No hay duda de que el robo del “Liber Sancti Jacobi”, es decir, el “Codex Calixtinus” de los bibliógrafos, es un acontecimiento espectacular. Cierto que la mayoría de las lamentaciones llueven en vano porque la pura verdad es que ese texto –traducido hace sesenta años sobre las huellas de un eminente hispanista, Muir Whitehill, y reeditado luego en dos ocasiones—ha sido poco leído a pesar de que su libro V sirva aún a muchos peregrinos en su caminata como servía a los del siglo XI, pero también lo es que una pérdida semejante no se justifica siquiera por el auge incontenible de la delincuencia especializada. ¿A quién le ha importado en España el significado europeísta pionero de ese texto precioso, cuántos conocen hoy lo que su contenido y la leyenda a que dio lugar supuso para animar el sueño imperial subyacente en la Reconquista leonesa y, de paso, para arrimar el ascua de la primacía eclesiástica que, para nuestros “reconquistadores”, en Roma quedaba demasiado lejos y en Portugal demasiado cerca? No tiene sentido tampoco, por supuesto, la especulación en torno a su valor crematístico, indeterminable quizá, como no lo tienen las especulaciones sobre la finalidad del mangazo. ¿Saben lo que de verdad debe importarnos? Pues justo lo que unos y otros vienen ocultando, a saber, que nuestro patrimonio –hoy repartido, para más inri, en diecisiete taifas autonómicas—se haya convertido en una auténtica almoneda. ¿No se ha puesto alguna vez la Junta de Andalucía a “negociar” con un “coleccionista” ilegal que poseía cientos de miles de piezas arqueológicas, en lugar de entrar a saco en su “museo” con una orden judicial? ¿No sabemos que de nuestras iglesias han desaparecido como por ensalmo millares de obras de arte, menor y mayor, unas veces robadas, otras –muchas—sencillamente vendidas impunemente por sus dueños realengos? Pues ya me dirán a qué viene ahora tanto lamento y tanto mesarse la cabellera.

Por lo demás, sobran las cábalas, a salvo ésa que sostiene que semejante sustracción hubiera sido imposible sin alguna complicidad interna. ¿O es que puede explicarse que ese gran tesoro estuviera al alcance del primer audaz que decidiera echarle el guante? El “Codex” aparecerá o no, acabará descuadernado en subastas más o menos exclusivas; para comprobarlo nada nos queda aparte de esperar. Lo que no admite espera es una reacción enérgica decidida a salvar lo que nos queda. Más o menos como la que se produjo en Francia cuando un pirado se llevó del Louvre la sonrisa de la Gioconda. Y exigir responsabilidades, claro, lo que el caso del Estado supondría empezar por uno mismo.

7 Comentarios

  1. Lo soy del expolio sistemático del patrimonio arqueológico. La Junta no hace nada porque dice que nada puede hacer. Pero todos sabemos donde se vende lo robado. Incluso las policías, que hacen lo que pueden.

  2. Veo que el robo del Codex no inquieta siquiera a los espíritus sensibles de este Casino virtual. Una pena, porque además la reflexión que hoy hace nuestro amigo ja es tan importante que deberíamos considerarla de urgencia a poco que valoremos nuestro partimonio cultural y artístico. Él lleva razón cuando dice que pova gente conoce la joya desaparecida pero lo importante es su denuncia de la gran almoneda en que se están dispersando –desde hace siglos, no nos engañemos– los tesoros españoles.

  3. En Pozuelo (Huelva) se rehabilitó un conjunto dolménico de primera calidad. Con dinero público y varias inauguraciones con foto, no habrá que decirlo. A continuación de olvidó hasta el punto de que en dos ocasiones entró en el recinto un tractor de labradores y se llevó por delante sendos dólmenes. Cerca de allí, en Beas, la carretara remite al dolmen del Labradillo pero el canino de acceso es una trocha de cabras impracticable. Los mismo que el dolmen de Soto (importantísimo). Don ja, pierde usted el tiempo, lamentablemente.

  4. Eso que cuenta de la “negociación” con el depredador es realmente inaudito, y da una idea perfecta de cómo están las cosas. También hay que reconocer que la masificación de los museos, aunque no sea el caso de Compostela, favorece mucho el tráfico de esas mafias y, no lo olvidemos, de sus acaudalados clientes, que suelen ser personalidades muy señaladas en sus respectivas sociedades. Por lo que se refiere al Codex, confieso que sólo tenía de él una referencia muy lejana e imagino que ese será el caso de la mayoría, lo cul en modo alguno justifica el descuido de quienes tiene el deber de su custodia, se supone que conociendo perfectamente su valor.

  5. Usted que vive en Sevilla, señor Gómez Marín, sabe como el primero que hay en la ciudad casas que acumulan auténticos tesoros sustrídos al patrimonio nacional y que nadie ha pensado nunca en reclamárselos, ni franquistas, ni ucederos ni sociatistas ni peperos, nunguno. Y lo mismo ocurre en algunos lugares de Cataluña, en Asturias y en bastantes lugares, porque se trata de un vicio nacuional que nos viene de muy atrás, desde hace siglos. Le agradezco su sermón por lo bienintencionado y culto, y le recuerdo el resto.

  6. ¡Alguien que sabe de lo que habla en estos periódicos, en estas tertulias, en este bnerengenal! Laus Deo! Mi querido JA, no haga caso a los dorretistas, siga su batalla. Y cuando se canse, que alguien le sostenga los brazos, como al Otro… Que la noticia de ese robo tremendo haya durado apenas un par de días en los periódicos fa una idea de por dónde va nuestra Cultura.

  7. España es cada día más, para vista desde fuera. Ya se´, ja, que nos duele España. Y nos duele el mundo. Pero esto no tiene pinta de amainar… Un abrazo esperanzado, a pesar de todo.

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