Todavía liceano anduve leyendo y releyendo una novela de Huxley, “Ciego en Gaza”, cuyo título procedía, como es sabido, de un verso de Milton, en el que se refiere a la aventura del gigante en casa de la prostituta. Recuerdo la seducción del topónimo, Gaza, bajo el que me representaba entonces uno de esos zocos entrevistos en el cine por los que pulula el extranjero abducido por la sugestión de las especias al granel, la dulzura del dátil y acaso la voz del muecín. No sabía entonces que ese paraíso del viajero habría de convertirse, pasados los años, en un punto caliente peligrosamente situado junto al polvorín de la paz mundial. Ahora lo sabemos todos, y la mayoría –quiero creerlo—lo contempla con el pálpito inquietante de que su querella pueda llegar a complicarle la vida al planeta en su conjunto. Temo que no vale la pena proseguir el debate sobre la culpa, la discusión sobre la responsabilidad de israelíes y palestinos en ese conflicto que, por cierto, no lo crearon ni unos ni otros sino el eterno cambalache de las relaciones internacionales. ¿Es bárbaro Israel defendiendo su propia existencia o lo es más Palestina provocando el conflicto una y otra vez? A mí me parece que esa aporía no tiene respuesta por la razón sencilla de que ambos son, desde hace demasiado tiempo, ciegos que caminan decididos al borde del abismo, dos enemigos “naturales”, como aquellos dos tenientes que Conrad retrató persiguiéndose el uno al otro toda la vida. Ha corrido ya demasiada sangre por ambas partes para que podamos mantener la esperanza de que, un buen día, los dos bandos se tiendan la mano, anulando un veneno que les fue instilado desde el principio por unos y otros.

Cientos, miles de muertos, niños asesinados, ciudades destruidas, hambre crónica, nada de eso significa para los ciegos lo que pueda significar para el observador ajeno y menos aún si éste es imparcial. Y no es razonable esperar que alcancen nunca una solución como no sea impuesta –esperemos que de manera juiciosa y equitativa—desde los poderes que los respaldan, que los arman o que mantienen a sus rapaces élites. Estos días lo estamos volviendo a ver como se ven esas imágenes reiteradas, es decir, entre la confusión y la impotencia. Un rival fuerte y potente frente a una muchedumbre desesperada, unos provocadores insensatos, el guión de cuyas vidas se ajusta únicamente al odio. Ciegos en Gaza, los dos. Puede que un día no quede ninguno de ellos para lamentarlo.

3 Comentarios

  1. Siento tener que darle la razón. La sinrazón humana tiende a la violencia, y la violencia a cronifixarse. Sólo los “patronos” de ambos bandos serían capaces de aliviar o reconducir la situación.

  2. Si la gente supiera historia no culparía a ninguna de las dos partes del disparate que perpetraon las grandes potencias al hacer lo que hicieron para constituir el Estado de Israel, algo, a estas alturas, a mi juicio, irreversible. De poco vale el argumento de que Israel es la única democracia de la zona (Hitler también llegó al poder por las urnas) o su contrario, el de que a los palestinos “los echaron de su país”, porque no es cierto. Y aparte está el negocio de las armas, incluyendo a España. Mientras la guerra sea un negocio pocas serán las que alcancen un armisticio.

  3. Es muy interesante la reflexión de mi don Miller, pero no olvidemos que los Qassam’s, que van por la versión 4 ó 5, siguen siendo ‘de fabricación casera’, mientras Israel compra lo que le haga falta en el mercado internacional, incluyendo Spain, al menos hasta la era zapatérica.

    Por otro lado, Irán, fiel a su rol de sustituir a la URSS en según qué cosas, también aprovisiona a la Franja, con menos problemas ahora a través de Egipto. No es de extrañar que con Morsi -problemas internos aparte- los palestas estén mejor provistos.

    ¿Una versión, una más, de los jayanes de Goya?

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