Siempre he pensado que la tensión entre razón y fe, el dilema noológico y existencial de conciliar la ciencia con la creencia, van a acompañar a la Humanidad siempre. No venció nunca del todo el fuerte en la era fideísta como sospecho que no ha de llevarse el gato al agua el fuerte actual, es decir, el que se empina sobre la sólida base de la secularización mientras ve estupefacto que, a medida que prospera la concepción pragmática de la realidad, proliferan las adhesiones religiosas siquiera sea en el ámbito de las sectas cristianas y, ni que decir tiene, en el resurgir de los diversos islamismos. Este papa, como al anterior, pero picado (con razón) de ‘ilustrado’ compatibiliza en su teología blandura y dureza, dando una de cal y otra de arena, como en un intento calculado de compensar los efectos de un magisterio que, haga lo que haga, eso es verdad, será discutido. Ahora mismo, en la misa de la Epifanía acaba de echarle el rapapolvo a la insolencia cientificista que “pretende conocer perfectamente la realidad y tiene cerrado el corazón a Dios”, en la medida en que los avances del progreso, conducen sin remedio a una presunción excesiva por parte del hombre, que se siente sujeto autónomo y fiado a sus propias capacidades. Pone Ratzinger el ejemplo de los Magos, científicos humildes, es decir, recurre al ‘mito’ puro y duro para amonestar al ‘logos’ que, en definitiva, sigue siendo y seguirá siendo siempre, como digo, sospechoso e inaceptablemente competitivo. “Muchos son los que vieron la estrella pero pocos los que comprendieron su mensaje”, dice afligido este intelectual creyente. Ya ven que seguimos donde estábamos. Desde Agustín o Tomás los términos de este problema básico han cambiado tanto que nos hallamos en un final que se confunde de modo inextricable con el principio.  Samuel Butler que era un lince dejó escrito que la fe reposa, en última instancia, cobre la razón y viceversa. Mucho más drástico, el desesperado Cioran recuerdo que sostuvo que la fe no es más que un artificio del instinto de conservación.

 

Vana disputa, explicable tensión. Nadie la resolverá nunca mientras las galaxias se alejen indefinidamente entre sí y en la nanointimidad de lo que existe comprobemos su misteriosa condición deleznable. El papa tira y afloja, y se entiende, pero quizá la única perspectiva razonable fuera asumir de una vez por todas que la relación posible entre ciencia y creencia hay que reinventarla, haciendo de la libertad interior un ámbito reservado e impenetrable en el que cada cual metabolice sin censura su razón de misterio. El ‘Génesis’ es un mito precioso. Las nuevas cosmologías también.

7 Comentarios

  1. Absolutamente magistral; se trata de la más precisa (y, por ello, demoledora) descripción que he leído nunca acerca del aventurero que nos «gobierna»

  2. Magífica reflexión sobre los lazos entre razón y fe.
    Para mi ambas son necesarias y en vez de verlas como enemigas hay que verlas como hermanas gemelas, pues cuando una se impone y excluye a la otra, la locura, el fanatismo, el egoismo cerril no están lejos.
    Besos a todos.

  3. Admirado Sr. Gómez Marín:
    Como habrá supuesto, mi comentario de anoche iba dirigido a su extraordinario artículo «Memoria y atrición», que ignoro por qué no ha sido colgado en la web… ¿tal vez por excesivamente certero?

  4. “EL MUNDO.es” (Andalucía), Sábado 9 de Enero de 2010.

    Memoria y atrición

    José Antonio Gómez Marín

    LA OCURRENCIA del Finacial Times de calificar de torpe la política económica española ha dado pie a una polemiquilla en torno a la palinodia entonada por ZP al reconocer que se equivocó al no prever la crisis. Ya ven cómo se escribe la Historia: un vago reconocimiento de culpa redimiría al pecador legiti-mándolo, de paso, para cargar con los pecados de todo el continente. Sin embargo, lo que esa minerva cometió no fue una simple equivocación, qué va, sino una temeridad de mayor cuantía que no hace aún más que tres años le llevaba, como quien no quiere la cosa, a prometer el pleno empleo y, además, con carácter definitivo. «España está a salvo de la crisis financiera» o «Crear alarmismo injustificado en torno a la economía es lo menos patriótico que conozco», son frases que no reflejan un simple fallo en la perceptiva, sino una toma de partido —y nunca mejor dicho— con todas sus consecuencias. No se libra con un golpe de pecho quien haya dicho, hace sólo dos años, que «la crisis es una falacia, puro catastro-fismo», aparte de tirarse el roneo, ya en diciembre del 2008, de que él había «sido el primero en hablar de una crisis del sistema financiero internacional». ¿Y qué me dicen de alguien que, en plenos distur-bios, hace menos de un año, sugiriera que «lo peor de la crisis ha pasado ya»? Sólo Solbes, el gurú de guardia, ha superado esta antología del cinismo o de la idiocia cuando proclamó, como si el personal no tuviera televisor, aquello de «Nosotros no hemos negado nunca la crisis». Es admirable la lenidad de la culpa política que se quita no más que tocándose la frente con el dedo mojado en la pila. La memoria (que siempre es histórica, a ver si no) es el mejor testigo de cargo contra la atrición, pero la impunidad política se funda en el dinamismo de la realidad, en el vértigo de los trabajos y los días, de manera tal que un improvisado desmentido puede conmover, hasta romperla, la imagen colectiva que un pueblo tenga de un punible. Por eso no hay o apenas existe la contrición en ese ámbito privilegiado en el que se puede trasgredir cuanto apetezca o convenga en la seguridad de que la absolución está siempre en reba-jas. Si desde fuera nos ven torpes no es más que porque lo hemos sido —al menos, mayoritariamente— apoyando una causa que nunca se creyeron ni sus propios profetas y en la que, por cierto, y eso es lo peor, siguen erre que erre aunque hayan cambiado de partitura. «En marzo [del 2009] comenzará a crearse empleo de manera intensa», se dijo, y desde que se dijo hemos perdido 800.000 puestos de traba-jo. Quien no se fíe de la atrición es que no tiene memoria.

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