No es ninguna novedad para nosotros que la salud dental está en función del dinero o, si se prefiere, de la clase a la que pertenece el sujeto. Nuestros sistemas públicos de salud han considerado siempre prohibitiva la atención profiláctica de la dentadura, excluyendo casi siempre de sus planes la costosa endodoncia, es decir, sin dejar otro remedio al paciente sin recursos que la extracción de la pieza dañada. Hay, de hecho, una odontología para pudientes y una, radicalmente inferior, destinada a los pacientes sin recursos, la primera de las cuales ofrece la conservación de los dientes cariados mientras la segunda se limita a ofrecer su eliminación definitiva. El fenómeno no concierne a España en exclusiva, pues acabo de ver en el informe de la “Direction de la recherche, des études, de l’évaluation et des statistiques” (Drees) que también en países más avanzados que el nuestro esa preterición se mantiene, dado que la atención preventiva y paliativa durante la infancia presenta graves diferencias determinadas por la clase social. Así, siendo cierto que desde finales de los años 80 se ha logrado reducir la presencia de las caries, de manera que un 90 por ciento de los niños de clase media alta no conocen ese daño antes de los seis años, los hijos de obreros indemnes estaría aún afligidos en un porcentaje lamentable. Ni siquiera el argumento, tantas veces esgrimido, de que una atención precoz de la salud dental supondría a medio plazo un importante ahorro ha logrado desmontar el inconmovible prejuicio que ve en el cuidado y conservación de la dentadura un gasto inasumible. Si cuatro francesitos de cada cien tiene al menos una muela que precisa su empaste, esa estadística oficial dice que entre la infancia proletaria no son cuatro sino veintitrés los afectados pero desatendidos. La tendencia al igualitarismo sanitario, ésa utópica comedia, no incluye la salud de la boca.

Hace unos años los expertos catalanes concluían que el lugar de residencia era un factor determinante para la salud bucal de los niños y, por supuesto, abundan los estudios que traducen la diferencia clasista que hemos apuntado a los respectivos regímenes alimentarios, como es lógico dependientes, a su vez, del estatus de la familia en cuestión, aunque no menos que de la diferencia entre los diversos niveles de formación, responsables, en buena medida, de la insufrible diferencia. La desigualdad, aferrada al cerebro, se manifiesta temprano en la boca del niño.

2 Comentarios

  1. Pues en Vandalucía, se fluoró el agua para toda la población por la brava y tuvieron que dar marcha atrás.

    Los ecologistas por un lado, se pusieron en contra y los políticos cedieron a la presión. Algunos dentistas apoyaron la fluoración, pero poderoso caballero es “don dinero”: si la caries desaparece, las obturaciones disminuyen, los vendedores de composites dejan de vender, más los que venden y fabrican implantes, lo mismo.

    Ahora hay un programa de salud dental de los 6 a los 15 años. Lo malo es que a los seis muchas boquitas están ya perdidas.

  2. Pingback: invisalign ...

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