. Vamos a ver si esta imprevista victoria simbólica de ese mestizo ayuda a extirpar la insidiosa tesis de Hegel de que el continente africano y la raza negra eran ajenos a la civilización e incluso incapaces de cualquier evolución intelectual que pudiera incorporarlos a eso que se llama la historia universal. Después de todo, la influencia europea no es ajena ni mucho menos a la ideología americana–no hay sino recordar a Gobineau– de las diferencias raciales, en definitiva, de un milenario etnocentrismo que defendió siempre sin asomo de duda, la superioridad de la raza blanca sobre las todas las demás. La participación de los negros en la Guerra Mundial hizo más de los suele creerse por el acercamiento de derechos entre las razas, pero Vietnam, al volver a utilizarlos de carne de cañón, demostró la hondura del racismo en aquella mentalidad. La Casa Blanca no queda cerca del Bronx y menos de Mississipi.

9 Comentarios

  1. Completamente de acuerdo: el modelo desigual se viene para Europa. Y Obama no es más que un interesante símbolo, pero un símbolo con una fuerza que hoy es impredecible. La Historia funciona así. Ya veremos.

  2. Allá en los setenta Sidney Poitiers, un actor de segunda, hierático y repetitivo, llegó a codearse con Spencer Tracy, ‘Adivina…’ y protagonizó un puñado de películas, dentro de un posible movimiento buenista, tan de la época. Sin embargo a quienes nos enamorábamos un poco del apuesto, no nos faltaba el burlón que nos decía ‘…pero no ves que es tan tonto que aún no se ha dado cuenta de que es negro’. Sí, estaba muy cerca la escabechina de Vietnam y Hollywood puso su granito de desagravio.

    Por otra parte mi don Luis María, con tanto bornizo encima, nos ponía ante los ojos hace muy poco la posibilidad de que al mulato -¿han observado la estatura de Michelle, que tiene mucho que decir en la Casanegra?- le den matarile antes de cuatro años.

    El Maestro nos pone como siempre una meditación ignaciana ante los ojos cuando nos trae la cita de Du Bois. Añado algo: tres de cada cuatro mujeres negras que paren, desconocen o no conviven con el padre del retoño; el porcentaje de población reclusa negra -¡albricias, ya vuelven a ser negros y no subsaharianos o afroamericanos!- es totalmente apabullante; el camino hacia la riqueza del negro suele ser por el camino del deporte y no por el de la preparación intelectual.

    No sigo. Pero repito, Epimorcilla, que África, el manantial, se redimirá si se redime, gracias a sus mujeres y no a los perezosos dueños de las serpientes negras.

  3. Es extraño este silencio para una columna tan interesante y tan bien pensada, sobre un tema importantísimo. Es la primera que sometemos a la basca este año, sin gran éxito. Cada día el “éxito” del profesor es menor, op sea, que el fracaso del alumno crece. ¿O es la sociedad la que se viene abajo en manos de esta gente de política profesional?

  4. Y cuánta razón lleva, don josian. Ni el racismo se ha acabao ni se acabará aprobablemente jamás, auqneue s bien cierto, que, como señala al columna, el santo advenimiento de Obama –¿y cómo llamarle si no?–es símbolo importante.

  5. Hegel desconocía que los sans (bosquimanos) tienen el código genético más antiguo, o sea que por lo visto todos tenemos un ancestro san. ¿Si digo que Obama tiene cierto aire bosquimano me tacharán de racista? Pero si en el fondo todos somos parientes según la ciencia. Y si falla la genética no hay nada para eliminar los prejuicios como el dinero, que borra todo tipo de tonalidades ¡Qué lindo!.

  6. Parientes, sí, amogo Caleuche, pero no sólo entre humanos: también de la prima rata, del hermano perro, del “pez que no respira, anorto de ovas y lamas”… ¿No cree?

  7. Ya le digo amigo Pangloss. De hasta la ameba primigenia que en su “locura de amor” se zampó a la vecina y mire dónde estamos.
    ¿Será el sentimiento de Unicidad del que hablan los místicos?

  8. Con un día de retraso ( creí que había dejado escrito algo) siento no haberlo hecho., pero me encantan los coments de don Caleuche y de don Pangloss.
    Besos a todos.

  9. El problema esta no en el racismo en si sino en la legislacion tardia sobre este tema que no ha sabido definir bien que papel han de tener estos señores aquí por parte del gobierno, ni el control ni el descontrol de la entrada masiva y desorganizada de estas minorias. Un saludo

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