Para Luis Carlos Rejón

 

Ninguna escena más ilustrativa del libre empleo (o sea, del despido libre) que ésa, tan divulgada por el cine americano, del desocupado en busca de trabajo al que el dueño de la gasolinera contrata como ayudante sin preámbulos: “Un dólar la hora, ya sabes, y no quiero problemas con los clientes”. No es la teoría marxista la que vio el trabajo como una mercancía sino la práctica liberal la que lo consolidó como tal al reducir su ámbito moral y legal al requisito del precio: “Un dólar la hora”, eso es todo. La tendencia actual sostiene que sólo esa perspectiva cosificada podrá animar el mercado de trabajo, es decir, que sólo la precarización absoluta del empleo conseguirá que unos empresarios libres de todo compromiso se decidan a reanimar la economía. Y en esa tendencia no hay ya, por supuesto, miras diferentes ni perspectivas encontradas, sino una coincidencia general en que la relación laboral no es en absoluto distinta de la mercantil. El empleo fijo, que implicaba una relación biunívoca de derechos y obligaciones, es ya una especie en extinción en medio de las ruinas de la utopía, aunque nada demuestre –ahí está la estadística laboral—que la progresiva libertad empresarial garantice un crecimiento de la contratación. La utopía conservadora, que gusta de llamarse liberal, se está consumando al tiempo que se esfuma la que constituyó durante más de un siglo la esperanza de la clase asalariada, y en esa operación concurren, en el caso de España, tanto la derecha disfrazada de centro como el oportunismo disfrazado de izquierda. PSOE y PP, más allá de la retórica imprescindible, coinciden plenamente en ese objetivo. Desde ahora, por ejemplo, será legal mantener indefinidamente en precario a un trabajador porque así lo han acordado ambos. Queda por ver –y lo veremos, no lo duden—cuál es el resultado práctico de esta opción tan moderna que nos devuelve de bruces a los tiempos de Cánovas. Romanones no pensaba distinto que Rajoy en este punto. Ni que ZP.

 

Nada queda de la otra retórica, la de la “dignidad del trabajo”, que, cada cual a su modo, defendieron lo mismo la izquierda republicana que la dictadura franquista, el “1 de Mayo” y “San José Obrero”. El trabajo es una cosa que como tal se compra y se vende en la lonja por acuerdo espontáneo entre la libertad y la necesidad, sin más derechos ni obligaciones, por más que ello convierta al trabajador en mera herramienta. Ni la izquierda ni la derecha, como puede verse, tienen la exclusiva del materialismo, sencillamente porque, de hecho, ya no existen más que sus respectivas caricaturas electoralistas. Los trabajadores son libres, en delante, de elegir indistintamente a cualquiera de las dos.

1 Comentario

  1. Qué vergüenza! Como se atreve el PSOE a seguir llamándose así! Qué escándalo! Dentro de poco a los españoles les van a pagar como a los irlandeses, por semanas……Qué asco de mundo.

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