La decisión del papa de levantar la excomunión a los cuatro obispos integristas consagrados por el obispo Lefevbre en el seno de la fraternidad anticonciliar que lleva el nombre de San Pío X ha sido recibida con cierto estupor en los medios eclesiásticos no vaticanistas que ven en ella un gesto eventualmente retrógrado del actual pontífice incluso respecto del anterior. Sobre todo porque, puestos a valorar la contumacia, es obvio que así como los apestados teólogos de la liberación han mantenido siempre abierta una puerta a la esperanza de ser entendidos y atendidos por Roma, los lefebvrianos mantienen intacta su postura profundamente reaccionaria y no se les ha oído, que yo sepa, la más mínima rectificación sobre su rechazo del Concilio o sus posturas radicales. La propia Iglesia española, alineada ahora como suele con la línea vaticana oficial, está celebrando esa decisión que tiene su anécdota en la rehabilitación del culto latino y su intolerable obstáculo en la actitud de uno de los amnistiados, el obispo inglés Richard Williamson, dedicado a negar el Holocausto, afirmar que las víctimas del nazismo no fueron seis millones sino apenas tres centenares y que, desde luego, en las cámaras de gas no pereció ningún hebreo, lacerante y estúpida opinión, a estas alturas, que ha dolido más en el mundo judío en las actuales circunstancias de recrudecimiento del antisemitismo con motivo de los acontecimientos de Gaza. Roma no ve en ese negacionismo delincuente un obstáculo para la reintegración de su autor. No sólo los judíos, sino muchos cristianos, ven en él, no obstante, un vidrioso motivo de complicidad que ensombrecería más aún el ambiguo perfil del papa Ratzinger.

El fin del microcisma integrista, pues, a cambio del proyecto de unión de las iglesias: vaya un cambio malo. Todos los esfuerzos por rescatar al papa actual de aquellas sombras de ‘reacción’, chocan de frente contra estas decisiones incomprensibles para cualquier biennacido y, desde luego, dejan en mala postura a una institución cuya proclividad fundamentalista parece cada día más irreparable. Pero premiar, aunque sea con la misericordia, a un obispo que profesa públicamente la suprema impiedad de negar el sacrificio masivo de un pueblo, es otro cantar. No van a faltar quienes relacionen el asunto con las conocidas críticas a Pío XII, seguro, pero esta vez la discusión no versará sobre hechos lejanos y oscuros sino sobre un atentado a la razón y al sentimiento frente al que resultará difícil o imposible encontrar respuesta.

1 Comentario

  1. siempre ha habido en la cima eclesiatica una frialdad a la hora de criticar ciertas actitudes , no seamos demagogos. un saludo don jose antonio

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