Tras unas semanas de incertidumbre hábilmente fomentada por sus equipos publicitarios, los sabios encargados en Ginebra del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) han entonado a medias su palinodia al reconocer que el bosón de Higgs –ése que el genio dedujo de su manga con la exclusiva ayuda de un lápiz y una cuartilla, y que los ilusos toman por prueba irrefutable de la autonomía de lo real respecto de Dios—no ha sido hallado de momento pero que están muy cerca de conseguirlo. No deja de ser ingenua la idea de que la ciencia físico-natural puede allanar definitivamente la teología, y de este modo desterrar para siempre la fe sustituida por la razón, y digo ingenua porque tan vieja discusión acaba siempre en una aporía que no ofrece a la inteligencia del laico una respuesta mejor que la que permite enunciar al creyente. Weinberg nos pudo explicar su hipótesis de “Los tres primeros minutos del Universo” del mismo modo que cualquier día de estos los sabios de Ginebra puede que den con la clave que permita explicar de una puñetera vez, en el marco del “modelo estándar”, cómo fue posible que del magma originario surgiera la masa de sus partículas elementales. Bueno, ¿y qué? Nadie va a contestarnos nunca la siguiente pregunta –en cosmología, decía Merlau-Ponty siempre queda una pregunta pendiente–, por ejemplo, en que espacio-tiempo se mecía el misterioso huevo primordial de cuyo “big bang” surgimos todos, incluso las ideas, o qué clase de realidad “avant la lettre” era ésa que sólo los mitos han sido capaces, hasta la fecha, de escenificarnos. Estos días ando leyendo un libro de Pagola en el que rememora ciertas frases imponentes sobre la fe en Cristo, que a uno le parecen auténticas oraciones, y que resultan casi inimaginables en las bocas que las pronunciaron, incluyendo las de Hegel, Kierkegaard o Borges. Su puede hablar de la Historia como el “desarrollo del Espíritu en el Tiempo” y todo eso que ya sabemos, como hizo el primero, para añadir a renglón seguido que “Jesús ha sido el quicio de la Historia”. Ciencia y fe no son tangentes: son paralelas. Nuestros sabios laicistas pierden el tiempo como lo perdieron sus predecesores medievales.

Y es una pena, porque nadie logrará eliminar el misterio como tal elemento esencial de lo real, capaz de continuar indefinidamente su vuelo en paralelo a los hallazgos de la razón y proyectando sobre éstos esa sombra sutilísima que cubre, como una tenue pero resistente cutícula, la cara, también enigmática pero descifrable al cabo, de la materia. Shakespeare no decía a humo de pajas aquello de que estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestros sabios ginebrinos comprueban estos días hasta qué punto llevaba razón.

3 Comentarios

  1. Valiente comentario. He aquí un señor de izquierda de toda la vida que no se arruga. Enhorabuena por su buen criterio.

  2. Interesantey vieja cuestión. Lo de la tangente me ha convencido. Haaay una fe los ateos especialmente combativa.

  3. Pero ¿Hay gente seria que cree que la existencia de Dios se puede demostrar con un experimento científico?

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