A la chita callando, como dicen los castizos, el juez Vilaplana, que se hizo cargo en su día de los casos ERE, Faffe, Santana y Formación, parece haber metido la última marcha en contraste con la parsimoniosa empleada por la juez Núñez. Dicen que ha impreso a la maraña de los ERE “velocidad de crucero” y es el caso que no pasa semana sin que ese juez discreto, del que nadie habla, cierre una investigación o dicte un auto de apertura de juicio oral, mientras otros pleitos duermen plácidamente el sueño de los injustos. Se supone que si el vigilante TSJA y el controvertido CGPJ se afanaron por reparar el prestigio de su lenta antecesora, vendrán también en su día –“dies incertus an incertus quandum” — a honrar a este magistrado ejemplar del que, por fortuna, casi nadie tiene que decir.

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