Puede que algún lector memorioso de esta columnilla recuerde la crónica que envié hace un año más o menos desde Venecia contando como fui casual testigo de un desalojo del mismísimo Palazzo Ducale por una falsa alarma de bomba provocada por la denuncia de un turista que reparó en que, en el interior de un bolso de señora abandonado en una de sus fastuosas estancias, sonaba inquietante un tictac que los artificieros no tardaron en descubrir que no era más que el latido mecánico de un teléfono portátil. En una visita posterior tuve ocasión de asistir nuevamente al espectáculo del desalojo, en esta ocasión no de la ‘Signoria’, sino de la terraza en la que yo mismo escuchaba jazz tratando de descifrar de lejos los sublimes motivos de los capiteles que Ruskin proclamó los más bellos del mundo, cuando algún camarero advirtió que, junto a una de las columnas con que Sansovino sostuvo erguida la Biblioteca Marciana, se hallaba una mochila sospechosa. ¿Era posible que en dos visitas sucesivas el viajero en Venecia pudiera coincidir con dos alarmas de atentado en un mismo lugar? Evidentemente, no, conclusión que nada ilustraba mejor que la pachorra de los efectivos policiales que habían acabado por rutinizar este tipo de circunstancias, que en cualquier otro supuesto resultarían de lo más alarmante. La inseguridad institucionalizada tiene este revés curioso que es la “normalización” de las reacciones ante su amenaza, una adaptación instintiva que se justifica plenamente desde la lógica de un Poder que sabe mejor que nadie que la alarma es ya, en sí misma, un objetivo estupendo para el terrorista. Está de por medio, claro está, el “por si acaso”, algo así como una necesidad de segundo orden que fuerza a adoptar medidas precautorias procurando minimizar la inquietud a base precisamente de aquella rutinización. Pocas cosas tranquilizan tanto –se lo digo yo—como ver a tres o cuatro “carabinieri” trasteando con tiento una mochila abandonada, iluminando su interior con la linterna y escenificando una escena de abulia seguramente estudiada mientras llega y no llega otro retén de especialista que repite la operación descrita y así sucesivamente.

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El clima de alarma resulta tentador, sin embargo, no sólo para los malhechores sino para cierto estúpido concepto de la diversión que consiste en provocar situaciones temerosas a base de simular riegos ficticios, un crimen que con toda lógica habría que incluir en el dictado de terrorista pues de provocar el terror, en definitiva, es de lo que trataba, por ejemplo, ese canal televisivo que acaba da dar en Boston un susto colosal a la población originando un despliegue policial sin precedentes desde el 11-S con la colocación de una serie de paquetes sospechosos por toda la ciudad, al solo efecto de conseguir un clima propicio a una campaña publicitaria que sus ejecutivos traían entre manos. Y eso es algo que no debería saldarse con un mero correctivo y menos con la cínica escenificación de unas excusas inútiles, sino sancionado –en el grado y circunstancias que la ley estime oportuno– con el rigor que la ley reserva a los protagonistas genuinos del terror. Hay diferencia, no hay duda posible, entre despanzurrar a una muchedumbre indefensa y limitarse a aterrorizarla, pero tampoco cabe duda de que, por larga que resulte la distancia entre las intenciones, el designio de provocar el pavor de la gente, la contribución gratuita y canalla a fomentar el miedo de la multitud, no debe tratarse como si se tratara de una simple broma de mal gusto sino como un acto terrorista y no sólo en el sentido etimológico de la expresión. A mí y unos cuantos mohicanos más, la policía acabó desalojándonos, en la última ocasión referida, con un gesto cómplice y tranquilizador. Nos fuimos de allí convencidos de que distinguir la acción con su simulacro no deja de ser una inocente contribución a los designios del terrosista.

3 Comentarios

  1. 15:22
    La primera parte de la columna refleja el triunfo del terrorismo. El terrorista no triunfa cuando mata a uno o a cien, el terrorista triunfa cuando consigue inocular el miedo a la sociedad hasta el punto de poder cambiar su modo de vida. Hoy estamos en una fase triunfal del terrorismo.

    La segunda parte de nos cuenta cómo algunos imbéciles ignorantes y temerarios se hacen cómplices gratuitos del terror.

  2. Los Estadounidenses también andan faltos de lógica: un francés que, por ironía y exasperación ,dijo que era un terrorista, fue arrestado, culpado y tuvo que defenderse como CULPABLE, y esta gente de la tele, metiendo miedo a toda una ciudad y como si tal cosa.

  3. Otro “apagón” y van… No entiendo muy bien la lógica de esta comunidad de base virtual, pero me apenas asistir a sus desvanecimientos. ¿No nteresan determinados temas? Sería una pena que también apagáramos esta luz.

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